A mediados de los años 50, Agustí Calvet Gaziel, que vivía en Madrid, donde dirigía una editorial, pidió una copia microfilmada de sus artículos en La Vanguardia de antes de la guerra. Releyó el grueso de su periodismo, hizo una selección y preparó tres antologías: una era de miscelánea, otra recopilaba reflexiones sobre Barcelona y la tercera mostraba la evolución de la política catalana durante una década crítica desde la óptica de un liberal de orden. El primer artículo es de 1922 y el último del 34, después ya no tuvo ánimo para añadir nada más.

Edité esté volumen en 2014 con el título Tot s’ha perdut, frase extraída de uno de los artículos que Gaziel escribió con posterioridad a los Hechos de Octubre. Es una crónica ensayística escrita por uno de los mejores analistas del catalanismo. La selección incluía la famosísima pieza en la que describe la ruptura fallida del 6 de octubre entrelazada con su vivencia de aquellas horas caóticas. En la antología, Gaziel también decidió incluir una pieza de tono similar donde explicaba otros hechos, digamos, subversivos y usaba igualmente la primera persona.

Se trata de «El complot de Perpiñán», originalmente publicado el 12 de noviembre de 1926. El artículo estaba escrito no con dramatismo sino con un tono entre mordaz, irónico y perdonavidas. Haciéndose eco de aquello que, según decía, era generalizado en Cataluña, Gaziel se burlaba del complot independentista liderado por Francesc Macià que la policía francesa había desactivado en tres días encadenando una serie de detenciones (115 personas, 94 catalanes y 21 italianos) a principios de aquel mes de noviembre. El periodista repetía cuatro veces lo que aseguraba que todo el mundo exclamaba en Barcelona. «¡Están locos!».

Con los datos de los que se disponía, la insurrección diseñada por el ex-teniente coronel y ejecutada por Estat Catalá tenía ciertamente algo de delirante: cruzar el Pirineo con dos columnas formadas por unas decenas de voluntarios precariamente armados, llegar a Olot esperando el apoyo de pelotones del interior, atacar los cuarteles para hacerse con el arsenal, proclamar la República Catalana y replegarse hacia las Guilleries aguardando a ver cuál sería la siguiente batalla y qué órdenes daba el Estado Mayor acaudillado por Macià.

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Gaziel, equivocado de medio a medio

Al mismo tiempo, entre sarcasmo y sarcasmo, Gaziel decía que el interés por los hechos había disparado la venta de diarios y que en los quioscos de La Rambla había cola esperando que llegara la prensa francesa. Tal como lo explica, habría que interpretar que esta fascinación obedecía a la dimensión quijotesca de los hechos, como quien observa la conducta de un grupo de locos idealistas con la misma pasión con la que se lee un tabloide sensacionalista. Pero cinco años más tarde, en el primer artículo que escribe tras las elecciones municipales que hicieron caer el régimen monárquico, Gaziel entona un mea culpa. «Yo me acuso, pues, públicamente, de no haber creído nunca ni en Macià ni en sus seguidores, ni en sus procedimientos». El intelectual ilustrado, a quien las clases acomodadas barcelonesas habían reconocido como su periodista de cabecera, proclamaba que se había equivocado de medio a medio porque no había entendido la amplitud de la conexión sentimental entre Macià y buena parte del electorado catalán.

Gaziel había menospreciado la fascinación que los mitos nacionales ejercen en los tiempos de la política de masas.

Digámoslo de otra manera, haciendo categoría de estar por casa: Gaziel había menospreciado la fascinación que los mitos nacionales ejercen en los tiempos de la política de masas. En buena medida, esta dimensión mítica en el imaginario del catalanismo, Macià —«un líder populista y con encanto» (Ucelay dixit)— la había adquirido gracias a los Hechos de Prats de Molló. No importaba que hubiera perdido el pulso sin llegar a plantearlo. Lo que fundaba y volvía operativo el mito era su decisión de extremar el pulso contra el Estado. En la tradición cultural del catalanismo, esta mítica todavía se mantiene operativa. Recientemente, se ha querido vincular a Carles Puigdemont con ella.

