Ahora que el mundo se pregunta si la operación internacional en Afganistán no podía haber acabado de otra forma, si las cosas no podían haberse hecho de otro modo, si la guerra en sí, en fin, no fue realmente inevitable, todas las miradas se vuelven hacia los pasos y decisiones de sus arquitectos de esta y otras contiendas en el gobierno de George W. Bush, Donald Rumsfeld en particular.

Artífice clave de la operación en su calidad de secretario de Defensa, Rumsfeld murió víctima de un mieloma múltiple el pasado 30 de junio en su rancho de Nuevo México, mientras el Pentágono empezaba a retirar sus tropas a marchas forzadas del país centroasiático. Sus restos mortales llegaron al cementerio militar de Arlington el 24 de agosto, al mismo tiempo que el mundo observaba boquiabierto las imágenes del caos en el aeropuerto de Kabul, dos imágenes que resumen el final de una era en la política exterior de Estados Unidos.

Rumsfeld tenía 88 años. Su huella en la defensa norteamericana se extiende a lo largo de varias décadas. Sus operaciones transformaron Oriente Próximo y dejaron cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Dos veces secretario de Defensa, primero con Gerald Ford en los años 70 y después con Bush hijo, fue una de las figuras más influyentes del movimiento neoconservador en el Partido Republicano, apartado ahora de sus teorías sobre la «guerra global contra el terrorismo» que, a su juicio y el de su amigo Dick Cheney, debía librar sin pausa Estados Unidos y que condujeron a las guerras de Afganistán e Irak.

Halcón entre los halcones, a pesar del rumbo que rápidamente tomaron los acontecimientos sobre el terreno tras la invasión, nunca renegó del plan de atacar Kabul tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 ni de lo que más pronto o más tarde se revelaron como errores cruciales, como las decisiones de no negociar con los talibanes, no hacer un despliegue masivo de tropas en la primera fase de la ofensiva y lanzarse a una segunda ofensiva antes de que se reposara el polvo de la primera. Tanto en su discurso de despedida del Pentágono en el 2006 como en sus memorias, publicadas en el 2011, defendió impenitente sus decisiones y nunca dejó de advertir de los riesgos de mostrar debilidad ante los enemigos de Estados Unidos. «La debilidad es una provocación», defendía.

Nacido en Chicago en 1932 en una familia de clase media, de niño perteneció a los bienintencionados boy scouts pero su estilo combativo y competitivo se manifestó sin filtros durante sus años en Princeton, donde destacó como jugador de lucha libre y defensa en un equipo de fútbol americano. De la universidad pasó al ejército y, siguiendo los pasos de su padre, que se alistó en la Marina tras el ataque a Pearl Harbour, entre 1954 y 1957 sirvió como aviador en el mismo cuerpo. Pasó a la reserva y se mudó a Washington para trabajar con un congresista republicano por Illinois. En 1962, con 30 años recién cumplidos, fue él mismo quien se presentó con éxito a las elecciones.

En el bando de las palomas

Desempeñó tres mandatos como congresista. Primero trabajó en temas relacionados con los derechos civiles, pero pronto los orilló para centrarse en los asuntos militares, su gran pasión. Dejó el Capitolio para trabajar con Richard Nixon como presidente de la oficina sobre oportunidades económicas. Ha pasado a la historia como un halcón pero durante los debates sobre la guerra de Vietnam en la Casa Blanca estaba en el bando de las palomas y, para irritación de Henry Kissinger, secretario de Estado, no cejaba en su empeño de persuadir al presidente de sus posiciones. Las cintas de Nixon revelan que pensó varias veces en despedirlo.

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Nunca reconoció errores en su estrategia ni aceptó que las prisas por invadir Irak absorbieran valiosos recursos que podían haberse dedicado a Afganistán.

El «problema Rumsfeld», como se denominaba en el entorno del presidente, finalmente se resolvió destinándolo a Bruselas como embajador ante la OTAN en 1973, una misión que lo alejó providencialmente de su núcleo duro durante el escándalo del Watergate. La dimisión de Nixon le llevó de vuelta a Washington: Ford lo quería como secretario de Defensa. Fue en ese tiempo cuando se fraguó la amistad que le uniría de por vida a Cheney, futuro vicepresidente y cómplice de sus principales decisiones de política exterior.

Con la elección del demócrata Jimmy Carter se pasó al sector privado. Fue consejero delegado y presidente de varias grandes compañías, entre ellas dos farmacéuticas. Las revistas de negocios de la época lo definen como un ejecutivo implacable y temido. Amasó una fortuna pero nunca perdió de vista la política. En el 2001, con la llegada de George W. Bush al poder, volvió a la primera línea para ocupar el mismo cargo que dejó. El secretario de Defensa más joven de la historia de EE.UU. fue también el más anciano de todos. Rumsfeld se puso manos a la obra y lanzó varios proyectos para modernizar las fuerzas armadas americanas pero los ataques terroristas del 11 de septiembre lo cambiaron todo. El jefe del Pentágono bajó personalmente a los escombros del ala del Pentágono atacada con un avión para llevar heridos hasta las ambulancias. La imagen dio la vuelta al mundo. Pronto se haría omnipresente en televisión por sus enfrentamientos con los congresistas y los periodistas.

En octubre, Estados Unidos invadió Afganistán, base de operaciones de Al Qaeda. El ejército norteamericano tumbó el régimen talibán en apenas unas semanas. Rumsfeld presumió el resto de sus días del éxito de la campaña militar. Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda y cerebro de los atentados, estuvo cerca de ser atrapado pero se le perdió la pista en las montañas de Pakistán. Con la excusa, luego desmontada, de la presencia de armas de destrucción masiva, Rumsfeld y Cheney pusieron en marcha su próximo y polémico objetivo: Irak.

