Xi Jinping, el líder que pronto será vitalicio de la República Popular China, quiere conseguir un hat-trick con la anexión de Taiwán, la isla que lleva una vida independiente del comunismo desde 1949, con su democracia parlamentaria y una de las economías más prósperas del mundo. Son tres los puntos históricos que se quiere anotar el dirigente comunista chino con la anhelada anexión del territorio taiwanés antes de 2049, centenario de la instauración de la dictadura del partido comunista en Pequín, un hat-trick que lo situaría a la altura de Mao Zedong, el fundador del régimen, y de Deng Xiaping, el modernizador que introdujo la economía de mercado y abrió el gran país asiático al mundo.

La anexión significaría la victoria final y definitiva en la guerra civil que enfrentó entre 1945 y 1949 al Partido Comunista de Mao con el Kuomintang de Chiang Kai-shek, pasando página así a una historia de más de 70 años de competencia entre las dos Chinas, la comunista continental de Pequín y la nacionalista y pro-occidental de Taiwán, la isla en la que se instalaron los derrotados. Desde el punto de vista ideológico, sería también una victoria del sistema autoritario comunista sobre la democracia parlamentaria taiwanesa —alcanzada gracias a una transición en muchos aspectos similar a la española tras la muerte del dictador militar—, y un argumento que pretende confirmar la incompatibilidad entre el confucianismo autoritario chino y la democracia occidental, una teoría perfectamente desmontada por dos politólogos tan prestigiosos como Daron Acemoglu y James Robinson (Why Taiwan Matters. Project Syndicate).

Los dos primeros puntos son de orden histórico e ideológico, con una dimensión simbólica que interesa con toda seguridad a un líder abocado a recuperar el culto a la personalidad como es Xi Jinping. Pero es la visión geopolítica la que permite entender la trascendencia global del tercer punto. Con la anexión de Taiwan, el canal marítimo entre la isla y el continente se convertiría prácticamente en aguas territoriales chinas y quedaría abierta la puerta al control absoluto por parte de Pequín del Mar de la China Meridional e, indirectamente, el acceso al estrecho de Malaca, una de las vías de tránsito comercial de mayor densidad del mundo. Por lo que se refiere a la economía, sería formidable la aportación de las industrias de punta taiwanesas, especialmente la producción de semiconductores de última generación, vitales para toda la industria mundial.

Sería acabar la guerra, destruir la democracia occidentalista y reconstruir el imperio imaginado por el nacionalismo chino de una tacada. Se entiende perfectamente la obsesión china con Taiwán, sobre todo cuando además se hace el paralelismo con Ucrania, donde Putin busca la victoria diferida de la guerra fría sobre los Estados Unidos, la destrucción del modelo europeo de democracia y la recuperación del territorio del viejo imperialismo zarista, incluidas sus pretensiones de hegemonía europea, ahora formulada como euroasiática.

La visita de Nancy Pelosi a Taipei fue más la excusa que la causa de las espectaculares maniobras militares chinas del mes de agosto.

Analistas tan autorizados como Richard Haas, presidente del Council on Foreign Affairs, consideran que el viaje a Taiwán en el mes de agosto de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, no fue propiamente una provocación, sino una mera excusa de Xi Jinping para empezar a romper el statu quo de Taiwán, en una reacción desmesurada y perfectamente preparada que se habría producido en cualquier caso (Xi Jinping’s Guns of August).

 

Ventajas de los regímenes autoritarios

No se entiende nada de la guerra de Ucrania y del peligro de guerra en el estrecho de Taiwán sin la concentración de poder en manos de una sola persona, tanto en Moscú como en Pequín. Cuando el orden mundial tiende a organizarse meramente por la ley de fuerza, como pretenden Putin y Xi, se hacen evidentes las ventajas tácticas que ofrecen los regímenes autoritarios sobre los democráticos. Bajo la vara de los dictadores no hay disidencias en el frente interior. La movilización militar es más fácil. Las alianzas entre dictaduras son ajenas a los controles parlamentarios y de las opiniones públicas. También las dificultades económicas, como las recesiones, o las iniciativas impopulares, como las medidas más drásticas contra la pandemia, son más fáciles de hacer pasar cuando se tapan con las banderas belicosas de los agravios nacionalistas, como lo hacen Putin y Xi Jinping.

Son muchos los que creen que, a la larga, es decir, estratégicamente, se impondrá la superioridad de la democracia, con sus mecanismos de representación, de consenso y de pedagogía política. Pero la historia no está escrita y no se puede partir de apriorismos fundamentados en lo que creemos que ha sucedido hasta ahora, sobre todo en las dos guerras mundiales y en la guerra fría, en las cuales se impusieron las democracias liberales sobre los regímenes autoritarios. De hecho, la guerra ideológica que Vladimir Putin y Xi Jinping libran en estrecha coordinación versa sobre la superioridad de la verticalidad autoritaria, totalitaria incluso, respecto al pluralismo y a la participación de los ciudadanos en la configuración de los gobiernos y en la toma de decisiones.

Si la autoridad solitaria y distante de Putin se ha escenificado en la invasión de Ucrania, en el caso de Xi Jinping será en el XX Congreso del Partido Comunista, el próximo mes de noviembre, cuando se hará visible, al declarar su liderazgo como el centro del poder comunista y situar su pensamiento a la altura del maoísmo. Si no se tuerce nada antes, Xi obtendrá cinco años más de mandato y prácticamente la declaración como líder vitalicio, rompiendo definitivamente la tradición de las direcciones colegiadas y el relevo generacional cada diez años impuesto por Den Xiaoping, que sólo ha funcionado en dos ocasiones, con Jiang Zemin y Hu Jintao. Entre 2021 y 2022 habrán vuelto a la vez las sombras inquietantes de Stalin en Moscú y de Mao en Pequín.