En la película La noche se mueve (1975), dirigida por Arthur Penn y escrita por Alan Sharp, el detective interpretado por Gene Hackman rechaza una invitación de su mujer, que le ha propuesto que vean juntos Mi noche con Maud (1969), de Eric Rohmer. Su justificación no tiene desperdicio y luego ha sido citada abundantemente: «Una vez vi una película de Rohmer. Era como ver secarse una pared recién pintada». Esta descacharrante alusión a la lentitud y morosidad de cierto cine francés, por supuesto desde el punto de vista de un norteamericano medio, podría hacerse extensiva a la Nouvelle Vague en pleno, desde Jean-Luc Godard a François Truffaut, pero también a la tradición que creó a sus hijos putativos, representados ahora mismo, pongamos por caso, por cineastas como Arnaud Desplechin o Mia Hansen-Love.

Diálogos densos y dilatados, acción prácticamente inexistente, desprecio por las elipsis, largas divagaciones sobre el amor y los sentimientos son características que se han convertido en tópicos y clichés a la hora de hablar de ese tipo de cine. Y que, por supuesto, lejos de reflejar su riqueza y diversidad, lo han caricaturizado y banalizado, lo han reducido a una parodia de sí mismo que no contribuye precisamente a que los nuevos espectadores se acerquen a él.

Lo más curioso de todo es que el cine francés que hoy conoce y consume gran parte del público no tiene nada que ver con esta tradición. La industria fílmica de eso que llamamos «el país vecino» se ha decantado por una opción muy distinta, por mucho que finja inspirarse en la herencia de Rohmer y compañía. Comedietas más bien chuscas, sátiras facilonas, dramas anémicos y esqueléticos, han conformado un estilo neutro, uniforme y homogéneo, que se repite incansable de película en película. Este cine finge reflejar el mundo que nos rodea y el modo en que nos adaptamos a él, cree que nos dice muchas cosas sobre nosotros mismos, pero en realidad es complaciente y conformista, se recrea en los mitos de la nueva sociedad tecnológica no para cuestionarlos, sino para convencernos de que no hay alternativa posible.

Y, sin embargo, la puesta en duda de la tradición no tiene por qué desembocar necesariamente en películas de este tipo. ¿Qué ocurre con las nuevas generaciones de creadores cuya educación cinematográfica se gestó después, ya a partir de los 80, y que hacen un cine igualmente válido aun teniendo otros referentes? El cine americano sigue siendo el punto de partida. Pero si Godard, Truffaut y Rohmer se inspiraron en los artífices del clasicismo hollywoodiense, de Howard Hawks a Nicholas Ray, los más jóvenes disponen ya de otros espejos en los que mirarse.

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Estilo extrañamente híbrido

Todo esto viene a cuenta del estupor y la sorpresa que pueden generar determinadas películas francesas que ya no responden al modelo jocosamente esbozado por Gene Hackman en La noche se mueve, pero tampoco a ese cine blandengue y fofo que tanto abunda ahora en nuestras salas de versión original. Son films irreverentes, a menudo comedias desatadas que tienen más que ver con los hermanos Farrelli o Adam Sandler, con Ben Stiller o Will Ferrell, que con el pasado del cine francés. Resulta evidente que sus artífices se han educado mezclando la tradición de su país con otro tipo de imágenes, más bien espurias y procedentes del acervo popular, y eso da como resultado un estilo extrañamente híbrido, que puede causar desconcierto y estupefacción a más de un cinéfilo, por exigente que sea, o precisamente por serlo.

Si Godard, Truffaut y Rohmer se inspiraron en el clasicismo hollywoodiense, los más jóvenes disponen ya de otros espejos en los que mirarse.

Hace poco, por ejemplo, se estrenó El reflejo de Sybil (2019), dirigida por Justine Triet, en la que una psicoanalista que está entrando en la madurez se ve enfrentada a un mundo que ya no entiende, con los consiguientes equívocos y enredos, una mezcla entre el teatro de bulevar y la screwball comedy que da lugar a situaciones absurdas e incluso grotescas, una característica de este cine que a veces provoca rechazo e incomprensión. El film está protagonizado por Virginie Efira, una actriz que se aleja igualmente de los moldes de la mujer francesa etérea y evanescente, elegante y sutil (según el modelo de la Nouvelle Vague, de Catherine Deneuve a Françoise Fabian) para acercarse a una carnalidad agresiva, incluso a una cierta vulgaridad en la presencia y la gestualidad.

