El economista y político Alberto Ullastres Calvo (1914-2001), fue catedrático de Historia Económica de la Universidad Complutense de Madrid. Como historiador, estudió las doctrinas de la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII en la obra de Juan de Mariana, a quien dedicó su tesis doctoral.

Metido en política, fue un gran protagonista de la que se puede denominar «primera transición» española, un período que va desde el Plan de Estabilización (1959) hasta la muerte de Franco (1975), pasando por el Acuerdo Comercial Preferencial España-CEE (1970). Es el período que sucedió al régimen autárquico implantado después de la Guerra Civil (1939-1959).

Las principales realizaciones de Ullastres fueron tres. La primera, como ministro de Comercio, contribuir decisivamente a poner fin a la autarquía y generar una década de liberalización, gran crecimiento económico y transformación social, que propició el advenimiento de la democracia. La segunda, negociar con éxito —como Embajador de España— el Acuerdo Comercial Preferencial España-CEE de 1970, un paso decidido en el proceso de liberalización del comercio exterior. La tercera se produjo después de dejar la política. Consistió en su tarea de formación sobre asuntos europeos como director de los Cursos sobre las Comunidades Europeas de la Escuela Diplomática.

Pese a la trascendencia de estas aportaciones, hay que decir que Ullastres no ha recibido el reconocimiento del que es merecedor, seguramente porque las dos primeras se produjeron en el marco de la dictadura franquista. Así lo reconoce, por ejemplo, el expresidente Jordi Pujol en sus Memorias, donde se puede leer lo siguiente: «En octubre de 1980, junto con la Cámara de Comercio de Barcelona, organizamos un acto de homenaje a Alberto Ullastres. En aquel momento, dedicar cualquier tipo de reconocimiento a alguien que había formado parte del equipo gubernamental franquista era una temeridad política. Recibí algunas críticas, pero pesó más en mí el espíritu de justicia. Me pareció que nuestra implicación en un homenaje a Ullastres constituía una clara lección pedagógica. Veníamos a decir que sin Europa nos sería difícil la democracia y desarrollar un proceso de gran crecimiento» (Temps de construir (1980-1993), Proa, 2009).

He tenido el honor de colaborar con Ullastres y con Jordi Pujol. Se admiraban mutuamente y coincidían en declararse «patriotas europeos». Con Ullastres colaboré primero desde Bruselas, de forma esporádica, en cuestiones relacionadas con el Acuerdo de 1970, y de forma regular a partir de 1981, cuando logramos llevar juntos a Barcelona los Cursos sobre las Comunidades Europeas de la Escuela Diplomática.

 

El final de la autarquía

En 1957, Carrero Blanco, ministro de la presidencia y mano derecha de Franco, quería renovar la gobernanza económica de España. El ministro sin cartera Laureano López Rodó le recomendó dos personas: Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio. Los tres, miembros del Opus Dei, formarían el núcleo duro de la nueva gobernanza. Carrero Blanco quería reducir el peso político de los falangistas en el gobierno y abrir las puertas del poder a «tecnócratas», nombre despectivo que los falangistas aplicaban a los recién llegados. Ullastres fue nombrado ministro de Comercio (1957-1965) y Navarro Rubio, de Hacienda.

Este último puso en marcha inmediatamente una reforma tributaria porque, entre otras muchas razones, Ullastres en su Ministerio no tenía prácticamente divisas que administrar. La situación económica era insostenible. En 1958 la economía española se encontraba en una situación crítica. La autarquía impuesta desde el final de la Guerra Civil y la falta de ayudas externas —España no pudo beneficiarse del Plan Marshall por la «naturaleza política fascista» de su régimen— eran los grandes responsables de ello.

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El factor desencadenante del Plan de Estabilización fue el agotamiento de la reserva de divisas. Fabià Estapé lo recoge en sus Memòries (Edicions 62, Barcelona, 2000). «La realidad económica de España a mediados de los años sesenta del siglo pasado es que se había agotado la reserva de divisas, no había ni un dólar en la caja. La situación era tan crítica que un alto funcionario del IEME (Instituto Español de Moneda Extranjera), Manuel Varela, notificó al secretario general del Ministerio de Comercio que en octubre no habría dinero para pagar el petróleo que, siempre, siempre, se ha pagado en dólares. No había más narices que comunicar al general Franco que, por culpa de su plan autárquico, no había más remedio que volver al gasógeno. El general Franco y el visionario Juan Antonio Suanzes, del INI (Instituto Nacional de Industria), nos habían regalado veinte años de autarquía que nos habían llevado a aquella situación crítica de suspensión de pagos.»

 

El Plan de Estabilización

Carrero Blanco había comunicado a Ullastres que «a Franco le cuesta parir», significando con ello que tardaba en aceptar cualquier cambio, por necesario que fuera. Así advertido, confiando en sus capacidades persuasivas, le encargó que explicara a Franco el Plan de Estabilización. Con este motivo, Ullastres visitó a Franco en el Pardo varios fines de semana. Allí le esperaba un militar astuto, sin muchos conocimientos de economía, que lo escuchaba. Al cabo de un tiempo, Franco se dio por satisfecho con sus explicaciones y dio el visto bueno al Plan de Estabilización.