En febrero del 2002, el secretario de Defensa respondió a una pregunta de la prensa sobre si tenían pruebas de actividad terrorista en el país con una parrafada para la posteridad: «Hay hechos conocidos que conocemos, cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que hay hechos desconocidos conocidos. Es decir, sabemos que hay algunas cosas que no sabemos. Pero hay también hechos desconocidos que desconocemos, hechos que no sabemos que no sabemos».

 

Mentir a la opinión pública

Los servicios de inteligencia estadounidenses siempre cuestionaron que hubiera armas de destrucción masiva en Irak pero Rumsfeld y Cheney no dudaron en mentir a la opinión pública para defender sus tesis. Los planes norteamericanos abrieron una brecha histórica entre Washington y Europa. Sólo Tony Blair y José María Aznar respaldaron los planes de Bush. Estados Unidos invadió Irak el 3 de marzo del 2003. En primavera se hicieron con Bagdad con relativa facilidad, en diciembre detuvieron a Sadam Hussein pero el caos se instaló en la ciudad.

Rumsfeld seguía augurando «cosas maravillosas» para el pueblo iraquí a pesar de las imágenes de violencia y saqueos que llegaban desde el país mesopotámico. Son «cosas que pasan», insistió. En cualquier ciudad americana podían grabar imágenes similares, la libertad «puede ser desordenada», «la gente libre es libre de cometer errores, delitos y hacer maldades», decía. Las famosas armas de destrucción masiva nunca aparecieron pero se encontraron en cambio con una virulenta resistencia local.

«Vas a la guerra con el ejército que tienes, no con el que te gustaría», declaró durante la invasión de Irak.

El gobierno provisional iraquí tutelado por Washington disolvió el ejército nacional de Saddam Hussein y muchos de sus miembros se pasaron a la insurgencia. Los Humvee americanos estaban penosamente preparados para resistir las decenas de miles de bombas que les colocaban en el camino causando una cantidad de bajas para las que la opinión pública no estaba preparada. Las críticas a la falta de preparación del ejército fueron desoídas en el Pentágono. «Vas a la guerra con el ejército que tienes, no con el que te gustaría», respondió Rumsfeld.

El rechazo de las misiones de reconstrucción de naciones extranjeras fue una constante en toda su trayectoria política. «Esa antipatía se manifestó en las primeras semanas de la administración Bush cuando Rumsfeld propuso retirar unilateralmente las fuerzas de EE.UU. de las misiones de mantenimiento de la paz de la OTAN en Bosnia», que como otras operaciones en los Balcanes solo tuvieron éxito cuando Bill Clinton, tras mucho dudar, aceptó involucrar a las tropas americanas, recuerda James Dobbins en un análisis para Rand Corporation. Fue menos drástico de lo que pretendía pero Rumsfeld se salió con la suya y en el 2005 las tropas americanas dejaron Bosnia.

El dilema volvió a plantearse años después con Afganistán. Rumsfeld se opuso con uñas y dientes al despliegue de la misión internacional de mantenimiento de la paz que el nuevo presidente afgano, Hamid Karzai, les pedía. Los efectivos militares se centraron en destruir las bases de Al Qaeda y, a pesar del vasto tamaño del país y en contra del criterio del secretario de Estado, Colin Powell, limitaron mayormente su presencia a Kabul. La Casa Blanca tardó dos años en dar el paso. Lo mismo ocurrió en Irak. Derrocado Saddam, Rumsfeld abogó por una rápida reducción de fuerzas. Era mejor, defendía, golpear e irse dejando claro que Estados Unidos no tiene miedo a actuar.

 

Malestar social con Guantánamo

Sería su sucesor, Robert Gates, quien, en medio de una situación caótica, acabó por enviar refuerzos. Luego llegaron las revelaciones sobre las técnicas de interrogatorio en la base de Guantánamo y las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, un escándalo que Rumsfeld minimizó (sólo eran «un pequeño grupo de guardias que perdieron el control por la falta de supervisión»). El malestar social fue a más. Los demócratas arrasaron en las elecciones legislativas de noviembre del 2006. Solo entonces Bush se deshizo de su secretario de Defensa.

La guerra de Irak se había convertido en un lastre los republicanos. Un joven senador negro de Illinois de extraño nombre, Barack Obama, capitalizó el rechazo popular a la guerra y el hartazgo con las mentiras del Gobierno. Heredó ambas guerras con el propósito de ponerles fin aunque, presionado por los militares, acabó por enviar refuerzos a Afganistán, un movimiento con el que su vicepresidente Joe Biden estuvo en desacuerdo, según las memorias de Obama.

Rumsfeld nunca reconoció errores en su estrategia ni aceptó que las prisas por invadir Irak absorbieran valiosos recursos que podían haberse dedicado a Afganistán. En el 2011 publicó sus memorias y se dedicó a mantener vivo el espíritu del movimiento neoconservador hasta que la irrupción de Donald Trump dejó claro que el Partido Republicano y sus bases iban en la dirección opuesta.

Bajó personalmente a los escombros del ala del Pentágono atacada con un avión para llevar heridos hasta las ambulancias.

Hace unos años Rumsfeld desarrolló una aplicación para móviles con el juego del solitario de Winston Churchill. Contaba que lo había aprendido de un diplomático belga que conoció en la OTAN y que había estado en el exilio en Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras occidente se entretenía con la tecnología, los talibanes seguían diciendo a quien quisiera escuchar que los occidentales tenían el reloj pero ellos, el tiempo. Se acabó a la vez para Rumsfeld y para las dos décadas de paréntesis de presencia occidental en Afganistán.