Que la adolescencia es una etapa crítica del ciclo vital de los seres humanos no es ninguna novedad. El psicoanalista Erik Erikson ya en la década de 1950 contribuyó a la comprensión del impacto de la experiencia del ciclo vital sobre el desarrollo psicosocial de los individuos. Según él, el ciclo vital se desarrolla en fases, no con un ritmo constante. El ser humano se va adaptando a los retos que se le plantean en cada fase, y, si todo va bien, consigue una relativa calma y seguridad, hasta que un cambio, muchas veces debido a la maduración física (por ejemplo, la pubertad) lo obliga a adaptarse a la nueva situación. Ello da lugar a una serie de crisis de desarrollo, que las personas pueden afrontar de una manera más o menos saludable, en función de cómo hayan podido afrontar los retos de las fases anteriores. Y esto depende en buena medida de cómo cada sociedad se ha constituido para proveer las necesidades de cada fase. Es decir, las fases del ciclo vital son comunes a todos los seres humanos: todos pasamos por un largo periodo de inmadurez y dependencia, dependemos de cómo la generación anterior nos ayuda a llegar a la madurez, hasta que vayamos encontrando nuestro lugar en este mundo y, en el mejor de los casos, somos capaces de lograr una estructura adulta de la personalidad.

La etapa adolescente se caracteriza por el acceso a la maduración sexual en un momento en que todavía no estamos preparados para asumir las responsabilidades adultas. Según Erikson, lo que se juega en la adolescencia es si el chico o la chica llegará a aclararse sobre preguntas existenciales como «¿Quién soy?», y «¿Quién puedo ser?». La psicoanalista de Erikson, Anna Freud, describe muy bien el estado normal adolescente:

«Considero normal que un adolescente se comporte durante un largo periodo de manera incoherente e imprevisible; se oponga a sus impulsos y los acepte; que consiga evitarlos y que se sienta desbordado por ellos; que ame a sus padres y que los odie; que se rebele contra ellos y que dependa de ellos; que se sienta avergonzado de reconocer a su madre ante los otros y que, inesperadamente, desee de todo corazón hablar con ella; que vaya avanzando con la imitación y la identificación con los otros, mientras busca todo el tiempo su identidad; que sea idealista, amante del arte, generoso y desinteresado como nunca lo volverá a ser, pero que sea también lo contrario, egocéntrico, egoísta y calculador. Estas fluctuaciones entre extremos opuestos serían altamente anormales en cualquier otra época de la vida; pero en este momento significan simplemente que hará falta un largo tiempo para que surja la estructura adulta de la personalidad». (Psicoanálisis del desarrollo del niño y del adolescente, Paidós, 1985).

Si esto lo escribía Anna Freud en la década de los 50 del siglo pasado, en nuestro entorno actual tenemos que añadir a las relaciones significativas en esta etapa la omnipresencia de las conexiones vía digital con multitud de influencers que escapan al ámbito de la familia y de los amigos presenciales. Y es en este contexto donde proceden a buscar su identidad los adolescentes que son ya nativos digitales mientras que sus padres son nativos analógicos, inmigrantes en el planeta de los nativos digitales. Como dice la psicoanalista Lola López Mondéjar, la realidad digital se ha convertido en un agente educativo más importante que la familia. Para los hijos, la lengua digital es su lengua materna, y para los padres la lengua digital es una lengua aprendida precariamente en la edad madura. Entre nativos e inmigrantes digitales se instala una brecha generacional que no todos los padres son capaces de salvar aprendiendo la lengua de los nativos para poder comunicarse con ellos (Sexo y temperamento en los nativos digitales: una psicoanalista en el planeta virtual, 2023).

Cómo dice la psicoanalista Lola López Mondéjar, la realidad digital se ha convertido en un agente educativo más importante que la familia.

 

Acceso precoz a la pornografía

Siempre ha existido una brecha generacional entre padres y adolescentes, pero ahora la tecnología digital contribuye a hacerla más grande y hace más difícil la comunicación entre ellos. La psicóloga Jean Twenge, de la Universidad de Chicago, que lleva años estudiando cómo los cambios tecnológicos repercuten en los cambios generacionales, nos dice en su libro Generations (2023) que tenemos motivos para estar preocupados por la salud mental de los jóvenes de la que ella denomina la generación Z (los nacidos en el siglo XXI). La Generación Z se comunica sobre todo vía aplicaciones de las redes sociales. Pasan menos tiempo que el que pasaron sus padres cuando eran adolescentes socializando en grupos presenciales, fuera de casa. Las interacciones en internet no es que sean diferentes a las que se dan en el mundo real, sino que son mucho peores. El uso adictivo de las pantallas y los videojuegos produce una desconexión de la vida social con personas reales. La imagen de los adolescentes aislados en su habitación accediendo precozmente a una pornografía cada vez más violenta no parece la mejor manera de iniciarse en la vida sexual.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

Las interacciones en internet no es que sean diferentes a las que se dan en el mundo real, sino que son mucho peores.

Casi el 30% de las chicas norteamericanas presentan síntomas de depresión clínica, y las tasas de suicidio en la franja de edad adolescente se han triplicado. Nos dice Jean Twenge: «Imaginad que cada año se estrellaran nueve aviones llenos de adolescentes (entre los 10 y los 24 años) sin que quedaran supervivientes. No permitiríamos que continuaran volando esos aviones hasta que averiguáramos qué está pasando».

