John Maynard Keynes (1883-1946) es el economista más conocido del siglo pasado, una figura cuya fama se extiende mucho más allá de la economía. No puede uno tener pretensiones de originalidad o de erudición al escribir sobre un hombre que ha sido analizado y disecado desde todos los ángulos. Para un economista de mi generación hay un motivo más personal: a muchos de nosotros Keynes nos ha acompañado durante toda nuestra trayectoria, profesional e intelectual, sin que eso suponga que seamos todos keynesianos.

Por encima o por debajo de modelos y teorías, algo de su persona intelectual y moral nos ha servido a menudo de guía. En lo que sigue trataré de averiguar en qué consiste ese legado, el poso que nos ha dejado un hombre de indiscutible talento que fue al mismo tiempo objeto de críticas durísimas, despiadadas a veces. Echemos una ojeada alguna de sus obras más conocidas, y también a algunos de sus escritos, que quizá nos ayuden a encontrar una respuesta.

 

“Las consecuencias económicas de la paz” (1920)

Se trata de la obra que catapultó a Keynes a la fama. Él había participado como asesor del Tesoro británico en las conversaciones de paz que culminaron en el Tratado de Versalles de 1919; dimitió a medio camino, cuando le pareció ver que las reparaciones que los aliados exigían a Alemania obedecían sobre todo al deseo de humillar al vencido. Pensaba que la economía alemana no podría generar recursos suficientes para satisfacerlas, y para sustanciar su afirmación ofrecía estimaciones de las capacidades de producción, ahorro y exportación alemanas. Pensó que codicia e insensatez dejarían una herida que tardaría en sanar. El libro le consagró como un formidable polemista; su espíritu ha estado presente en la redacción de tratados de paz posteriores, y algunos han pensado que el retrato que en él hizo del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, como un personaje ridículo, contribuyó a que éste perdiera las siguientes elecciones.

Los hechos parecen haber confirmado su tesis principal: Alemania quiso tomar su revancha pasados veinte años. Por el contrario, sus predicciones sobre las posibilidades de la economía alemana se revelaron erróneas. En 1946 apareció un trabajo del malogrado economista francés Étienne Mantoux, The Carthaginian Peace, que llevaba como subtítulo “Las consecuencias económicas de Mr. Keynes”; en él desmontaba, punto por punto, los cálculos de Keynes, y concluía que la economía alemana había generado recursos de sobra para pagar las reparaciones, y que los alemanes hicieron un esfuerzo consciente por ocultarlo. Una tesis que concuerda con la de Sebastian Haffner cuando, en su Historia de un alemán, escrita en 1939, éste relata cómo, en 1930-32, el canciller Heinrich Brüning sometió el país a un durísimo programa de austeridad sólo para hacer ver a sus acreedores que Alemania no podía pagar.

El libro de Keynes no pretendió ser un trabajo científico. No fue tampoco la obra de un político, porque hay que recordar que alguno de los políticos protagonistas de las conversaciones de paz era muy consciente de que con el Tratado se trataba precisamente de dejar a Alemania para el arrastre, para que no volviera a las andadas. Lo que subyace a un texto escrito con verdadera pasión es un impulso moral, la exigencia de que todos reciban un trato decente. Es un impulso que informará toda su obra.

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La Gran Depresión y la Teoría General (1936)

Durante el período de entreguerras Keynes fue elaborando las ideas que culminarían en su obra más famosa, si no la más leída: la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. En una quincena de ensayos, recogidos en el volumen Essays in Persuasion (1972), es posible ver cómo, a la vista de los hechos -hiperinflaciones en Europa Central, abandono inevitable del patrón oro, crisis económica- y de sus consecuencias sociales, Keynes va alejándose del esquema de la economía clásica para desarrollar un modelo que pueda dar cabida a caídas duraderas de la demanda y desempleo permanente; que le permita sobre todo renunciar al dogma de los economistas clásicos de que, pase lo que pase, una economía de libre mercado alcanzará de forma natural un equilibrio siempre que el Gobierno no intervenga. “Estamos” –escribe ya en 1930– “en un enorme pantano, habiendo fallado en el control de una delicada maquinaria cuyo funcionamiento no entendemos”.

La Teoría General es el resultado del esfuerzo por entender ese funcionamiento. En ella aparecen términos que hoy son de uso cotidiano: el producto nacional, la demanda agregada, el consumo, el ahorro, el gasto público y, sobre todo, el dinero se presentan por primera vez como actores dotados de vida propia en el escenario de la economía.

No es un libro de lectura fácil, porque parece estar escrito en dos lenguas distintas, una de fácil comprensión, casi ininteligible la segunda. Eso tiene su razón de ser. “Si mis explicaciones son correctas, escribe en el prólogo, “he de empezar por convencer a mis colegas economistas, no al público en general”. Espera, sin embargo, “que sea inteligible para otros”. En realidad, los estudiantes solíamos entender mejor el texto de Keynes que los de los académicos de la época que querían servirle de introducción. Paul Davidson ha escrito que Keynes pensó su obra como el gran polemista que era, como un ensayo de persuasión, pero que no alcanzó a persuadir a los verdaderos destinatarios, sus “colegas economistas”. Esta conclusión sirve de introducción a un aspecto del legado de Keynes que merece párrafo aparte: la relación de Keynes con el mundo académico.

