¿Por qué Messi se persigna después de cada gol? ¿Por qué después del atentado que sufrió en septiembre pasado, Cristina Fernández de Kirshner declaró haber sido salvada «por Dios y por la Virgen»? ¿Por qué Lula tuvo que convencer a los brasileños de que él no había hecho un pacto con el diablo para ganar las elecciones –como lo aseguraban los seguidores de su adversario Jair Bolsonaro, mejor conocido como el «elegido de Dios»? ¿Por qué Rosario Murillo asegura que ella y su marido Daniel Ortega gobiernan con el apoyo de «la Fuerza de la Providencia, la Fuerza Divina, la Fuerza de Dios»?

Los enfoques teóricos dominantes en las ciencias sociales han sido incapaces de reconocer la dimensión religiosa de la cultura latinoamericana. Dios está ausente en la voluminosa producción académica que analiza las llamadas «transiciones democráticas». Tampoco es importante en las también abundantes interpretaciones del desarrollo del Estado y de la economía de la región. Hasta los estudios culturales desestiman con frecuencia el peso de la idea de Dios en la vida de los latinoamericanos –como se hace evidente en el libro de Carlos Granés, Delirio Americano: Una historia política y cultural de América Latina (Taurus, 2022). En esta enjundiosa obra, se retrata la cultura de un continente sin Dios, a pesar de que las evidencias muestran su pesada presencia en la vida de la región.

El 75% de los latinoamericanos consultados en un estudio de la Universidad de Vanderbilt manifestaron que la religión era «importante» para ellos (Alejandro Díaz Domínguez y Mitchell Seligson, Barómetro de las Américas, 2013). Otro estudio regional revela que Dios es «muy importante» para un 50% de los latinoamericanos (Pew Research, Religion in Latin America, 2014). Estos porcentajes son más altos en investigaciones realizadas en zonas pobres de la región (Gustavo Morello, Lived Religion in Latin America, 2021).

A pesar de estas y muchas otras evidencias, el grueso de la teoría social asume que, como los europeos, los latinoamericanos operan dentro de un espacio secular separado del espacio sagrado en el que se anidan las ideas de Dios. En Europa Occidental, la premisa de la secularización se sostiene en un hecho histórico real: el desplazamiento del «Dios omnipotente» por el «legislador omnipotente» –como caracteriza Carl Schmitt, el surgimiento del Estado Moderno. En América Latina, esta premisa no tiene la misma validez.

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