Y este no es un fenómeno que se dé solo en los Estados Unidos. El suicidio es una de las principales causas de muerte entre los jóvenes a nivel mundial. El año 2021, en España se suicidaron 75 jóvenes entre los 10 y los 19 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística, y esta cifra supone más del 11% del total de las muertes registradas en esta franja de edad, constituyendo la segunda causa externa de muerte después de los accidentes de tráfico.

Este fenómeno ha empeorado a causa de la experiencia de la pandemia de covid-19, como pone de relieve la revisión sistemática realizada por Madigan et al. y publicada en The Lancet en 2023. Los datos corresponden a estudios realizados en Asia, Europa, Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. Se ha observado un aumento en las visitas a los servicios de emergencias relacionadas con intentos de suicidio, autolesiones e ideación suicida en jóvenes, especialmente entre las chicas.

No solo están preocupados los padres y los servicios de urgencias hospitalarias. Los maestros y profesores nos advierten sobre la posible relación entre el uso casi constante de los móviles y el alto porcentaje de alumnos que muestran señales de tristeza, de aislamiento social, dificultades de concentración y desinterés generalizado en el ámbito escolar. Como si la «verdadera vida» estuviera en otro lugar, en el mundo de los chats y las redes sociales. No es de extrañar que los profesores lleguen a sentirse impotentes y a pedir bajas por depresión.

 

Disforia de género

Otro factor que está contribuyendo al malestar de los adolescentes occidentales, y que afecta más a las chicas, es la disforia en relación con la imagen corporal que debuta en la adolescencia, y que se transmite por contagio a través de las redes sociales. Abigail Shrier, en su libro Un daño irreversible (2020), llega a la conclusión que la causa principal de esta llamada «disforia de género de inicio rápido» sería que las adolescentes actuales se sienten más solas e infelices que las de generaciones anteriores, pasan más tiempo mirando pantallas que con sus amistades, y a través de estas pantallas se enfrentan a ideales de belleza imposibles de lograr, y a una hipersexualitzación muy prematura que genera un gran rechazo a una feminidad de la que huyen para refugiarse en el cajón de sastre de las identidades LGTBIQ+.

 

Resultados escondidos por Zuckerberg

Mark Zuckerberg, el rey de Sillicon Valley, encarga continuamente estudios internos sobre el impacto de Instagram en los usuarios más jóvenes pero después solo publica los resultados que le interesan, como cuando el mes de marzo de 2021, en una vista en el Congreso dijo que sus investigaciones demostraban que usar aplicaciones sociales para conectarse con otras personas puede tener ventajas positivas para la salud mental, pero escondió otros resultados de estas investigaciones (que acabaron filtrándose) donde se podía leer en una diapositiva «Empeoran los problemas de imagen corporal para una de cada tres adolescentes» o «El 13% de los adolescentes británicos y el 6% de los americanos que declaraban tener pensamientos suicidas los relacionaban con Instagram».

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Josep Mª Ganyet publicó un artículo muy lúcido sobre este tema, «El espejo roto» (La Vanguardia, 21-9-21) donde decía que los adolescentes que cada mañana, ya desde la cama, miran en su móvil el estado de sus redes sociales –mensajes, likes, comentarios y e-mojis– no hacen más que comprobar cómo es su imagen digital, como los ven los otros. Y ahora saben que uno de cada cinco adolescentes no se gusta, una de cada tres en el caso de las chicas.

Es urgente recuperar el uso de la palabra y los espacios de comunicación presencial, real y humana, y que no nos dejemos colonizar por el transhumanismo, que nos está haciendo desgraciados a todos.

No se trata de demonizar las nuevas tecnologías, que han venido para quedarse y que también pueden usarse para acceder al conocimiento y estar al servicio del desarrollo personal y social. Pero sabemos que también pueden ser muy negativas si el adolescente, perdido en un mundo donde se han debilitado y precarizado las estructuras protectoras del Estado de bienestar, sintiendo que la generación de los padres les deja en herencia un mundo en riesgo de extinción, donde deja de tener sentido reproducirse, se refugia en un mundo apartado de la realidad, se relaciona con los otros a través de las redes sociales virtuales, confundiéndose, empobreciéndose, replegándose y cayendo bajo la influencia de grupos sectarios o extremistas. El papel contenedor de la familia está en crisis.

Además, la evidencia de las grandes desigualdades entre los hijos de familias estructuradas y acomodadas y los hijos de familias desestructuradas y pobres, con madres desbordadas, a menudo deprimidas, y padres violentos o ausentes, es caldo de cultivo para la desesperanza del sector más desfavorecido. Y de la desesperanza no solo surgen la depresión y la ideación suicida, sino el resentimiento y la violencia de los jóvenes que sienten que no tienen futuro, y se apuntan a grupos extremistas de derecha o de izquierda, con ideologías que responden al lema «cuanto peor, mejor». Es urgente que los adultos (padres, enseñantes, profesionales de la salud, responsables políticos) recuperemos el uso de la palabra y los espacios de comunicación presencial, real y humana, el diálogo cara a cara, y no nos dejemos colonizar por el marketing de los avatares del transhumanismo, que nos está haciendo desgraciados a todos.