 

Keynes y la academia: la “síntesis neoclásica”

Como escribió Schumpeter en las últimas páginas de su Historia del análisis económico (1952), la Teoría General impuso a todos los economistas académicos la tarea de “averiguar y manifestar cuál era su postura frente a un mensaje que nadie podía ignorar” (p. 1181). Quienes, por su dedicación profesional a las áreas tratadas en la Teoría General, se vieron en la obligación de adoptar una postura con respecto a las tesis keynesianas generaron una enorme literatura, que no abordaremos aquí, como tampoco trataremos de la reacción hacia un nuevo clasicismo surgida años más tarde bajo el nombre genérico de “Escuela de Chicago”. Nos referiremos al destino que sufrió el núcleo de las tesis de Keynes en el mundo académico de EE.UU.

Para Keynes, el modelo clásico era un caso particular de su modelo general de aplicación sólo en circunstancias muy especiales; veinte años más tarde, sin embargo, la ortodoxia dominante mostraba cómo el modelo keynesiano era un caso particular, sólo válido en supuestos muy particulares, del llamado “modelo neoclásico”. En veinte años se habían invertido los términos, y la teoría económica dominante crecía sobre la base de esa “síntesis neoclásica”. Subsistía el esqueleto del modelo, pero el espíritu que lo animaba no era el original: el resultado era una versión ampliada, formalizada, del modelo clásico, porque se basaba en los mismos supuestos cuya validez había negado Keynes en su obra.

En 1992, un economista “Neo-keynesiano” como G. Mankiw, declaraba: “estamos en mucho mejor situación que Keynes para entender cómo funciona la economía”. La Academia, diosa tan exigente como celosa, había fagocitado la obra de alguien que no había querido cultivar en exclusiva su jardín. El desquite llegó en 2008, cuando pudimos ver cómo los modelos de equilibrio general, descendientes de la síntesis neoclásica, no habían sabido prever la crisis financiera.

 

La intuición: “Newton, el hombre”(1946)

En las obras principales de Keynes, la fuerza de los argumentos suele pesar más que los hechos aducidos en su apoyo, los razonamientos más que los números. Lo hemos visto en las Consecuencias; hay otros ejemplos. Uno podría caer en la tentación de pensar que Keynes, un polemista brillante, era incompetente, o por lo menos descuidado, con la evidencia cuantitativa. Sería un error: es cierto que rehuía los modelos matemáticos, o “pseudo-matemáticos” por considerarlos demasiado rígidos (Teoría General, p.297), pero tenía una formación matemática envidiable. La explicación de un tratamiento poco meticuloso de las cifras es quizá otra, más interesante.

Keynes, que era un gran bibliófilo, logró rescatar unos documentos originales de Isaac Newton que un descendiente suyo iba a subastar, y los donó a la biblioteca de Cambridge. Su lectura le descubrió un Newton distinto del de los libros de texto: no el primero de los científicos, sino “el último de los magos, […] la última de las grandes mentes que miraban el mundo, visible e intelectual, con los mismos ojos que quienes empezaron a construir nuestro legado intelectual hace menos de diez mil años”. Un hombre que contemplaba el universo como una adivinanza que había que descifrar, y que, en consecuencia, “formulaba conjeturas tan acertadas, que parecía saber mucho más de lo que era capaz de demostrar”, como decía de él el astrónomo Halley.

Es posible que Keynes reconociera en Isaac Newton esa fuerza de la intuición que, junto con una capacidad de concentración casi sobrehumana, le condujeron a sus grandes descubrimientos, y que él mismo participara en cierto modo de ella. Pero, durante sus años fértiles, Newton estaba completamente absorbido por su trabajo científico; a uno que le preguntaba cómo se le ocurrían las ideas, “pensando siempre en ellas”, le decía. Keynes, en cambio, sentía la necesidad de diseminar las suyas, de participar en los problemas de su tiempo; las cifras le sugerían conjeturas, y se contentaba con el convencimiento íntimo de que sus conjeturas eran acertadas: un proceder poco adecuado para un científico, pero quizá no indigno de un sabio.

Thomas Schelling ha escrito que “los científicos sociales se parecen más a los agentes forestales que a los naturalistas. El naturalista puede interesarse por las causas de extinción de una especie sin que le importe que la especie se haya o no extinguido (…) al agente forestal le preocupa que los bisontes se extingan, y le importa saber cómo mantenerlos en un sano equilibrio con su entorno”. Según esta caracterización, Keynes fue un gran científico social. Para él la ciencia económica no fue nunca un fin en sí mismo, sino un medio de mejorar la condición de sus conciudadanos. La generosidad, el compromiso moral y la curiosidad intelectual son, más allá de sus escritos, su más auténtico legado.