De día unas aves fantásticas volaban
en la selva petrificada, y
unos cocodrilos enjoyados centelleaban como
salamandras heráldicas junto
al río cristalino.

 The Crystal World, de J.G Ballard

 

J.G. Ballard inicia de esta forma la ficción especulativa y profética de su novela The Crystal World (El mundo de cristal), publicada en 1966. El paisaje que nos muestra Ballard es un mundo sometido a la cristalización de sus bosques. Son bosques capaces de consumir toda la luz del aire; bosques cristalizados que avanzan implacables sobre una civilización dividida entre los que miran perplejos y horrorizados su avance en la tierra y los que asumen los cambios como un nuevo comienzo. Son bosques encantados donde se llega a ver una suerte de prodigio natural, donde de los «árboles de vidrio que les rodeaban colgaban unos enrejados de musgo vítreo…» y donde «en un prado de sapos de cristal verde, el triciclo de un niño centelleaba como una joya de Fabergé, con las ruedas adornadas con coronas de jaspe».

El paisaje de Ballard anticipa, como él mismo las denomina, «las mitologías que representan los estados finales» y muestra que «las experiencias cruciales en la mitología clásica tienden a situarse en el pasado; todo ha ocurrido ya cuando el mito empieza a desplegarse; mientras que en mis relatos las grandes experiencias críticas se sitúan en el futuro». La obra de Ballard, y en concreto El mundo de cristal, anticipa el mundo que hoy habitamos en la medida en que establece con precisión un nuevo orden psicológico marcado por la ciencia y los avances tecnológicos. Como observa Ballard, «nuestro mundo externo y nuestro entorno habitual están ahora mucho más saturados de material de ficción que el mundo que tenemos dentro de nuestra cabeza».

El bosque cristalizado que avanza hacia las ciudades es el bosque de Birnam que invoca Shakespeare en la tragedia de Macbeth.

El bosque cristalizado que avanza hacia las ciudades es el bosque de Birnam que invoca Shakespeare en la tragedia de Macbeth: «Sé un hombre de corazón de león, orgulloso, y no te preocupes de quien proteste, se agite o conspire. Macbeth no será derrotado hasta que el gran bosque de Birnam suba por la colina de Dunsinane para combatirlo». Este bosque-profecía que derrota a Macbeth es el mismo que se va apoderando del planeta contra los Macbeth-usurpadores del poder de la Tierra. El bosque cristalizado se va extendiendo por la Tierra con rapidez y ya ha tomado Miami y Florida. El bosque se rebela y propone un nuevo orden de vida para los hombres.

 

Paisaje resquebrajado

Nunca como hasta ahora el género de la ciencia ficción había conseguido mostrar el futuro como un lugar en el que ya vivimos. El carácter especulativo y la anticipación de escenarios distópicos de ciencia ficción que tanto nos entretenían en el pasado, ahora nos preocupa y nos inquieta, provocando un desorden psicológico profundo. El mundo de cristal de Ballard, con su fuerte carga poética, nos sitúa ante un paisaje que hasta ahora tenía la forma de una metáfora y que ha acabado tomando la imagen definitiva y nítida de nuestra existencia.

El futuro que habitamos hoy lleva al historiador Philipp Blom a preguntarse lo siguiente, en su ensayo Lo que está en juego: ¿A dónde ha ido el futuro? ¿Quién lo ha destruido y en qué agujero se ha escondido? ¿Mantener el statu quo es lo mejor que podemos esperar? ¿Y podrán existir durante mucho tiempo las sociedades sin esperanzas? Asimismo, el filósofo Edgar Morin advierte en su libro ¿Hacia dónde va el mundo? ¿Hacia el abismo?, que la Tierra se ha convertido en una nave espacial y que «todo progreso corre el riesgo de degradarse y conlleva un doble juego dramático de progresión/regresión». El paisaje que queríamos habitar, entendido como la plasmación de un nuevo paraíso donde no hubiera enfermedades ni existiera el dolor, donde la inmortalidad derrotara al tiempo y donde el placer nos liberase de la ilusión de alcanzar la felicidad, empieza a resquebrajarse.

«Nuestro mundo externo y nuestro entorno habitual están ahora mucho más saturados de material de ficción que el mundo que tenemos dentro de nuestra cabeza.»

De forma instintiva uno mira al cielo buscando respuestas, porque el hombre se sabe condenado aunque no llegue a comprender de qué se le acusa. La condena que se intuye es avanzar hacia el futuro sin resistencia, a la deriva. El futuro es el paisaje del siglo XXI como lo fue el presente durante buena parte del siglo XX. Ballard manifiesta, con la voz del protagonista, el médico Edward Sender: «el bosque iluminado refleja de algún modo un período anterior a nuestras vidas, quizá un recuerdo arcaico que nos acompaña desde el nacimiento de un paraíso ancestral donde la unidad del tiempo y el espacio es la rúbrica de cada hoja y cada flor».

 

La inteligencia vegetal

La rebelión de muchos condenados pretende detener el avance del bosque cristalizado, visto como una liberación y un retorno a un orden primigenio, sin haber sido preparados para afrontar los cambios que están por llegar. Lo que genera rabia y revuelta es que quieren explotar las gemas, los rubíes, las esmeraldas que rodean los árboles y los ríos del mundo de cristal antes de entender los fenómenos que los producen; y no será posible entenderlo solo desde la ciencia, es esencial entender también su carácter sagrado y divino.

Los condenados se inclinan a pensar que los árboles se comunican, como lo manifiesta Peter Wohlleben, autor del libro La vida secreta de los árboles o el botánico e investigador Stefano Mancuso, que defiende la inteligencia vegetal y La nación de las plantas. Son ciudadanos que quieren vivir, por paradójico que sea, en el mundo de cristal, aunque eso suponga sucumbir antes de que la ciencia pueda detenerlo y salvarles la vida. Lo que parece querer decir es que quizá, si llega la cristalización de la Tierra, esta se pueda salvar de la explotación de los seres humanos.