No hace falta justificar por qué hemos dedicado este número de política&prosa a la figura de Mijaíl Gorbachov a raíz de su defunción. Son muy contados los personajes que con su trayectoria y sus decisiones llegan a tener una influencia determinante en el curso de la historia. Es, obviamente, el caso del último líder de la Unión Soviética.

Es indiscutible que las decisiones adoptadas por Gorbachov durante el breve y vertiginoso período en el que asumió la máxima responsabilidad política en la Unión Soviética aceleraron la descomposición del sistema soviético. Fueron decisiones fundamentadas en un diagnóstico lúcido y valiente de las fallas estructurales de un sistema político y económico que hacía aguas por todas partes y que anunciaban el colapso. Ciertamente, era un diagnóstico incubado desde hacía tiempo en el núcleo más selecto e inteligente del Estado soviético, pero solo Gorbachov y su equipo tuvieron la osadía de hacerlo público, sacando a la luz del día lo que era una verdad oculta.

La convicción de que el sistema no podía mantener por más tiempo su papel internacional llevó a la decisión de la retirada de Afganistán y, sobre todo, a buscar y alcanzar un acuerdo con Estados Unidos para acabar con la carrera armamentística nuclear. Del mismo modo, llegado el momento decisivo de 1989, Gorbachov asumió la inevitabilidad de seguir tutelando a los países que conformaban el bloque soviético del Este europeo. Como lo recuerda Lluís Bassets, descartó el uso de la violencia para mantener el imperio, rompiendo una constante de la historia de la Unión Soviética.

La constatación del bloqueo sistémico que supuso el accidente nuclear de Chernóbil influyó en la adopción sucesiva de medidas de transparencia informativa, de reconocimiento de las libertades de expresión, de prensa, de movimiento, de asociación y de religión, y de lucha contra la corrupción. Así como de apertura política, con la liberación de los disidentes y la celebración de elecciones locales multipartidistas. Sin olvidar la importancia de la apertura cultural, muy especialmente de los archivos soviéticos, que ha permitido avanzar decisivamente en la historiografía sobre el sistema comunista. En definitiva, supuso el final del monopolio comunista sobre todos los aspectos de la vida para intentar hacer posible una sociedad en la que «pudieras decir lo que quisieras y seguir vivo», en expresión de un joven de aquel momento, recogida por Marta Rebón en su artículo sobre el significado y el alcance de la glásnost.

No obstante, este conjunto de decisiones positivas tuvo su contrapartida en el fracaso económico de los reformistas, atribuido a sus ambigüedades y vacilaciones, consecuencia de un proyecto sin soluciones claras y estrategias bien definidas para afrontar los enormes retos que planteaba una transición desconocida desde una economía dirigista y burocrática a una economía abierta y de mercado. Este fracaso repercutió de modo dramático en la vida cotidiana de la gente, como explica Llúcia Oliva, y fue la causa principal del descrédito interior de Gorbachov, en contraste con la admiración que despertaba fuera de las fronteras de la URSS.

Gorbachov abrió la caja de Pandora, de la cual emergieron sin control viejos y nuevos problemas que acabaron por superarlo. Con el resultado conocido del final de la Unión Soviética, el desmembramiento de su imperio y la pérdida de su influencia en la Europa del Este. En definitiva, una potencia nuclear venida a menos que tuvo que asistir inerme a la reunificación alemana y a la creciente influencia de la OTAN en el espacio ex soviético.

Con su final, Gorbachov dio paso a lo que Francisco Veiga llama la implosión populista protagonizada por Boris Yeltsin, y a la progresiva reversión de las libertades y la resurrección del imperialismo ruso encarnado actualmente por Vladímir Putin, que se ha convertido así en la verdadera némesis de Gorbachov.

Hoy, en estos tiempos inciertos, el legado de Gorbachov nos deja la certeza de que hubo un momento en el que fue posible acabar con la Guerra Fría, progresar en el control del armamento nuclear, abrir la puerta de la libertad a los países del bloque soviético… Pero también la desilusión de no haber podido llegar a culminar la transformación democrática de su sociedad. Éxito y fracaso de un líder que sabía mejor que nadie hasta qué punto se había quedado corto su proyecto.