Ningún escritor habrá recibido tantos reconocimientos públicos, premios, títulos y distinciones como el peruano y español Mario Vargas Llosa, en total más de trescientos, incluidos 73 Doctor honoris causa hasta 2022. Al parecer de la revista Foreing Policy figura entre los cien intelectuales más destacados e influyentes. El recuento importa porque honra al personaje y porque los detractores lo acusan de utilizar los reconocimientos con intención espuria.

Vargas Llosa aprovecharía la fama --cualquier cosa que diga o haga tendrá un eco asegurado-- para colocar no la obra literaria --que también--, sino las ideas políticas, en el centro de las cuales sitúa su liberalismo militante, es lo que le reprochan los detractores, sobre todo los del espectro ideológico de la izquierda, pero tampoco faltan los reproches procedentes de la derecha.

Lo cierto es que no esconde su posicionamiento ideológico. Hombre público, de palabra esmerada y a veces acerada, rostro atractivo, envejecimiento patriarcal, ademán tranquilo, revestido de la autoridad que le otorga una prosa hipnótica y fascinante, bendecida con el premio Nobel de Literatura (2010), Vargas Llosa se prodiga en conferencias, celebraciones, entrevistas y coloquios por todo el mundo hispánico y más allá. Y siempre se lo hace venir bien para declararse liberal y ensalzar los principios y valores del liberalismo desde una óptica muy personal.

Lo hace de una manera pedagógica, no exenta de la firmeza del polemista, poniéndose a menudo como ejemplo estimulante de una evolución ideológica que va de «la utopía a la libertad», título de una conferencia suya y tesis repetida en sus libros, incluso a los impregnados de realismo mágico, que también tienen mucho de autobiografía existencial. Una tesis, esta, que contiene dos refinadas trampas intelectuales, una al inicio de la travesía, la (falsa) utopía, la otra a la llegada, la (falsa) libertad.

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