Pero, hablando de vulgaridad, pocas películas podrán parecernos menos refinadas que Borrar el historial (2020), dirigida por Benoît Delepine y Gustave Kervern, una comedia no demasiado sofisticada repleta de personajes chocarreros y más bien desagradables: una divorciada propensa a las borracheras y las aventuras sórdidas, un viudo obsesionado con la voz femenina que le atiende en sus compras telefónicas, una adicta a las series despreciada y maltratada en su trabajo… Se trata, en fin, de unos cuantos marginados del extrarradio de una pequeña ciudad del norte de Francia que unen sus fuerzas para luchar contra los gigantes tecnológicos que dominan Internet. Y lo hacen en el interior de una trama disparatada, que acaba conduciéndolos a los destinos más insospechados, de Los Ángeles a las Islas Mauricio, en medio de una sucesión ininterrumpida de gags crueles y episodios extravagantes.

 

Cartel de la película Borrar el historial dirigida por Benoît Delepine y Gustave Kervern.

Cartel de la película Borrar el historial dirigida por Benoît Delepine y Gustave Kervern.

 

Sátira salvaje

El elenco actoral es una mezcla indiscriminada entre intérpretes pertenecientes al más alto establishment del mundo del espectáculo francés (Denis Podalydès, de la Comédie Française) y otros procedentes del ámbito de los monólogos y la stand up comedy (Blanche Gardin, todo un descubrimiento), mientras que el guión prefiere siempre la explicitud a la alusión, olvida toda sutileza para entregarse en cuerpo y alma a una especie de slapstick feroz, una sátira salvaje del tecnocapitalismo y las redes sociales. La puesta en escena, sin embargo, es de una gran transparencia y exactitud, da a ver ese universo enloquecido con claridad cartesiana, con una rara combinación de complicidad y distancia.

Y si Borrar el historial parece inspirada en esas comedias hollywoodienses que muestran la vida en los suburbs, en esos vecindarios típicamente americanos siempre repletos de familias desestructuradas y adolescentes inadaptados, Mandíbulas (2020), otra película francesa que no parece francesa, se centra en ese mismo ambiente para llevarlo aún más allá, como si se tratara de una obra de Samuel Beckett protagonizada por Les Charlots, aquel grupo de comicastros galos que causaron furor en los 70. En efecto, los protagonistas son dos tipos sin oficio ni beneficio, al cuidado de una mosca gigante que transportan de aquí para allá en el maletero de un coche, y que de repente entran en contacto con un grupo de amigas en vacaciones, con las consiguientes escaramuzas eróticas entre unos y otras.

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Los protagonistas de ‘Mandíbulas’ son dos tipos al cuidado de una mosca gigante que transportan de aquí para allá en el maletero de un coche.

¿Se puede concebir argumento más estúpido? Puede que no. Y, sin embargo, milagrosamente, el tono adoptado por Quentin Dupieux (el director, con una larga trayectoria en este tipo de fábulas absurdas), consigue que el film no solo resulte divertido y mordaz, sino que se convierta en algo así como una inteligente parodia de aquellas comedias veraniegas de la Nouvelle Vague, o incluso de Jean Renoir, repletas de encuentros y desencuentros amorosos ambientados en un entorno campestre.

 

Perdidos y sin referentes

Ma nuit chez Maud, la película de Eric Rohmer citada en La noche se mueve, pertenece a la serie «Seis cuentos morales», que su autor dirigió entre los años 60 y 70 siguiendo siempre la misma estructura: una sucesión de diálogos al final de los cuales uno o varios personajes terminaban aprendiendo algo que al principio ignoraban. No hay nada de eso en Borrar el historial o Mandíbulas, pues el universo moral que retratan es muy distinto. Los tiempos han cambiado y el mundo es otro, un decorado virtual en el que los protagonistas andan perdidos y sin referentes. La tradición de Voltaire y Pascal, tan cara a los cineastas de la Nouvelle Vague, ha sido sustituida por otro tipo de influencias que pueden ir desde Jerry Lewis a Louis C. K., pero no hay que escandalizarse: incluso la gran tradición francesa sabe que la «cultura» es algo cambiante, que experimenta violentas mutaciones, pero que no por ello deja de servirnos siempre de espejo y, tal vez, de consuelo.