Oriol Bartomeus con su nuevo libro El peso del tiempo hace una nueva aportación a un debate informado y razonado sobre los cambios en curso que transforman nuestra realidad social.

Lo hace con el máximo rigor del académico solvente, pero al mismo tiempo con la agudeza del analista que ha aprendido a mirar los datos y más allá de los datos.

Nos proporciona así pistas para interpretar el comportamiento político actual de la ciudadanía y, sobre todo, para vislumbrar el futuro que protagonizará una nueva generación que ahora toma el relevo.

Ofrecemos una cata, convencidos de que suscitará ganas de leerlo.

 

El politólogo e investigador en el ICPS-UAB, Oriol Bartomeus, autor del libro El peso del tiempo. Editorial Debate
Oriol Bartomeus. El peso del tiempo. Relato del relevo generacional en España. Madrid: Debate, 2023. 272 páginas.

 

Desde hace una década vivimos la lenta despedida de la gran generación de la posguerra, la que protagonizó la Transición y que ha ocupado todos los ámbitos de poder (político, económico, cultural y mediático) durante los últimos cuarenta años. Esta generación está siendo sustituida por los hijos y las hijas de la democracia. Es un cambio de personas, pero sobre todo de tiempo, del tiempo impreso en cada uno de nosotros. De valores, jerarquías y ritmos vitales. Es un cambio de experiencias vividas que transforma nuestra conducta y nuestra visión del mundo y de su funcionamiento. Y esto, a su vez, impacta de lleno en la política, en la relación de los individuos con ella y en el papel que desempeña en la vida colectiva. Estamos entrando en un mundo nuevo, que ha dejado atrás la seguridad y la lentitud para abrazar el cambio constante y la aceleración como valores dominantes. Este es el tiempo del yo, un yo impaciente que circula por un escenario fragmentado y en medio de una gran confusión.

 

Ecos de un país muy muy lejano

Las nuevas generaciones españolas mantienen una creciente distancia sentimental del sistema político vigente, algo que se expresa tanto en sus acciones como en sus opiniones, y que explica buena parte de los cambios y transformaciones que hemos vivido en los últimos diez años. Nuestro sistema político es resultado de las circunstancias que definieron la década de los setenta del siglo pasado. En cierto modo, la generación de la posguerra «hizo» la Transición y su larga etapa de vigencia ha permitido «congelar» ese momento inicial, con el que mantiene un lazo sentimental de pertenencia, a veces de añoranza o incluso de traición.

Todo sistema político, basado en un acuerdo y plasmado en algún tipo de documento legal, en nuestro caso (como en tantos otros) una Constitución, genera un marco de estabilidad que responde a las necesidades del momento preciso en que se redacta, esto es, la configuración de intereses de todo tipo y la correlación de fuerzas que en el fondo expresa la definición del sistema. Esta naturaleza sólida choca con la fluidez del devenir histórico, de manera que es necesario que el sistema se pueda ir adaptando a las circunstancias cambiantes de la sociedad. De no ser así, llega un momento en el que la relación entre sistema y sociedad, entre instituciones e individuos, se vuelve difícil, se tensa, como si la sociedad que se mirara en el espejo de su política no se reconociera.

Algo de esto hay en el caso español, precisamente porque las circunstancias tan especiales que confluyeron en el nacimiento del sistema hicieron de este un tipo sólido en especial, es decir, difícilmente reformable. Esto, que en 1978 no pareció muy negativo, se ha ido convirtiendo en un elemento en contra del propio sistema y de su supervivencia, puesto que lo hace especialmente inmutable o, lo que es lo mismo, de difícil adaptación al paso del tiempo y sus cambios. En España no se ha producido un aggiornamento de los parámetros esenciales del sistema político, lo que ha contribuido a que este sea visto como un obstáculo para avanzar, sobre todo, pero no sólo, por aquellas generaciones que no contribuyeron a su creación.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

La falta de ese vínculo sentimental, que tenía sentido cuando se inició el proceso de democratización, pero que ha acabado por ser un lastre a largo plazo, explica que las nuevas generaciones muestren una distancia emocional importante respecto de los elementos que constituyen y han sido parte esencial del sistema político en los últimos cuarenta años, como los partidos dominantes de este periodo (PP y PSOE). El proceso de democratización supuso el establecimiento de un sistema homologable al de los países de nuestro entorno europeo occidental. En el fondo, la Transición es la obra de una generación que pretendía denodadamente hacer de este un Estado «normal» para los estándares de la época. Acabar con la «excepcionalidad española», algo que se consiguió de forma simbólica con el ingreso en la Comunidad Europea en 1985.

