La luz se apaga en el Líbano. Los cortes de electricidad, habituales desde el fin de la guerra civil hace treinta años, se han vuelto insostenibles. Los días de mayor suerte el suministro llega a las casas de Beirut o Sidón durante dos horas. Los semáforos no funcionan. Los generadores de gasoil que otrora servían de último recurso para bloques de viviendas, pequeños negocios y hasta hospitales dejan de ser una opción ante la escasez y los precios del petróleo.

Los cortes parecen una irónica analogía de la situación del país: los libaneses viven sumidos en una oscuridad que no cesa, que solo les da pequeñas treguas, y ante la que no encuentran interruptor posible que le ponga fin. La crisis económica que sufre el país desde hace décadas, agravada desde 2019, demuestra que siempre se puede ir a peor. La política no es capaz de dar respuesta a las aspiraciones del ciudadano corriente de disponer de los mimbres necesarios para poder sobrevivir. Con todo, el Líbano aguanta, con una paz social inestable, y caminando por el desfiladero.

 

Un derrumbe económico sin precedentes

La crisis económica y social que vive hoy el Líbano tiene múltiples orígenes. Desde que la firma de los Acuerdos de Taif pusiera fin a la Guerra Civil Libanesa (1975-1990), el país arrastra un conjunto de carencias estructurales que todavía le pasan una gran factura. La tan laureada reconstrucción posbélica liderada por el primer ministro Rafik Hariri en la década de los 90 tuvo algo de pan para hoy y hambre para mañana. El boom del ladrillo en un Beirut semidestruido por quince años de guerra, de la mano de la especulación inmobiliaria y financiera movida por los excedentes de las grandes fortunas del petróleo del Golfo, se demostró tan esperanzador en un primer momento como insostenible en el medio plazo. Aunque permitió recuperar cierta normalidad —especialmente en la capital— cimentó una economía muy dependiente de los flujos exteriores y de sectores volátiles como el de la construcción, dejando al país con una capacidad productiva muy limitada.

En los últimos quince años, inaugurados por la crisis global de 2008 y coronados con la pandemia del coronavirus, la economía libanesa ha ido caminando hacia el abismo paso tras paso. La crisis financiera llevó a la ruina a muchos de los grandes inversores locales y del resto del mundo árabe; los que sobrevivieron, tuvieron que plegar velas, reduciendo inversiones y cancelando proyectos que sostenían el empleo. La guerra de Siria reportó nuevas oleadas de refugiados, añadiendo presión a unas ya sobresaturadas prestaciones sociales como la educación o la salud. El covid primero, y la explosión en el puerto de Beirut después, asestaron duros golpes a una economía con poco margen ya.

El hundimiento actual se materializa en cuatro fenómenos. El primero es la dupla de hiperinflación y depreciación de la lira libanesa. Según el Banco Mundial, los precios aumentaron un 145 % en 2021 después de haberlo hecho ya un 84 % en 2020. La subida de los precios globales de los carburantes y de alimentos, estimulada entre otros por la guerra en Ucrania, lo explica en buena medida. Las dificultades para la importación tras la destrucción parcial del puerto de Beirut en agosto de 2020, en especial de grano, son otra causa subyacente importante. El efecto cascada permea toda su economía, muy dependiente del gasoil para la importación de todo lo que no produce y para generar la electricidad que no crean las centrales que quedaron por reconstruir tras la guerra. Todo ello repercute en la reducción del valor de los sueldos y en un empobrecimiento extremo y repentino de capas sociales enteras.

El segundo fenómeno es la gran carestía de bienes. No solo son más caros, sino que determinados productos son muy difíciles de conseguir. Las enormes colas en gasolineras de todo el país han sido foco de reyertas por la supervivencia en las últimas semanas. Algunos alimentos y muchos tipos de medicina han desaparecido de las estanterías de supermercados y farmacias. Incluso la práctica totalidad de los hospitales están al límite en sus reservas de los medicamentos más básicos.

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Las enormes colas en gasolineras de todo el país han sido foco de reyertas por la supervivencia en las últimas semanas.

La prohibición de la retirada de depósitos de los bancos nacionales es el tercer fenómeno. Si recordamos el corralito en Argentina el año 2001 podremos entender lo que sucede hoy en el Líbano. Ante el miedo de un crac bancario por la retirada masiva de depósitos, y con el beneplácito de un Estado interesado en controlar la inflación, los bancos impusieron este verano una semicongelación de todas las cuentas corrientes, permitiendo a los propietarios retirar tan solo 200 dólares al mes. La angustia social no es solo por no poder acceder a los ahorros propios para hacer frente a los crecientes precios, sino por la depreciación de su valor: en un periodo hiperinflacionario, donde con 30.000 liras hoy puedo comprar muchas más cosas de las que podré comprar mañana, el dinero depositado está perdiendo valor cada día. El temor generalizado es que cuando se permita sacar los ahorros estos ya no valgan nada y se haya perdido todo.

Este fenómeno ha ofrecido en las últimas semanas escenas kafkianas: más allá de las colas y movilizaciones ciudadanas a las puertas de las sucursales, se ha sucedido una ola de «atracos» por parte de ciudadanos anónimos que solo buscaban recuperar su dinero. El más sonado, el protagonizado por la arquitecta beirutí —y ahora heroína nacional— Sali Hafez quien, armada con una pistola de juguete, reclamaba recuperar su dinero para poder pagar el tratamiento de cáncer de su hermana. En el momento de escribir estas líneas, la inseguridad del personal de los bancos ha llevado a las entidades a decretar un cierre indefinido de su actividad hasta que el Estado pueda garantizar su integridad en su puesto de trabajo. El escenario se oscurece todavía más.