La Vil·le Denise

El 14 de diciembre de 2020 el empresario Jaume Aragall —integrante de la candidatura cameral Eines de País impulsada por la Assemblea Nacional— adquirió la Vil·le Denise, la casa donde el 4 de noviembre de 1926 fueron detenidos Macià y al autodenominado Estat Major d’Estat Català. Aragall firmó un convenio para que la pequeña torre se convierta en el Centro de Interpretación de la Resistencia Catalana. Al cabo de una semana, el expresidente Puigdemont fue allí, hizo declaraciones a los periodistas que le esperaban en la puerta y, en el libro de visitas del Centro de Interpretación, escribió estas palabras: «para todos los catalanes, la referencia de Macià y Prats de Molló es la referencia de la lucha del pueblo catalán por su libertad». La casa quiere convertirse en un lugar de memoria de una narrativa histórica nacional. Así es como el mito Macià funciona a modo de espejo para entender el mito Puigdemont.

No debe sorprender que el historiador Agustí Alcoberro decidiera dedicar un volumen de la colección «Dies que han fet Catalunya» a la madrugada en que la policía francesa detuvo a Macià. En esta misma colección, por cierto, Alcoberro escribe el libro sobre el 11 de septiembre de 1714. Él mismo ha explicado que adquirió un conocimiento de las situaciones límite de la política gracias a su presencia en las reuniones de los días clave del procés  —le tocó presidir la ANC después del encarcelamiento de Jordi Sànchez. Un conocimiento que le ha permitido entender mejor los dilemas en los que se hallaban los líderes barceloneses asediados por las tropas borbónicas.

Que Giovanni C. Cattini haya sido escogido para escribir el libro sobre Prats de Molló tampoco sorprende, ya que dedicó una sólida monografía a la conexión italiana de los hechos. Aunque hace lo posible para resistirse a ello, Cattini no puede evitar la tentación de caer en una lectura presentista del episodio que reconstruye. Es imposible no captar reverberaciones del procés en su relato cuando afirma que en 1918 Macià presentó «su hoja de ruta» para la independencia, o cuando proclama que «los hechos de Prats de Molló constituyen un momento capital en la historia del catalanismo, porque nos ayudan a entender lo que hoy se llamaría “ensanchar la base”».

 

Giovanni C. Cattini. L’aixecament de Prats de Molló. Barcelona: Rosa dels Vents, 2021. 302 págs.

 

Gesta frustrada

Dicho esto, en la línea de Macià al país dels soviets de Esculies y Ucelay, L’aixecament de Prats de Molló es un buen libro de historia. Contextualiza los hechos en una lógica europea —las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, el espejo irlandés, París como centro de conspiraciones de antiguos combatientes de la Gran Guerra— y, a la vez, aporta elementos para desmitificar un episodio que los propios actores implicados, aprovechando la épica anticuada y el periodismo de tribunales, ya mitificaron desde el minuto cero con un astuto objetivo de marketing político: obtener reconocimiento interno con el argumento propagandístico de que «el mundo nos miraba» (la licencia ahora me la permito yo) gracias a su gesta (frustrada antes de empezar).

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En la línea de ‘Macià al país dels soviets’ de Esculies y Ucelay, ‘L’aixecament de Prats de Molló’ es un buen libro de historia.

Cattini desmitifica en parte aquel relato porque demuestra con material de archivo que tanto el ministerio de Exteriores español como el del Interior tenían buena información sobre los movimientos de los conjurados (informes de los cónsules, partidas dedicadas a pagar confidentes), y que el embajador mantenía un canal de comunicación tanto con la Dirección General de Seguridad como con las autoridades francesas para abortar cualquier intento de activar el complot. Y eso es lo que sucedió.

Si Macià creyó que contaría con la lealtad de un grupo de antifascistas italianos, seguramente no calibró muy bien qué sacaban aquellos aliados circunstanciales prestando apoyo a una empresa revolucionaria en España. No imaginó que había negociado con un agente provocador pagado por la dictadura fascista italiana, que actuaba siguiendo una estrategia que pretendía provocar alborotos en Francia. Un juego perverso, un espejo roto. Al mismo tiempo, el gobierno de la monarquía española, agradecido a las autoridades francesas, tampoco calibró que la repercusión del caso permitiría a Macià acumular un capital simbólico que, llegado el momento decisivo, él sí, supo poner en juego para negociar políticamente. Cuando Gaziel lo vio finalmente, tuvo que reconocer que se había equivocado.