Los resultados del 12 de mayo nos sitúan en un punto de partida nuevo. Son un corte definitivo con el que habíamos tenido desde el otoño de 2012, cuando la astucia del entonces president Mas le hizo emprender un camino incierto que ha acabado ahora y que ha dejado a Cataluña desgarrada, harta, renqueante y desorientada. La resaca de procés ha sido dura y difícil de digerir, y lo seguirá siendo, porque sus efectos no han terminado automáticamente con el resultado de estas elecciones.

El postprocés ha sido un periodo letárgico, una espece de pesadilla duradera, con episodios esporádicos en los que parecía que el procés podría llegar a revivir (los disturbios de noviembre de 2019), a pesar de que la tendencia de fondo fuera claramente depresiva, desmovilizadora, con un cansancio creciente por parte de todos los segmentos, específicamente del independentismo, que se arrastraba movido más por el ánimo que por el impulso o la convicción.

El movimiento se había parado hacía tiempo, perdidos en la memoria los días de gloria. El primer aniversario del 1-O había congregado a 180.000 personas, el del año siguiente a 18.000, y lo mismo pasó con las concentraciones de las diades. Un millón en 2018, seiscientos mil en 2019. Para quien lo quisiera ver (y no todo el mundo quería), la cosa no daba más de sí. Tampoco electoralmente. De los dos millones de votos de las elecciones al Parlament de 2015 y 2017 se había pasado a los 1,4 millones en 2021, y de los 1,6 de las generales de noviembre de 2019 (en plena convulsión por la sentencia) a menos de un millón de 2023.

El impulso se había agotado. El horizonte de una independencia alcanzable en un plazo breve, la promesa de una utopía indolora, de la acracia feliz de una Cataluña finalmente liberada del peso muerto de una España autoritaria, se iba alejando irremisiblemente. En 2017, de los que querían que el procés acabara con la independencia el 40 % creían que efectivamente culminaría con la autodeterminación, según los datos de los sondeos del ICPS. Seis años más tarde, solo el 12 % de estos creía que el procés tendría como resultado la independencia. En seis años se había pasado de la promesa realizable al sueño roto y las ilusiones perdidas.

Es en este contexto que hay que situar las elecciones al Parlamento de este 2024. Ciertamente, los resultados de las elecciones generales de hace un año situaron a los independentistas en una posición decisiva para la conformación de mayorías en el Congreso, lo que provocó el espejismo (alimentado) de un resurgimiento del independentismo, de un retorno a su antigua fuerza, cuando en realidad el apoyo electoral a los partidos independentistas había tocado suelo. Habría que retrotraerse tan lejos como 1982 para encontrar un resultado tan malo como el del conjunto de los partidos independentistas en las generales de 2023.

 

Fatiga persistente

La clave de estas elecciones al Parlament era si el independentismo podía revitalizar su base electoral más allá del espejismo de su renovado papel decisivo en la arena general. En la convocatoria de 2021, cerca de 700.000 votantes independentistas se habían quedado en casa. La mayoría habían optado por el PSC en las generales de 2023 como la mejor manera de evitar un gobierno de la derecha y la ultraderecha. ¿Y ahora? ¿Qué harían? ¿Cómo podía el independentismo convencerlos de volver a confiar en él? ¿Y cómo podía hacerlo en un contexto en el que el señuelo de la independencia («lo volveremos a hacer») ya no funcionaba?

La apuesta más clara de superación del marco del procés fue la de ERC, que desde 2021 ha intentado recuperar su voto perdido sobre la base de la «Generalitat republicana» apelando al buen gobierno, sin renunciar a cierta épica (el primer president republicano desde Companys). A la vista del resultado, la jugada les ha salido desastrosamente mal. Los motivos son diversos. En primer lugar, y principalmente, porque la base sobre la que ERC había construido su apuesta se ha demostrado muy poco sólida. Ni el gobierno ni la figura de Aragonès como president han logrado nunca un apoyo apreciable, fuera de los límites de los votantes (y no todos) republicanos. La media de valoración de la gestión del gobierno no ha superado en estos tres años el 4,5 en una escala de 0 a 10, según el CEO.