La comisión empezó a funcionar en 1959. La autoría intelectual del Plan de Estabilización era, sobre todo, de Joan Sardà.

Ullastres constituyó inmediatamente una comisión con tres economistas asesores: Joan Sardà, Enrique Fuentes Quintana y Fabià Estapé. De aquel cuarteto, dos eran catalanes (Sardà y Estapé) y uno se consideraba «medio catalán» y «admirador de Cataluña». Este era Ullastres, de familia paterna originaria de Tona (Osona) y propietaria del balneario Ullastres, a donde me pedía a menudo que lo llevara cuando venía a Barcelona. La comisión empezó a funcionar en 1959. La autoría intelectual del Plan era, sobre todo, de Joan Sardà. Fabià Estapé escribe que «la infraestructura técnica venía dada por Sardà, con el apoyo obtenido por los contactos con altos funcionarios del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la Banca Privada internacional que él había mantenido durante su anterior estancia profesional en Venezuela».

En el entorno inmediato del Caudillo no gustó demasiado en nombramiento de Sardà, hasta el punto de que el propio Franco le hizo este comentario a Navarro Rubio en una audiencia: «Oiga, ministro, me dicen que este catalán que me propone para este cargo [Sardà] es rojo y separatista.» El ministro defendió ante Franco el excelente currículum profesional de su candidato. Al final, Franco se encogió de hombros y aceptó el alegato de Navarro, con el siguiente lamento: «Hay que ver lo difícil que nos lo ponen para escoger a los mejores.»

El Plan de Estabilización consistía en un conjunto de medidas económicas con un doble objetivo: corregir desequilibrios básicos de la economía española e iniciar una transición hacia un nuevo modelo económico de apertura y competencia. Un desequilibrio básico era el tipo de cambio peseta/dólar; se necesitaba una fuerte devaluación de la peseta. Franco no entendía mucho de economía, pero siempre estaba ojo avizor y lo acababa decidiendo todo. Cuando la comisión del Plan se reunió por primera vez, el dólar estaba a 42 pesetas. Estapé le dijo a Ullastres que a 50 pesetas se podría aguantar. A Franco ya le parecía bien el cambio a 42 pesetas, porque «su hija había estado en Nueva York y había encontrado que los restaurantes le habían salido muy bien de precio». Los expertos le explicaron que, pese a las apariencias, era necesario establecer el cambio del dólar a 58 pesetas. Ullastres se presentó una vez más en el Pardo con todas las cifras, dispuesto a volverse probablemente con una negativa. A la vuelta, convocó a sus expertos y les dijo: «Dice el general que pongamos el cambio a sesenta, porque es una cifra más redonda.» Y así se hizo.

Según Estapé, el Plan era «la operación polticoeconómica mejor imaginada y estructurada que ha vivido la economía de este país durante este siglo».

El Plan de Estabilización se llevó adelante y empezó a dar frutos muy pronto. Según Estapé, era «la operación politicoeconómica mejor imaginada y estructurada que ha vivido la economía de este país durante este siglo». El Ministerio de Comercio explicó la magnitud de la operación en un editorial publicado en la revista Información Comercial Española del propio departamento que dirigía Ullastres. «Tiene el Plan de Estabilización una importancia económica trascendente. De su éxito depende nuestro bienestar material futuro: el desarrollo económico del país, el nivel de su comercio exterior, el equilibrio y la armonía de sus precios. Pero su importancia política es mucho mayor. El Plan de Estabilización supone, ante todo, un cambio de conducta.» Ullastres quería decir que suponía la apertura de mentalidades y actitudes, la modernización y el final de la autarquía. Según Paul Preston, significaba «el final del falangismo económico» (Franco. Caudillo de España, Grijalbo, 1994).

En 1961, Ullastres le escribió una carta a Franco en la cual le informaba de que todas las medidas previstas en el Plan de Estabilización se habían llevado a cabo con éxito y, de que, a partir de aquel momento, alcanzada la estabilización de la economía, se debía dar un paso más allá. Ullastres le exigía un Plan de Desarrollo. En caso contrario, dimitiría como ministro de Comercio. Así fue como nacieron los Planes de Desarrollo, inspirados en la planificación indicativa francesa. El responsable fue Laureano López Rodó.

En 1961, Ullastres le escribió una carta a Franco, en la cual le informaba de que todas las medidas previstas en el Plan se habían llevado a cabo con éxito.

