Antes de morir ya centenario el pasado 29 de noviembre, Henry Kissinger aún pudo conocer el grado extremo de degradación del orden regional en Oriente Medio, una de las aportaciones más destacadas de su legado como gobernante y hombre de Estado. No deja de ser una paradoja que las numerosas valoraciones sobre el personaje desaparecido hayan descuidado el trabajo quizá más personal e incluso positivo de su polémica labor como consejero nacional de Seguridad y secretario de Estado de los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford ahora hace medio siglo. Hay más sombras que luces en los tres desempeños más destacados de Kissinger, que fueron la finalización de la guerra de Vietnam, la incorporación de China a la comunidad internacional y la distensión con la Unión Soviética, acompañada del primer tratado de control de armamento nuclear, conocido como Salt (Strategic Arms Limitation Talks). Casi todo son luces, en cambio, en la finalización de la guerra del Yom Kipur entre Egipto e Israel (1973), obra personal de Kissinger justo en el momento en que el presidente Nixon, asediado por el Watergate, se encontraba fuera de juego y sin capacidad para tomar decisiones.

No es posible separar las distintas piezas de la acción internacional entera de Nixon y Kissinger en aquellos años tan determinantes en la evolución de la Guerra Fría. El ‘linkage’ o vinculación era una de las ideas de aquel equipo presidencial que veía el mundo como un tablero de ajedrez, en el que todas las piezas, las militares y las diplomáticas, las que afectaban a las superpotencias y las que correspondían a conflictos locales, tenían relación entre sí y contaban en las negociaciones: abrir las puertas del mundo a China servía para profundizar en la división del campo comunista; al terminar la guerra Vietnam, Estados Unidos salían de un avispero que los desgastaba fuera y sobre todo dentro entre los jóvenes; al obtener el alto el fuego entre egipcios e israelíes, Washington empezaba a expulsar a Moscú de Oriente Medio y se constituía en el mediador imprescindible entre árabes e israelíes. Todo formaba parte de la estrategia de Washington para vencer a Moscú en la carrera por la hegemonía mundial, con una rama de distensión y de desescalada nuclear y otra bien oscura y violenta, de la que sale la lista de los crímenes de guerra, por acción y por omisión, atribuidos al secretario de Estado ya su presidente: la prolongación de la guerra de Vietnam, con los corolarios de los bombardeos sobre Camboya y Laos; el golpe de Estado de Pinochet que derribó del régimen democrático de Chile presidido por Salvador Allende; o la complicidad con el general y dictador pakistaní Yahya Khan, aliado de Pekín, en el genocidio en Bangladesh.

La visión geopolítica de Kissinger era de un realismo crudo y práctico que todo lo sacrificaba, incluidos naturalmente los intereses y la democracia de los países aliados más débiles, a los grandes objetivos geopolíticos, que le servían para dar forma al orden mundial dirigido por Estados Unidos. Tres décadas duraron, casi hasta bien entrado el siglo XXI, los efectos de la acción de Kissinger en Oriente Medio, concebida como la búsqueda de un orden regional fundamentado en un equilibrio de fuerzas, el reconocimiento de la legitimidad de cada uno de los agentes y la máxima estabilidad aunque no se consiguiera una paz definitiva. El diplomático y hombre de Estado desaparecido no creía exactamente en la paz, sino más bien en la ausencia de guerra producida por el equilibrio de fuerzas entre las distintas potencias, siguiendo el modelo del llamado Concierto de las Naciones surgido del Congreso de Viena para ordenar Europa después de las guerras napoleónicas, que estudió en su famosa tesis de doctorado (‘A World Restaured. Metternich, Castlereagh and the Problems of Peace 1812-22’) publicada en 1957. Para el conflicto entre Israel y los palestinos nunca pensó en un gran plan de paz omnicomprensivo, sino en el método gradualista de los pequeños pasos, acompañados de la utilización de palancas para presionar a las partes, como el derecho de veto en el Consejo de Seguridad y el suministro de armas.

La obra de arte de la diplomacia coercitiva de Kissinger fue la paz entre Egipto e Israel, orientada por el objetivo estratégico de expulsar a la Unión Soviética de la región y convertir a Estados Unidos en la potencia imprescindible para cualquier idea de paz entre los israelíes y los árabes. Los frutos de los acuerdos del alto el fuego fueron recogidos por el presidente Jimmy Carter en 1978, con la foto histórica de Camp David de la paz definitiva con Anwar el Sadat y Menagem Begin, pero el método y el sistema eran kissingerianos. Había que demostrar que Israel podía retirarse de territorios ocupados por la fuerza, como fue el caso del Sinaí; que podía hacer la paz con uno de sus vecinos, y por tanto con todos ellos uno tras otro; y que solo Washington tenía la autoridad para actuar como mediador fiable entre árabes e israelíes. Y esto es lo que había logrado Kissinger.