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La flamante «Generalitat republicana» ha obtenido una nota similar a la de la Generalitat de Quim Torra, cosa que no dice mucho a favor de la gestión de ERC. En cuanto a la presidencia, Aragonès nunca ha sido un president muy valorado. Ciertamente, sus notas son mejores que las de su directo predecesor, pero nunca ha superado el aprobado. Es más, Aragonès obtiene entre los votantes propios la peor nota de todos los presidentes desde Maragall.

Esto último no es imputable completamente a Aragonès. A pesar de ser investido como president de la Generalitat, nunca ha ostentado el liderazgo interno de su partido, que ha conservado Oriol Junqueras. Este hecho, cuyas señales se podían observar en las encuestas (donde Junqueras era sistemáticamente mucho más valorado que Aragonès entre los votantes republicanos), casaba mal con la estrategia electoral de ERC.

A pesar de ser investido como ‘president’ de la Generalitat, Aragonès nunca ha ostentado el liderazgo interno de su partido, que ha conservado Oriol Junqueras.

Por si esto no fuera suficiente, las encuestas parecen haber tenido un papel determinante en el comportamiento final de una parte significativa de aquellos indecisos del entorno de ERC. La insistencia, a medida que avanzaba la campaña, en que la elección iba de Illa o Puigdemont, posiblemente impidió que una parte acabara optando por la lista de Aragonès, convencidos de la inutilidad de apoyarle.

El claro ganador de la disputa interna del independentismo ha sido Junts y Puigdemont. Si se tienen en cuenta las elecciones celebradas desde 2014, ERC y los exconvergentes han ido adelantándose los unos a los otros, sin acabar de definirse un claro ganador en su pugna. Por un momento pareció, en 2019, que los republicanos conseguían desembarazarse de Junts, pero fue un espejismo. En las europeas de aquel mismo año, Puigdemont conseguía adelantarlos con claridad. Curiosamente, la distancia entre unos y otros en aquellas elecciones es casi idéntica a la que ha habido ahora.

 

Un Junts ‘preprocessista’?

Si el objetivo de ERC en esta convocatoria era aumentar la ventaja que había obtenido en 2021 (mínimo, 35.000 sufragios), su fracaso ha sido rotundo, y el éxito de Junts, clamoroso. Puigdemont les ha vuelto a robar la cartera. Ahora bien, deducir de esto que ha ganado el procés, como si la propuesta restauracionista del expresident fuera efectivamente el retorno del contador a 2017, es equivocarse. La oferta electoral de Junts no era rompedora, no proponía un retorno a la confrontación al límite que dominó la última fase del procés. Al contrario, la apuesta por la restauración solo era el vistoso papel de celofán que envolvía algo más prosaico, menos épico: el retorno (con matices) del viejo planteamiento convergente, según el cual la tarea principal del gobierno de la Generalitat consiste en enfrentarse al gobierno central para conseguir más recursos y más competencias.

La insistencia, a medida que avanzaba la campaña, en que la elección iba de Illa o Puigdemont, posiblemente impidió que una parte acabara optando por la lista de Aragonés.

En estas elecciones, Junts han sido lo bastante listos como para no responder a la apuesta de ERC por la gobernabilidad con una campaña de nostalgia processista. Tácitamente, Junts también ha aceptado el fin del procés y el cansancio de las bases independentistas, así que ha vuelto a sacar del cajón el libreto clásico, planteando la elección en el campo independentista como una disyuntiva entre una Generalitat «cobarde con Madrid» (ERC) o una de reivindicativa. ¿De qué? ¿Del referéndum de autodeterminación o el pacto fiscal? ¡Quia! En la buena tradición convergente, las cosas a reivindicar han quedado en la inciertya niebla de los sobreentendidos.

