El humor social español y el europeo están cambiando, y es probable que traigan consigo novedades políticas en los próximos tiempos. El momento es crucial, porque definirá muchos aspectos del futuro de la UE y de España, y exigirá, en el sentido que sea, modificaciones ideológicas y discursivas dentro de los partidos. Pero mientras llega el porvenir, constatemos las transformaciones políticas que ya se han producido.

En primera instancia, y a pesar de la pandemia, parecía que nada iba a cambiar sustancialmente, porque los gobiernos europeos encararon la emergencia sanitaria como un paréntesis, como una pausa angustiada, tras la que se volvería a la normalidad. Cuando se hizo evidente que era preciso un impulso diferente, se consiguieron los fondos para la recuperación, pero fueron diseñados para generar los cambios en los ámbitos digital y ecológico que ya se entendían necesarios años antes; del mismo modo, existía consenso respecto de que se trataba de alivio circunstancial, tras el cual se regresaría a una versión económica ortodoxa.

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La socialdemocracia europea, o lo que queda de ella, estaba plenamente integrada en esa visión. En el caso español fue evidente, porque las grandes líneas ideológicas del PSOE liderado por Pedro Sánchez, formuladas antes de la pandemia, se articulaban a través de conceptos como modernidad, digitalización, transformación verde e igualdad entre hombres y mujeres. La innovación, la tecnología y los avances en lo cultural eran sus apuestas para mejorar el país. En gran medida, más que un plan nacional, se trataba de la integración en un plan europeo, porque buena parte de esas orientaciones eran compartidas y apoyadas desde Bruselas.

Para alcanzar esos objetivos, había que dar un giro a España, todavía anclada en problemas evidentes de articulación territorial, de restos del pasado que pervivían en las instituciones, de mentalidades antiguas que no se atrevían a avanzar hacia el futuro. En esencia, ese era el posicionamiento ideológico socialista, el de un partido que propugnaba cambios en España para adaptarla a los tiempos.

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Todas esas intenciones encontraban en su aplicación concreta una realidad hostil, la nacida de una suma parlamentaria débil, y con las dificultades que habían surgido con el separatismo catalán, con el regreso de un nacionalismo fuerte en la derecha y con una vida política suficientemente crispada como para no encontrar mayorías estables que permitieran desarrollar un programa sin demasiadas fricciones.

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