Las ideas y el método de negociación de Henry Kissinger sentaron las bases de los Acuerdos de Oslo, veinte años después

El marco de inspiración era la resolución 242 del Consejo de Seguridad, aprobada por unanimidad en 1967 después de la Guerra del Seis Días, de la que se derivaba la fórmula ‘paz por territorios’. Kissinger, con el escepticismo propio de un buen conservador, la tradujo en la más convincente para sus amigos israelíes de ‘territorios por tiempo’, tal como ha explicado magistralmente Martin Indyk, ex embajador y enviado especial a Israel, en su libro ‘Master of the Game. Henry Kissinger and the Art of Middle East Diplomacy’ (2022). El primer acuerdo de alto el fuego de 1973 dio cinco años de margen a Israel para retirarse del todo del Sinaí. El tratado de paz con Egipto en 1979 aún permitió al Estado sionista el control otros quince años de Cisjordania y Gaza. Con Oslo (1993), Israel se retiraba sólo de un 40 por ciento de los territorios ocupados e internacionalmente reconocidos como palestinos. El abandono total de las colonias de Gaza por parte de Sharon en 2005 aún dio otras dos décadas de margen a Israel para proseguir en la colonización de Cisjordania, donde vivían unos pocos miles de israelíes cuando Kissinger hizo la paz y ahora hay 400.000, que son 700.000 si contamos Jerusalén Este. “Con la ayuda de Estados Unidos –explica Indyk– Israel ha utilizado este tiempo para construir unas capacidades militares, económicas y tecnológicas que la han convertido en un superpotencia en Oriente Medio, con uno de los ejércitos más potentes del mundo”.

Es notable la ambigüedad del legado de Kissinger. Por un lado, los Acuerdos de Oslo, que fundamentan la idea de los dos Estados mutuamente reconocidos, en paz y con fronteras seguras. Por otro, la ventaja insuperable de Israel, acompañada del estancamiento más absoluto de la causa palestina. Sólo los israelíes aprovecharon el tiempo ganado con los acuerdos y negociaciones. También se fue debilitando el elemento coactivo sobre Israel que Kissinger sabía utilizar pero que todas las administraciones a partir de Bush, incluso la de Obama, despreciaron. Hubiera sido necesario el acompañamiento de la restricción de las pulsiones violentas típicas de la región, de las explosiones de violencia terrorista por un lado y de la ocupación ilegal y también coactiva de tierras palestinas. Es muy significativo que dos personalidades destacadas en las negociaciones con Kissinger, como Anwar el Sadat e Isaac Rabin, fueran asesinados por radicales de su campo, en los años 1981 y 1995 respectivamente.

La paz entre Egipto e Israel, tras la guerra del Yom Kipur, es el elemento más interesante y personal del polémico balance del secretario de Estado de Nixon y Ford

El sistema kissingeriano comenzó propiamente a hacer aguas justo después de haber dado su mejor fruto, que fue la instalación de la Autoridad Palestina en Ramala y el autogobierno ahora limitado sobre Gaza y Cisjordania. Esto sucedió con el fracaso en Camp David en el año 2000 de las negociaciones entre Yasir Arafat y Ehud Barak, que precedieron a la segunda Intifada, la llegada de Ariel Sharon al gobierno y poco después la instalación ya por 15 años de Netanyahu, con la vocación bien explícita de liquidar la idea del estado palestino, gracias a la sistemática ampliación de las colonias y a una política divisiva que favorecía a Hamás en detrimento de una Autoridad Palestina erosionada por la corrupción y desprestigiada por su ineficacia.

Si los últimos 20 años han visto la erosión del legado kissingeriano, no es muy arriesgado prever que la difícil reconstrucción de un nuevo orden, más estable y pacífico que el actual, deberá seguir del desaparecido hombre de Estado. Washington pretende, ahora al igual que entonces, constituirse en el agente diplomático y militar decisivo en la región, después de que Moscú haya regresado aprovechando la guerra de Siria y sobre todo el descompromiso presidencial de Obama y de Trump. La diplomacia viajera de la actual administración demócrata ofrece analogías con la hiperactividad de Kissinger como secretario de Estado en sus contactos en Oriente Medio en lo que se llamó la ‘shuttle diplomacy’, aunque ahora es el entero equipo presidencial –el secretario de Estado, Antony Blinken; el consejero nacional de Seguridad, Jake Sullivan; el secretario de Defensa, Lloyd Austin; y el propio presidente, Joe Biden—el que se desplaza y presiona en Israel, también con las viejas palancas, tan útiles para Kissinger, como son el suministro de armas y el apoyo diplomático. Hay que detener la guerra y los bombardeos sobre Gaza, pero la salida de la actual crisis con un nuevo equilibrio de seguridad regional sólo lo garantizará un Estado palestino reconocido por Israel, es decir, el retorno de los Acuerdos de Oslo, en dirección contraria a todo lo que ha hecho Netanyahu en los últimos 15 años.