La guerra de Ucrania es la expresión más cruda del fenómeno. Se ha hundido el orden mundial de la postguerra fría, dominado por una única superpotencia, y no hay nada que haya venido a sustituirlo salvo el desorden, bajo el disfraz de un falso equilibrio multipolar que reivindican todos los países que puede aprovecharse de ello. No estamos todavía en un mundo bipolar dominado por China y los Estados Unidos, pero avanzamos a grandes pasos en esa dirección, y el interregno es el momento gramsciano de los monstruos. La Rusia de Putin es el más evidente y destructivo, pero por todos lados surge la fuerza de las potencias de tamaño mediano que sacan provecho de un poder más repartido.

El Sur Global, más bien indiferente a la guerra de Ucrania, es la etiqueta que mejor describe un fenómeno que da amplio margen de acción a países como Turquía, India, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Israel o el propio Marruecos, tal como han podido comprobar tanto España como directamente la Unión Europea, y que convierte el atractivo económico y geopolítico de los territorios de África y América Latina más desatendidos por Estados Unidos y Europa en la geografía de una expansiva acción política y económica de Rusia y China.

Avanza una nueva geometría de las relaciones internacionales en el vacío dejado por las antiguas potencias coloniales y por los Estados Unidos, y llenado por el protagonismo insólito de la diplomacia china y de la institucionalidad construida desde Pequín, pero también por las tropas mercenarias del Grupo Wagner promovido desde el Kremlin, con numerosas intervenciones en Oriente Medio y en la África subsahariana, con frecuencia en sustitución o después de la expulsión de tropas de pacificación antiterrorista francesas o europeas, y normalmente vinculadas a la explotación fraudulenta de recursos mineros.

La reanudación de las relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán, bajo los auspicios directos de la diplomacia china, es la última y más perfecta exhibición de este cambio, con el cual el régimen de Xi Jinping ha cerrado una operación de proyección global que contrasta con el fracaso de Washington en la región. A diferencia de los países que conforman lo que Putin llama el Occidente Colectivo, los proyectos económicos e incluso geopolíticos chinos y rusos muestran una indiferencia absoluta a la naturaleza de los regímenes con los que trata, e incluso hay una especial afinidad con los menos respetuosos con los derechos humanos, ajenos a la democracia representativa y propensos al autoritarismo.

Esta nueva diplomacia es meramente transaccional, sin los aleccionamientos ni los paternalismos que suelen adoptar muchos gobernantes occidentales, no lo bastante conscientes de la erosión de su prestigio que todavía se deriva del legado colonialista, vivo en la memoria de los antiguos colonizados, ni de los desperfectos producidos por los últimos veinte años de orden unipolar, cuando los Estados Unidos se convirtieron en ejemplo negativo con la guerra global contra el terror tras el 11-S y sobre todo con sus intervenciones en Afganistán, Irán, Yemen, Libia y Siria. Sólo faltó el caos presidencial de Donald Trump para coronar el disparate que Bush inició y Obama no supo enmendar, pese a sus esfuerzos sobre todo para neutralizar el peligro nuclear que suponía la República Islámica de Irán.

La actual mediación de China entre Arabia Saudita e Irán no se habría producido si antes Trump no hubiera roto el acuerdo nuclear con Irán, precisamente a instancias de Israel y de Arabia Saudita. Ahora Teherán suministra drones a Moscú para bombardear Ucrania y Riad sigue con el petróleo la política de precios que le conviene, favorable a Putin, sin atender las demandas de Joe Biden. Ni siquiera ha disminuido el peligro de proliferación nuclear en la región, e incluso es mayor el peligro de una acción militar israelí contra las instalaciones atómicas de Irán.

El centro del tablero donde se juega esta gran partida geopolítica es ahora Ucrania, pero los movimientos afectan a todo el resto e incluso a las reglas de juego. La posición de la Unión Europea y de las principales instituciones internacionales está clara, aunque a menudo la experiencia la haga poco creíble: hay que volver a un orden regido por el derecho y el multilateralismo, en el que se hagan respetar los tratados y las convenciones internacionales. China quiere preservar y seguir obteniendo réditos de la globalización económica y tecnológica, de la que ha sacado su actual impulso, sin que nadie interfiera en su gobierno dictatorial, en su proyecto anexionista con Taiwán, ni en las inquietantes potencialidades del control autoritario que permitirá su posición de vanguardia en inteligencia artificial, reconocimiento facial y control biotecnológico de los individuos.

Los Estados Unidos quieren evitarlo, estimulados por el temor al liderazgo mundial chino, sobre todo el tecnológico, que hoy en día es también militar. No deja de ser inquietante que el temor a China sea el único sentimiento que une a los estadounidenses, sean republicanos o demócratas, profundamente divididos en todo, incluida la idea de democracia, y en el caso de los más conservadores, más cerca de Putin que de sus conciudadanos progresistas. Los europeos, mientras tanto, sueñan con la autonomía estratégica que nos permitiría mantener un improbable equilibro entre China y Estados Unidos y conseguir además el milagro de la libertad plena de Ucrania y el encaje de Rusia en las estructuras de seguridad europeas, tareas todas ellas, ciertamente, tan difíciles como necesarias.