Para desgracia de ERC (y esto explica también parte de su derrumbe), el PSC sí que ha recogido el guante y ha aprovechado el marco definido por los republicanos en estas elecciones para desplegar una campaña sobre la gobernabilidad («fuerza para gobernar»), que ha acabado arrastrando a una porción de exvotantes de ERC (que posiblemente ya habían votado socialista en las pasadas generales).

El ‘procés’ fue la manera que tuvo el liderazgo convergente de evitar varias crisis concatenadas que amenazaban su continuidad como partido dominante.

De manera que en estas elecciones se han producido varias conversaciones en paralelo. La que enfrentaba a ERC y los socialistas sobre las políticas y el gobierno (con la participación esforzada de los comunes); la que proponía Junts sobre la capacidad de «cabrear» al gobierno central, y la que han desplegado PP y Vox (y un voluntarioso Carrizosa) sobre la necesidad de echar a Sánchez del gobierno por sus «claudicaciones» ante el independentismo.

La pirueta final de estas elecciones que han certificado el entierro del procés es que se ha cumplido el objetivo para el cual se lo hizo nacer: evitar la desaparición de Convergència. En origen, en el lejano otoño de 2012, el procés fue la manera que tuvo el liderazgo convergente de evitar varias crisis concatenadas que amenazaban su continuidad como partido dominante (la respuesta a los recortes y el movimiento del 15-M, la desaparición de su influencia en Madrid, la amenaza de un sorpasso por parte de ERC, la corrupción). Después el procés cobró vida propia y Mas y los suyos se vieron sobrepasados en su infructuoso intento de controlarlo en sus diversas mutaciones. La ironía que ha dejado el 12 de mayo es que Convergència, que hizo nacer el procés, no lo haya matado, pero haya sobrevivido a su entierro en mejor forma que su rival directo, ERC.

 

Cataluña ante el espejo

A raíz de la reforma del Estatut, Jordi Pujol dijo que Cataluña se había mirado al espejo y no se había gustado. La frase, como todas las que pronuncia Pujol, tenía algo de admonición pastoral a la congregación. No os miréis, en el espejo, porque puede devolveros una imagen que no sea la que queráis ver. Cataluña ya sabe cómo es, no necesita mirarse al espejo. En el fondo, la obra de Pujol y sus más de veinte años en el gobierno consistió en la construcción de una imagen ideal del país, preservada de cualquier espejo. Cataluña, como la reina de Blancanieves solo aceptaba que su espejo mágico le respondiera una cosa: que ella es la más bella del reino.

La ironía que ha dejado el 12 de mayo es que Convergència, que hizo nacer el ‘procés’, no lo haya matado, pero haya sobrevivido a su entierro en mejor forma que su rival directo, ERC.

La década del procés se puede entender como un tiempo en el que Cataluña ha seguido reflejándose en aquello que quería ser, o que creía ser, o que seria de no ser por el lastre que le supone el peso muerto de España, viviendo en la fantasía de que las cosas son por el solo hecho de quererlas. Un ejemplo mundial de civilidad, democracia, progreso, europeismo y bondad. Un mito que ha resistido los informes PISA, el estado de la sanidad pública, la caída de la inversión, el estrangulamiento inmobiliario, el colapso del ascensor social.

Enterrar el procés y abrir finalmente una nueva etapa también quiere decir esto: mirarse al espejo de lo que realmente somos como primer paso ineludible para poder cambiarlo, sin que esto signifique ser menos patriota ni quere menos al país. Al contrario.

Este es el reto que deberá enfrentar el nuevo gobierno. Este es el mandato que, por activa o por pasiva, le han dado. El entierro efectivo del procés, el desmontaje del extraordinario andamio que lo ha sostenido, no será sencillo ni fácil ni rápido, pero se tiene que abordar con firmeza si se quiere efectivamente pasar página, si no se quiere continuar viviendo de espaldas al espejo.