A medida que Julià de Jòdar (Badalona, 1942) iba publicando L’àngel de la segona mort (1997), El trànsit de les fades (2001) y El metall impur (2005) se insistía siempre en la peculiaridad de que cada pieza formaba parte de una trilogía llamada «L’atzar y les ombres», pero no es sino ahora, reunidos los tres títulos en un solo volumen, cuando el proyecto adquiere su fisonomía original de novela única, y no es sino ahora, por tanto, cuando el lector puede darse cuenta de la colosal ambición literaria que resuena en toda la obra.

Sumergirse en el vendaval narrativo que es L’atzar i les ombres exige una dosis elevada de retentiva y memoria, una obligada constancia lectora y, sobre todo, la osadía de entregarse sin miedo al desconcierto de penetrar en un territorio inaugural regido por unas leyes y unas normas autónomas y desconocidas: al fin y al cabo, en L’atzar i les ombres nada es como parece que es, y la búsqueda de la identidad psicológica, del compromiso político y social, de las pasiones oscuras de la memoria histórica, de la verdad literaria, se convierte en una tarea tan feroz como cazar al vuelo una realidad ausente mediante una escuadra de palabras.

Sumergirse en el vendaval narrativo que es ‘L’atzar y les ombres’ exige una dosis elevada de retentiva y memoria.

Por otro lado, tampoco podía ser de otro modo, pues, en el fondo, lo que Julià de Jòder busca en L’atzar i les ombres es explicar cómo se gesta una ficción y las relaciones que esta establece con la vida, cómo alguien —Gabriel Caballero, el protagonista— descubre que con la palabra escrita no sólo crea una cosa autónoma, sino que gracias a la escritura consigue al mismo tiempo comprender el mundo a través de sí mismo y conocerse a sí mismo a través del mundo.

 

«El eco de un cuerno de mar»
El hecho principal de L’atzar i les ombres, sin duda, es explicar y entender cómo Gabriel Caballero se convierte en un escritor, cómo «el niño que tomó el relevo de la Eulogia» —la vieja del barrio que «empieza a tejer y destejer historias para distraer a los chiquillos» con «una voz honda y lejana como el eco de un cuerno de mar, pero tan próxima cuando llega a cada niño que parece como si fuese únicamente para él para quien se celebra el ritual contra la desmemoria» (es la figuración de la conciencia que custodia el pasado del barrio de Guifré i Cervantes, el espacio principal de la acción, una realidad tan literaria, ficticia e irreal como la Yoknapatawpha de Faulkner o la Región de Juan Benet)—, mucho años después escribe una novela sobre su aprendizaje de la vida y sobre la represión y la miseria de la posguerra para poder decir tal vez, al final de la historia, algo similar a lo que Juan Carlos Onetti hace decir al narrador de Para una tumba sin nombre: «Lo único que cuenta es que al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas.»

Para Gabriel Caballero —para Julià de Jòdar— escribir no es una evasión o un pasatiempo frívolo, sino una operación de magia mediante la cual los fracasos particulares se convierten en victorias.

Una inmolación
Para Gabriel Caballero —para Julià de Jòdar— escribir no es una evasión o un pasatiempo frívolo, sino una manera más intensa de vivir, una operación de magia mediante la cual los fracasos particulares se convierten en victorias, un acto visceral de entrega —una inmolación—, un desnudamiento absoluto del alma, una relectura y una reescritura de su aprendizaje vital y moral: en la primera parte, «L’àngel de la segona mort», situada veinte años después del comienzo de la Guerra Civil, él es todavía un adolescente que empieza a tomar conciencia de cómo la familia, la respiración social del entorno, la represión, la desmemoria y la miseria de la posguerra van forjando su carácter; en «El trànsit de les fades», la segunda parte, durante la Semana Santa de 1957, mientras participa en el ensayo de una obra de teatro, ya es un chico que experimenta las delicias y suplicios inherentes a cualquier educación sentimental y sexual; por último, en «El metall impur, o a la recerca de l’heroi proletari català», se inicia en la peripecias de la vida adulta, deja atrás el barrio, se dirige a la ciudad y entra en el mundo laboral, en la fundición La Farga, durante el año de las riadas del Besós.

Julià de Jòdar se reserva casi siempre la facultad de no aclarar todos los misterios porque así no dejan de serlo nunca.

Un lector ingenuo podría creer que está ante una novela de triple suspense porque en las tres partes juega un papel esencial descubrir quiénes son los culpables de la muerte de Ángel Cucharicas —el amigo de Gabriel Caballero—, qué se oculta tras el suicidio aparente de la Pura Niño, la Lilà —apasionadamente deseada en todo el barrio— y quién se responsabiliza del accidente mortal —si es que se trata de un accidente—, de Marià Castells, un trabajador de La Farga; pero muy pronto comprenderá que Julià de Jòdar se reserva casi siempre la facultad de no aclarar todos los misterios porque así no dejan de serlo, que el crimen, el suicidio y el accidente son unos hábiles recursos de filiación folletinesca que le sirven al autor para trenzar, con una mirada casi antropológica —a veces de una grotesca comicidad—, todo el sinfín de historias y de vidas que se encadenan y configuran los matices sociales y el carácter del barrio, el dibujo de una variada y compleja galería de personajes finamente caracterizados, incluso los secundarios, extravagantes, patéticos, perturbadores, incómodos, dolorosos, dramáticos y conmovedores, cargados de todos de corporeidad física y de vida plena en cada gesto realizado y en cada palabra pronunciada.

 

Enorme destreza técnica
Y es tan elevado el deseo del narrador de dejar constancia de todo lo que sucede y ha sucedido —el ambiente generalizado de sordidez, la presión social y la penuria económica, el hambre y la prostitución, la cotidianeidad fascista aceptada por todo el mundo, ya que el pacto del bienestar obliga a la desmemoria y a prescindir del pasado, las modificaciones que el ambiente triunfal de los vencedores va imponiendo en la fisonomía del barrio al tiempo que se vuelven familiares las nuevas costumbre industriales—, e incluso de lo que sucederá en un próximo futuro, que el lector tiene a menudo la certeza de encontrarse ante una riqueza explosiva: las anécdotas que alimentan el barrio de Guifré i Cervantes o de La Farga se presentan con una ebullición tan elevada de vida imaginativa que todas parecen reclamar una atención máxima, como si ni una sola se conformara con ser solo una comparsa de las líneas argumentales preponderantes.

 

Julià de JòdarL’atzar i les ombres Barcelona: Comanegra, 2022 887 pàgs.
Julià de Jòdar L’atzar i les ombres Barcelona: Comanegra, 2022 887 págs.

 

L’atzar i les ombres es una novela de una enorme destreza técnica —Julià de Jòdar es muy consciente de lo que significa la estructura de una novela, de la capital importancia que tiene la invención de una voz narradora, de unos puntos de vista, de la creación de un tiempo narrativo de la historia que la singularice, del uso de los diferentes niveles de la realidad en la que transcurre la acción, entre el mundo objetivo y el mundo soñado—, una novela sobre la memoria colectiva y sobre la vida y el destino de Gabriel Caballero, una novela que deslumbra mientras describe sin cesar la guerra y la paz y los crímenes y los castigos que se perpetran y se soportan en las borrascas de la historia y de los aprendizajes personales.