Los optimistas creen que los contratiempos son ocasionales, se circunscriben a un asunto concreto y responden a las circunstancias, mientras que los pesimistas piensan que las desgracias son duraderas, envenenan todos los aspectos de la vida y son culpa de uno mismo, por sus propios errores o por ser una especie de gafe. En la actualidad el Reino Unido está lleno de pesimistas, descendientes de Lord Salisbury, primer ministro a finales del XIX, que decía que todos los cambios son para peor, de modo que, cuantas menos cosas pasen, mejor. Algo de razón no le faltaba, y tampoco a los británicos por ver el presente y el futuro bastante negros.

El Brexit, la pandemia y la guerra de Ucrania han dado la puntilla a Gran Bretaña, que parece un país disfuncional situado en un futuro distópico, de novela o película de ciencia ficción, donde no se puede contar con coger un tren (y eso que un billete de ida y vuelta Londres-Manchester, en primera, cuesta hasta 600 euros), la sanidad pública ha dejado de funcionar, siete millones y medio de personas se encuentran en lista de espera para operaciones, los carteros no entregarán las felicitaciones navideñas hasta febrero, los soldados se encargan de conducir ambulancias y sellar los pasaportes en las fronteras, y hasta las comadronas amenazan con ir a la huelga. La cuestión es si hay alguien que trabaja, porque hasta en el sector privado los restaurantes y hoteles operan a medio gas por falta de mano de obra. La felicidad, según Nietzsche, es para las vacas y los ingleses. Ahora, sólo para las vacas.

 

Todo viene de lejos

Pero en el fondo, los problemas se remontan a antes del virus, de Putin y del Brexit, incluso a antes de la crisis financiera del 2008, probablemente a los gobiernos de Edward Heath y James Callaghan en los años 70, y tienen sus orígenes en un modelo económico desfasado de poca productividad, una desigualdad social cada vez mayor y un proceso de desintegración territorial que ha llevado a la mayoría de los escoceses (un 54% según la última encuesta) a querer la independencia (aunque no necesariamente ahora mismo), y a que la reunificación de Irlanda en un futuro a medio plazo sea una posibilidad muy seria.

Todo viene de lejos. Margaret Thatcher resolvió unos problemas (la capacidad de los sindicatos para paralizar el país, la falta de incentivos para prosperar y convertirse en propietarios…), pero creó otros (la desindustrialización, la pérdida de solidaridad y sentido comunitario, el empobrecimiento crónico de comunidades enteras que vivían de la minería o la industria textil, la dependencia abrumadora de la City y el sector servicios, el enriquecimiento desmesurado de un mínimo sector de la población a expensas del resto…).

Su fórmula de impuestos bajos, tipos de interés bajos y sueldos bajos ha estallado con la inflación disparada por las ayudas de la pandemia, el aumento del precio de la energía y las rupturas de las cadenas de suministros. En vez de la inversión y la productividad, la dama de hierro dio prioridad al crédito, el consumo y un precio hinchado de la vivienda que, con el transcurso del tiempo, ha hecho casi imposible que los jóvenes (y por jóvenes ahora se entiende hasta por lo menos los cuarenta años) puedan adquirir su propia casa. Vivir en la de los padres hasta que salen canas ya no es un fenómeno exclusivo de España o Italia, sino muy británico.

 

La herencia de los ‘tories’

Decía un personaje de Hemingway que uno va a la quiebra poco a poco, y luego de repente, y lo mismo puede decirse del colapso de la economía y el tejido social y político de un Reino Unido que en el 2022 ha tenido tres primeros ministros, cuatro ministros de Economía y seis presupuestos, y que ha entrado en el 2023 atrapado en un ciclo vicioso de demandas salariales y huelgas en múltiples sectores, reminiscentes de los «inviernos del descontento» de 1978 y 1979 que impulsaron a Thatcher a Downing Street. Pero ahora son los conservadores los que llevan doce años consecutivos en el poder, y no pueden eludir su responsabilidad.