Parte fundamental de esta normalidad era terminar con el fantasma de la Guerra Civil, que había perseguido a los miembros de la generación de la posguerra en su infancia y juventud. A pesar de que oficialmente finalizara en 1939, la victoria fue utilizada por el régimen franquista como elemento legitimador, de manera que su evocación fue una constante hasta 1975. La normalización pasaba, a todas luces, por dar carpetazo a esta contienda, y la actuación de la generación nacida y crecida a su sombra buscó, con la instauración del nuevo sistema democrático, ponerle punto final. No supuso tanto, como se dice, una reconciliación entre los que lucharon como un sacudirse la herencia paterna por parte de los hijos e hijas de los combatientes. De ahí que la Transición supusiera la superación por parte de la generación de la posguerra, los jóvenes de los sesenta y setenta, de la anterior.

El resurgimiento de la Guerra Civil es, en cierto modo, una reacción a todo aquello, y está protagonizada precisamente por la generación de los hijos e hijas de quienes hicieron la Transición. La crítica al sistema surgido de esta ha supuesto el replanteamiento de ese elemento fundamental por parte de las nuevas generaciones, que ven en la superación de la guerra un cierre en falso de las heridas históricas españolas. Según ellos, la Transición no habría reconocido bastante a los perdedores de la guerra, sino todo lo contrario, habría pasado de puntillas sobre su sufrimiento, sin proveer una reparación que se considera legítima en cuanto a víctimas.

A esta impugnación del proceso de la Transición desde la izquierda, que considera que la nueva democracia nació con la mancha del menosprecio a los que perdieron la guerra y el pacto con los herederos de la dictadura, se añade más tarde la impugnación desde la derecha al sistema resultante como desviación no querida (y, por tanto, no legítima) de los pactos de la Transición. Una y otra postura son defendidas por miembros de las nuevas generaciones, principalmente la de la propia democracia, que expresan así cierto desapego con respecto a los elementos en los que se ha fundamentado el sistema político vigente en los últimos cuarenta y cinco años.

Esto no presupone que todos los miembros de las nuevas generaciones tengan esta misma opinión crítica sobre la Transición y el sistema que alumbró, ni tampoco que todos los de la generación de la posguerra sean defensores a ultranza del sistema actual. Ni lo uno ni lo otro es del todo cierto. De hecho, una parte considerable de la gente que efectivamente vivió como adulta el periodo de la Transición se siente de alguna forma traicionada o incluso ha desarrollado una visión profundamente crítica sobre lo que pasó entonces y su evolución. Un ejemplo de ello es esa parte del electorado catalán que votaba a Convergència i Unió en los años ochenta y noventa y que, a raíz del proceso independentista, cada vez expresa posiciones más críticas con la Transición y la democracia.

Obviamente, existe pluralidad de posiciones en el interior de cada generación, pero también es cierto que la existencia de ese lazo sentimental que genera la experiencia, el tiempo compartido, provoca que los distintos grupos generacionales reaccionen de manera particular al devenir de los días y a la fatiga de materiales sistémica que este comporta.

Habría que añadir, además, que la distancia emocional de las nuevas generaciones con respecto al momento fundacional del sistema tiene algo que ver con el hecho de que nunca se ha querido adoptar en España una posición de democracia militante desde las instituciones públicas. Es injusto achacarlo todo a este factor, pero algo de ello hay en la capacidad de penetración de visiones críticas, algunas claramente tergiversadas, sobre la postura antifranquista y los años de la Transición. Digamos que el traspaso generacional de los acontecimientos se reservó al ámbito familiar, y han sido sobre todo las familias (las que han querido) quienes han proveído a las nuevas generaciones de la información sobre cómo se gestó el nuevo sistema político. El único producto con cierta voluntad pedagógica fue la serie de TVE La Transición, de sesgo claramente institucional y con una evidente vocación legitimadora.

Años después se ha puesto de manifiesto la dificultad de establecer la enseñanza de los fundamentos del sistema democrático como parte del currículo académico, como demuestra la infructuosa iniciativa del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero con la asignatura de Educación para la ciudadanía, de vida efímera.3 El paso del tiempo ha convertido al propio sistema político en un cuerpo extraño para buena parte de la sociedad, precisamente para aquellos que no estaban cuando aquel se construyó. De este modo, la fatiga de materiales inherente a todo modelo toma en España un claro sesgo generacional.