El abandono de las políticas autárquicas provocó un potente crecimiento económico, con una tasa media acumulada del 7,2 % anual de incremento del PIB. Unas cifras macroeconómicas desconocidas desde hacía tiempo en España, que generaron un gran aumento del poder adquisitivo de los españoles. En diez años se duplicó el nivel de vida. La otra cara de la moneda de aquel desarrollismo fue la emigración masiva de trabajadores españoles a Europa. A lo largo de los años 60, las «remesas de emigrantes» resultaron vitales para el saneamiento de la balanza de pagos española.

 

El Acuerdo España-CEE de 1970

España había quedado al margen del proceso de integración europeo iniciado después de la Segunda Guerra Mundial, a causa de la naturaleza «antidemocrática del régimen político franquista» y de sus «orígenes fascistas».

Las cosas empezaron a cambiar con el Plan de Estabilización, pues se recibió ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica). Esta «internacionalización» de los problemas económicos españoles constituyó un importante hito postautárquico. En 1959, España entró en la OECE. Era la primera vez que era admitida en una institución europea importante. Más tarde, la OECE se amplió a países no europeos y se convirtió en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), en la cual España ya entró como país fundador.

A partir de 1962, España inició un acercamiento oficial a la Europa Comunitaria (Comunidades Europeas), pero la España franquista no era bien recibida en Bruselas. Por razones políticas, le estaba vedada no solamente la «adhesión», sino también la «asociación». No fue sino hasta 1965 cuando se abrió la posibilidad de negociar un acuerdo puramente «comercial». Fue entonces (julio de 1965) cuando Ullastres dejó el Ministerio de Comercio y fue nombrado embajador de España ante las Comunidades Europeas, con el encargo de conseguir un buen acuerdo, aunque fuera puramente «comercial». El economista Ramón Tamames escribió entonces que negociar un acuerdo puramente comercial significaba «vender la primogenitura de España por un plato de lentejas». Poco después de la entrada en vigor del acuerdo, escribió que era «el mejor acuerdo jamás negociado en la historia económica española moderna» (El País, 1973).

El Acuerdo España-CEE de 1970 fue bautizado muy pronto en Bruselas como «el gol Ullastres» marcado por España a la CEE.

Esto era así por varias razones: 1) Pese a ser un acuerdo puramente «comercial» (vedadas la adhesión y la asociación), Ullastres supo sacar el mejor partido posible de una mala situación política (la España franquista era considerada «un Estado paria» en Europa). Consiguió un acuerdo de gran contenido sustancial, con un objetivo final aceptado por ambas partes que apuntaba de facto a la adhesión: «la supresión progresiva de los obstáculos con respecto a lo esencial de los intercambios entre España y la Comunidad»; 2) El acuerdo tenía una duración indefinida, que permitió que se mantuviera vigente hasta el momento mismo de la adhesión (1985); 3) El acuerdo tenía dos fases. De la primera se decía que duraría seis años y se añadía que el paso de la primera a la segunda se efectuaría «en la medida en que se reunieran las condiciones». Sin decirlo, se entendía que las condiciones significaban el fin del franquismo y la instauración de la democracia en España. Con esta fórmula, se aceptaba implícitamente la puesta en marcha de un proyecto hacia la adhesión a través de una primera fase de carácter comercial, una segunda intermedia y una tercera de adhesión; y 4) Era un acuerdo desequilibrado claramente a favor de España. Las concesiones comunitarias eran muy superiores a las españolas. Ullastres «vendió» a la Comunidad la imagen de una España pobre y necesitada, cuando se estaba desarrollando rápidamente con tasas de crecimiento superiores al 7 %.

El Acuerdo España-CEE de 1970 fue bautizado muy pronto en Bruselas como «el gol Ullastres» marcado por España a la CEE. En un plazo de cuatro años se equilibraron los intercambios entre España y la CEE, y al cabo de seis, las tarifas aduaneras quedaron limitadas de forma general al 60 % de su importe inicial (Jordi Maluquer de Motes, La economía española en perspectiva histórica, 2014). El prestigio personal y el savoir faire diplomático de Ullastres fueron decisivos para conseguir un buen acuerdo. Pese a todo, Ullastres no fue invitado al acto de la firma en Madrid del Acuerdo de Adhesión de España a las Comunidades Europeas en 1985.

 

Los Cursos de la Escuela Diplomática

De vuelta a España, tras diez años en Bruselas como Embajador de España ante las Comunidades Europeas (1965-75), Ullastres inició una tarea de formación europeísta desde la Escuela Diplomática, radicada en Madrid. No fue fácil llevar estos cursos a Barcelona, como desde un principio había sido nuestra voluntad. Lo intentamos durante la época tarradellista, con la ayuda del conseller Ortínez, pero no lo conseguimos. Nuestra iniciativa cuajó tras la llegada de Jordi Pujol a la presidencia de la Generalitat (1980). El primer Curso sobre las Comunidades Europeas se inauguró en Barcelona en el primer trimestre de 1981, en la sede de la Cámara de Comercio de Barcelona, bajo la presidencia de Jordi Pujol. Los Cursos se han ido impartiendo desde entonces periódicamente hasta nuestros días.