La gravedad de la actual crisis sistémica ha conducido a una reflexión sobre su impacto en los contextos urbanos, sobre la idoneidad de cada modelo urbano y sobre el rol de la ciudad en la reversión de la crisis. Porque, en el marco global en que nos movemos, se advierte un progresivo deslizamiento de las nuevas propuestas territoriales hacia las escalas menores. En concreto, hacia la ciudad -glocal- como colaboradora necesaria en esa reversión.

Pienso que es importante distinguir entre dos conceptos distintos, tipo y modelo, que suelen confundirse. Sus raíces nos ayudan a esclarecer su ambigüedad: el tipo nos remite al griego týpos, del que deriva «el carácter del…»; mientras que modelo nos remite al modŭlus romano, del que deriva «la manera de…».

El concepto tipo es una referencia abstracta, una idea; mientras que con el modelo identificamos y remarcamos los rasgos de singularidad y diferenciación del tipo, que pueden ser copiados o imitados más o menos fielmente. Para definir el modelo, no solo es importante decidir el qué se hace, que constituye la sustancia del tipo, sino que también son cruciales las circunstancias en que se inscribe, el cómo, el dónde y el cuándo.  Así, Barcelona es una ciudad mediterránea (tipo) pero su modelo urbano difiere del de Venecia, Nápoles o Atenas.  

A lo largo de la historia, podemos comprobar que, cuando han sucedido graves crisis sistémicas, siempre han aparecido oportunamente reacciones disruptivas, revoluciones o renacimientos que, además de solventar la crisis, han sentado las bases para el progreso.

Esta premisa, trasladada al ámbito urbano significa que, ante una crisis como la actual, la cultura territorial y urbana, convenientemente revisada, debe ser capaz de generar los argumentos necesarios para optimizar el modelo urbano. Si no queremos caer en un nihilismo paralizante, convendremos que ahora esa tendencia no se romperá y que también se producirá una reacción disruptiva tal como ha sucedido históricamente.

Ante una crisis sistémica como la actual, la solución pasa por la reestructuración de las ciudades, grandes y pequeñas.

Ante una crisis sistémica como la actual, la solución pasa, aunque no exclusivamente, por la reestructuración de las ciudades, grandes y pequeñas, porque allí es donde la gente vive y trabaja, y allí es donde se producen los bienes y conocimientos para solventarla. El problema es que, seducidos por los nuevos populismos, algunos consideran que la ciudad es el problema y no la solución, y están más ocupados en el desmontaje de lo urbano que en su revisión constructiva, un planteamiento que abona su desinterés por el modelo Barcelona.

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