En 1937, Margaret Kennedy (Londres, 1896 – Adderbury, 1967), que había tenido un éxito deslumbrante con su segunda novela, muy admirada por Cabrera Infante, La ninfa constante (1924) —el retrato de una adolescente que se enamora de un amigo de su padre, un compositor que reúne en su personalidad todas las características excéntricas del artista bohemio— se encontró con otros amigos escritores y cada uno se propuso escribir un cuento en el que los protagonistas encarnasen una versión contemporánea de los siete pecados capitales.

El proyecto quedó en nada, seguramente porque debía ser más divertido imaginarlo que ejecutarlo, pero Margaret Kennedy no lo dejó nunca de lado y, poco a poco —entretanto tuvo lugar la Segunda Guerra Mundial y llegó la escasez y el resentimiento de la postguerra—, fue forjando un relato más voluminoso en el que las figuraciones de los siete pecados capitales se reunían en un hotel de Cornualles, que antes había sido una casa particular, dirigido por la desafortunada esposa del señor Siddal, la representación humana de la Pereza y uno de los personajes más impagables que protagonizan La festa (1950): una novela de suspense sobre el pecado y el castigo, que conduce al lector a la parte más profunda y a la vez más superficial de la existencia, tan cautivadora como ligera y oscura, tan divertida como una comedia de enredo y tan malévolamente salvaje que el lector, como si de repente se sintiera atenazado por un temor irracional, a menudo debe detenerse para tomar aliento al encontrar unos análisis psicológicos tan vertiginosos como este, por ejemplo: «No quería a su madre. Ninguna de ellas la quería, ni nunca se les había ocurrido que tuvieran que hacerlo. Ella nunca les había pedido afecto. Pero tampoco la criticaban ni se ponían en su contra. Ella impregnaba y gobernaba sus vidas como un clima adverso, y ellas aceptaban su mandato como si fuese inevitable, evitando la dureza por instinto más que por la razón. Porque ella solo dominaba las existencias exteriores y materiales; sobre sus mentes no tenía influencia alguna. Nunca les había invadido la imaginación ni había intentado inculcarles ideas de ninguna clase. Había sido precisamente la aridez de su carácter lo que las había salvado. De la boca de su madre nunca había salido nada de importancia, y muchos de los personajes de sus libros preferidos les parecían más reales que ella. Pocas veces pensaban en su madre.»

Kennedy se refiere a las hijas de la señora Cove, la personificación de la Avaricia, como Lady Gifford lo es de la Gula.

Margaret Kennedy se refiere a las hijas de la señora Cove, la personificación de la Avaricia, de la misma manera que Lady Gifford lo es de la Gula, Hebe —una niña adoptada—, de la Soberbia, la señorita Ellis, de la Envidia, el canónigo Wraxton, de la Cólera y la escritora Anna Lechene, de la Lujuria. Ellos no son los únicos veraneantes que ocupan las habitaciones del hotel situado en la cala Pendizack, en Cornualles, bajo un acantilado, pero todos se alojan allí con la intención de mantener en secreto su tragedia personal.

 

Prodigio de intriga narrativa

Al modo del primer capítulo de Bajo el volcán, donde Malcolm Lowry se las ingenia para suscitar, a través de dos testigos presenciales, el interés por los avatares vividos justo un año antes por el cónsul que protagoniza la novela y que lo llevaron a la muerte, La festa se abre también con un prólogo que es un prodigio de intriga narrativa: a partir de la conversación entre dos curas que preparan el sermón de un funeral, Margaret Kennedy se encarga de explicar lo que sucedió durante aquella semana de vacaciones de agosto —el acantilado se desmorona y entierra el hotel de la cala—, y da el nombre de una víctima mortal, el responsable de tanta desidia; pero es también lo bastante hábil para dar a entender que hay muchas más y, al mismo tiempo, que hay supervivientes con muchas historias que explicar.

Y entonces, de modo similar al desarrollo de una novela policial, donde en lugar de avanzar en la búsqueda del nombre del asesino se intenta saber quién vivirá y quien morirá, La festa utiliza las cartas, los diarios, los textos llenos de errores gramaticales de unos niños, los monólogos interiores, las animadas conversaciones en unas escenas de vivaz costumbrismo —a veces parece que la escritura de Margaret Kennedy consista en estampas pintadas y a veces parece que se transforme en teatro— para irse construyendo en siete partes, una por cada día de la semana, hasta el momento del fatídico colapso.

La acción se concreta en un solo ámbito, sucede durante un período breve de tiempo, y una serie de personajes se entremezclan guiados por sus ambiciones y sus impulsos.

Y el lector, mientras tanto, no puede dejar de sentirse maravillado ante un despliegue tan bien trabado de todos los mecanismos narrativos al alcance de la autora para conseguir que una galería repleta de personajes tan bien individualizados se muevan y se relacionen como si se necesitaran para existir: se tiene la sensación de que la trama y las subtramas de La festa están en medio de un movimiento perpetuo, como si las cosas de la vida no cesaran nunca y vencieran a sus protagonistas por agotamiento, o como si fuese un laberinto minuciosamente trazado por una perturbada racionalidad constructiva.

El suspense argumental no cesa, pero tampoco descansa ni un solo momento el juego de tensiones que se van creando entre las variedades infinitas de crueldades que se describen, entre los cambios de conducta que ocasionan los intereses particulares de cada cual —insinuantes, corruptores y persuasivos— en cada momento, según la evolución de los acontecimientos o la incansable presencia del mal absoluto. Y quizá Margaret Kennedy debía creer, como Henry James, que el mal es lo que no se puede nombrar, una cosa sin contenido preciso, una fascinación, una irradiación que brota de un punto de las tinieblas y que contagia horriblemente las almas, como si el mal hiciera más sutil y sinuosa la inteligencia de todo el mundo, como si estimulase su perspicacia y permitiera captar las relaciones, las intenciones, los presentimientos y las analogías que hacen más complicada la vida. En La festa, ciertamente, todo el mundo es un artista del disimulo, de la mirada falsa, de la diplomacia perversa.

 

Comedia coral

A pesar de todo, a pesar de que La festa es una novela sobre la ansiedad, la imaginación infernal y la obsesión interminable, es también una comedia coral —el lector se ríe mucho, gracias al tono impasible con que se trata la extravagancia de cada uno—, ejecutada según las leyes dictadas por Shakespeare en el Sueño de una noche de verano —la acción se concreta en un solo ámbito, sucede durante un período breve de tiempo, y una serie de personajes se entremezclan guiados por sus ambiciones y sus impulsos—, donde nada es lo que aparenta ser en principio.

Margaret Kennedy La festa Barcelona: Navona, 2022 448 págs.
Margaret Kennedy La festa. Barcelona: Navona, 2022. 448 págs.

 

Y esto se debe básicamente a que el mal es el agente fundamental de la acción dramática, como si realmente fuese un personaje más, aunque invisible, que pone en marcha el circuito de los sentimientos malévolos de todos los intérpretes de la obra. Y a pesar de todo, y este es uno de los grandes triunfos de Margaret Kennedy, cuando se acaba La festa el lector no puede dejar de creer que la autora ha escrito una de aquellas novelas que tanto gustan a uno de los personajes, uno de esos libros «que tratan sobre buena gente. Y las historias en las que al final todo acaba bien».