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Puede que Tony Blair y Gordon Brown tengan algo de culpa en el estado de la nación, pero el mochuelo se lo llevan los tories. Cameron por la austeridad y la nefasta decisión de convocar el referéndum del Brexit; Theresa May por su inutilidad; Boris Johnson por su hipocresía, populismo nacionalista y cara dura; Liz Truss por estar como una cabra e impulsar un proyecto libertario de reducción de impuestos en plena crisis inflacionista que llevó a los mercados a intervenir. Rishi Sunak tiene dos años justos para desfacer tantos entuertos, una misión que se presenta, si no imposible, dificilísima.

Thatcher resolvió unos problemas, pero creó otros: la desindustrialización, la pérdida de sentido comunitario, el empobrecimiento crónico de comunidades enteras que vivían de la minería o la industria textil…

Los británicos, lo mismo en el deporte que en la política, son triunfalistas cuando ganan (lo fueron con el Brexit, que consideraron una victoria) y fatalistas hasta la exageración cuando pierden. Se regodean cuando las cosas van mal, un rasgo de su carácter. Los contratiempos dominan todas las facetas de su existencia. Y ahora, es cierto, tienen razones para ser pesimistas. Podrían ver el vaso lleno (el Reino Unido es la sexta economía del mundo, un país estable, próspero, pacífico, seguro, creativo, con una tecnología avanzada, tolerante, bajo el imperio de la ley…), pero lo que destacan es que pronto Polonia tendrá un mayor producto interno bruto, que su crecimiento es el más bajo del G-20, que la salida de la Unión Europea les va a costar cuatro puntos y 160.000 millones de euros de PIB, y 60.000 millones de euros en impuestos. Una república bananera sin el sol, la Alemania de Weimar sin la diversión y los cabarets de la Friedrichstrasse, el Titanic con el iceberg a la vuelta de la esquina, pero sin tan siquiera el piano, la música y el maestro de ceremonias.

 

Una crisis de identidad

¿Cómo se traducirá electoralmente todo este desencanto, pesimismo, preocupación por el rumbo del país, cuando los británicos acudan a las urnas en diciembre del 2024 o enero del 2025 y los conservadores lleven ya catorce años consecutivos en el poder? La lógica sugiere que sería el momento de un cambio de ciclo, y los sondeos lo respaldan, apuntando incluso a una mayoría absoluta del Labour. Pero el apoyo al principal partido de oposición es muy superficial, y se basa casi exclusivamente en el rechazo a los tories, dándose incluso la paradoja de que el actual primer ministro, Rishi Sunak, es personalmente más popular que el líder de la oposición, Keir Starmer, un personaje gris cuya estrategia consiste en tener políticas cuanto más vagas mejor para no ofender a nadie, evitar pronunciamientos y esperar a que los errores de los demás le sirvan en bandeja las llaves de Downing Street.

Lo cierto es que los dos grandes partidos atraviesan una crisis de identidad, pero uno de ellos habrá de ganar en virtud de un sistema mayoritario que dificulta enormemente la presencia parlamentaria a cualquier otra fuerza, como saben desde hace tiempo los liberales demócratas (la ventaja es que también impide el avance de grupos de ultraderecha como el Reform Party de Nigel Farage, aunque obtengan incluso más del diez por ciento de los votos).

La coalición forjada por Boris Johnson en el 2019, de conservadores tradicionales y votantes de clase obrera euroescépticos y anti-establishment, clases medias con aspiraciones, familias acomodadas de los suburbios y trabajadores de cuello azul, es casi imposible de mantener, porque sus intereses entran en conflicto. Unos quieren menos impuestos, los otros más para invertir en infraestructuras y subsidios, y reducir las diferencias entre el norte rico y el sur pobre de Inglaterra.

Los británicos son triunfalistas cuando ganan (lo fueron con el Brexit, que consideraron una victoria) y fatalistas hasta la exageración cuando pierden.