Es raro que aquel que tenga los medios para hacerlo no abandone el país.

El cuarto y último elemento es la consecuencia natural de los tres anteriores: el éxodo. Históricamente, el Líbano ha sido un país de diásporas, con comunidades repartidas por todo el globo. Pero la situación actual no tiene parangón. Es raro que aquel que tenga los medios para hacerlo no abandone el país. No es este un camino que se planteen y afecte en exclusiva a los más preparados (el conocido como braindrain). Según el Financial Times, haciéndose eco de diferentes informes de organismos internacionales, un 40 % de los libaneses está hoy planteándose seriamente emigrar.

 

¿Es la política la solución?

Ante esta situación, son muchos los libaneses que fían cualquier solución a un cambio en la élite política del país. Convencidos de que estas son el verdadero problema en el origen del desastre, esperan un deus ex machina en forma de gobierno justo y diligente que acabe con el desmoronamiento económico y social. Pero ¿qué cabe esperar de la política?

El sistema político tradicional libanés es casi lo único que sobrevive inalterado en medio del desastre. Elección tras elección, se demuestra la incapacidad colectiva de superar un sistema de cleptocracia institucionalizada donde los caciques de diferentes afiliaciones sectarias se reparten las prebendas del Estado. La constitución post-Taif —que asigna cuotas de representatividad en las instituciones por sectas, donde el presidente del país ha de ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán suní y el presidente del Parlamento un musulmán chií— y las barreras a la representación de la ley electoral de 2017 son los pilares de un tótem inamovible.

Las últimas elecciones, este pasado mayo, dan buena cuenta de ello. Las votaciones venían marcadas por las masivas movilizaciones sociales que en octubre de 2019 inundaron el país. Entonces miles de ciudadanos se echaron a las calles al grito de «Kellon yaani kellon» (todos significa todos), reclamando la salida de toda la élite política tradicional, sin excepción. Los responsabilizaban del colapso de la administración pública y de los servicios básicos, de los problemas de acceso a los bienes básicos, la corrupción sistémica, la carestía de electricidad y petróleo y de la inflación que ya empezaba a despuntar. Su propuesta, la reformulación del sistema alrededor de candidaturas de líderes civiles sin vínculo con los dirigentes de naturaleza sectaria. Un 11-M u Occupy, versión levantina.

Pero, a la hora de la verdad, las elecciones de este pasado mayo no supusieron ningún punto de ruptura. Prácticamente el 60 % del electorado se quedó en casa —sin desmerecer la importancia de las dificultades que sufre parte de la población por ejercer su derecho como, por ejemplo, tener que desplazarse a su lugar de nacimiento para poder votar. Las candidaturas nacidas de las movilizaciones civiles de 2019 obtuvieron solo 13 de los 128 escaños. Aunque algunos lo consideraron un éxito, lo que es claro es que esos números no permiten pensar en un cambio radical como el planteado por las protestas.

El sistema político tradicional libanés es casi lo único que sobrevive inalterado en medio del desastre.

Se confirma, eso sí, que la política libanesa transcurre por unos derroteros diferentes a lo que vemos en las movilizaciones diarias en las urbes. La distribución de fuerzas entre los bloques consagrados tras el asesinato de Rafik Hariri en 2005 —los herederos de la coalición antisiria del 14 de Marzo y su opositora, la 8 de Marzo— no ha sufrido grandes cambios. El Movimiento Patriótico Libre y la coalición liderada por Hezbollah y Amal han garantizado suficientes escaños como para repetir gobierno y mantener en la oposición a las Fuerzas Libanesas. Mientras que en las calles de la capital la virulencia aumenta entre protestantes y fuerzas de seguridad a las puertas de los bancos, los líderes de los grandes partidos abren telediarios discutiendo sobre si el nuevo gabinete de Najib Mikati ha de tener 20 o 24 ministros.

En definitiva, todo se mantiene casi igual, y los libaneses hacen frente a la dura realidad de que la política no lo puede todo.

 

Eppur si muove

¿Hasta cuándo puede un país seguir destruyéndose? ¿Cuál será el punto de fractura definitiva? Son muchos los analistas internacionales que ante las crisis económica y política aquí descritas sugieren que estamos a las puertas de la voladura de los cimientos de la sociedad libanesa. Contienen el aliento esperando que algo pase, un estallido, una revolución, o cualquier otro acontecimiento rupturista. La frustración social acumulada, pronostican, tendrá que salir por algún sitio.

Muchos analistas sugieren que estamos a las puertas de la voladura de los cimientos de la sociedad libanesa.

Puede ser que eso suceda. Son muchas las sociedades que han implosionado ante situaciones menos dificultosas. Pero quizás no. Primero, porque no se puede descartar que los cimientos del clientelismo del sistema sectario aguanten el envite de una parte de la sociedad superada por la situación. Pero, segundo, todavía más importante, la experiencia también nos enseña que las sociedades se desintegran, se empobrecen económica y socialmente, sin levantar la voz. El que puede huye; el que se queda se habitúa a la miseria. Cuando la luz se va, por desgracia, nuestros ojos se acostumbran y la dejan de echar en falta.