Unos quieren un Estado pequeño, los otros un Estado grande. A unos les aterroriza la deuda pública, otros la aceptan. Unos rechazan la construcción de vivienda y de molinos de energía eólica en el campo porque estropea el paisaje, otros la exigen. Unos apoyan la reforma de la sanidad pública, que se ha vuelto casi inservible, privatizándola parcialmente si es necesario, otros tratan su universalidad y gratuidad como un dogma de fe. Unos creen que el partido del Imperio, de la Iglesia Anglicana, la monarquía y las instituciones ha perdido el rumbo; otros, que necesita modernizarse y ampliar su base, porque con el voto de los pensionistas y los aristócratas no salen las cuentas.

Unos abogan por un capitalismo que acepta ciertas regulaciones a cambio de la estabilidad, otros apuestan por la versión que considera ilegítimo todo lo que va en contra del beneficio y comparten con Friedrich Hayek la opinión de que es mejor una dictadura liberal que una democracia. Unos comparten el conservadurismo comunitario de Thatcher, otros recelan del individualismo excesivo y quieren, sobre todo después de la pandemia, un gobierno protector con toques de planificación central que mejore la cohesión social y la calidad de vida. Unos dan luz verde a la tiranía del libre mercado, otros a una cierta dosis de colectivismo socialdemócrata y radicalismo verde para combatir el cambio climático.

Un Partido Conservador lastrado por un pesimismo supersticioso y acostumbrado a navegar las aguas de la economía y la clase, criado en las teorías de Nozickv y Popper, de Friedman y Oakshott, de Burke y de Locke, se encuentra de repente en un mar donde las olas son la cultura, la identidad y los valores, lo cual ayuda a entender su trauma existencial y los fracases de Johnson y Truss. Chocan sus dos almas, una la de un gentleman de club privado de Mayfair, la otra de un comerciante de clase media, la inspirada en Reagan y la inspirada en Thatcher.

 

La división laborista

Su consuelo, en todo caso, es que el Labour también es víctima de sus propias divisiones entre la izquierda tradicional vinculada a los sindicatos, que apoya las huelgas y la nacionalización de sectores estratégicos como la energía y los ferrocarriles, y los herederos de Blair y Brown, convencidos de que el partido sólo puede ganar elecciones desde el centro, asumiendo el conservadurismo social de moda, combatiendo la inmigración y dando por bueno el Brexit, respetando los intereses de los fondos de inversión, los terratenientes, los accionistas, los bancos, los propietarios, los mercados financieros y los gestores inmobiliarios, diluyendo las protecciones de los trabajadores frente al gran capital.

Su lema es ser relativamente radical sin parecer peligroso. Una fuerza nacida para representar a los obreros se encuentra con que ya no los hay, que se han convertido en estudiantes, intelectuales y profesores de universidad, en falsos autónomos que conducen Uber y entregan comidas a domicilio con Deliveroo y paquetes a través de Amazon.

El votante que decidirá las próximas elecciones es una señora que se llama, digamos, Catherine, está espantada por el aumento de la cesta de la compra, se considera progresista, pero quiere más policías en las calles, menos inmigrantes y sentencias más duras para los delincuentes. Considera sagrada e intocable la sanidad pública y quiere que se invierta más en ella, y también en educación y tecnología, y que se hagan obras de infraestructura, pero sin subir los impuestos, excepto a los ricos y las multinacionales.

El votante que decidirá las próximas elecciones está espantado por el aumento de la cesta de la compra, se considera progresista, pero quiere más policías en las calles, menos inmigrantes y sentencias más duras para los delincuentes.

Reconoce que el Brexit no ha funcionado, pero está agotada del tema y no quiere que se toque. Pide acción contra el cambio climático y es partidaria de los coches eléctricos y de eliminar la huella de carbono en el 2050, pero si no le cuesta demasiado dinero y sin que «elementos radicales» se peguen a las carreteras y alteren su vida cotidiana. Rechaza el victimismo y la cultura woke, y se ríe de los políticos que no se atreven a definir lo que es una mujer. Se considera patriota y ecologista, apoya al ejército y cree que hay que ayudar a Ucrania.

Catherine es en este momento pesimista, como Lord Salisbury y la inmensa mayoría de británicos que en el invierno del descontento del 2023 hablan de las viejas glorias imperiales del Reino Unido como los emigrantes rusos hablaban del zar Nicolas en París justo después de la Revolución del 17.