Joan Esculies ha publicado una espléndida biografía de Josep Tarradellas, bien escrita y perfectamente documentada en una gran variedad de fuentes archivísticas y bibliográficas. Pero, más allá del mérito innegable que parece reconocido por los historiadores, contiene lecciones para cualquiera que se interese por la relación entre las personas y las instituciones políticas. Las instituciones son un artificio invisible sin alguna forma de representación. Por los símbolos las podemos reconocer, pero son las personas quienes las encarnan. Tarradellas lo hizo por la Generalitat con su presidencia. Lo hizo en unas circunstancias extraordinariamente difíciles, sin la sabia vivificadora que dan el arraigo y la renovación periódica que deriva de las elecciones. La capacidad de resistencia, por sí sola, resulta extraordinaria, y si añadimos a ello la restauración de la institución, hemos de reconocer que estamos ante un hecho excepcional y sin precedentes.

La única manera de entenderlo es partir de la biografía de Tarradellas, y la que ha publicado Esculies da una base sólida y amplia que hace accesible el conocimiento de un personaje que se confunde con una parte de la historia de nuestro país. La estructura de la obra lo facilita, porque los catorce capítulos de los que se compone siguen un orden cronológico transparente. Se trata de una opción muy razonable, porque no hay riesgo de que no encajen los grandes acontecimientos y los hitos personales de la vida de Josep Tarradellas.

Comienza con los años de formación personal y política. Aparece el entorno familiar y su empuje profesional, así como lo que podríamos considerar su socialización política en el entorno del CADCI. Un ambiente de catalanismo radical y separatista, donde empezó a publicar en L’intransigent. Pero, como nos destaca Esculies, Tarradellas no se convirtió en un radical marcado por la ideología, sino que muestra en L’intransigent una perspectiva analítica alejada de la exaltación romántica de muchos de sus compañeros.

Esta etapa idealista era, seguramente, inevitable antes de entrar en la política democrática de la autonomía de la República. Pero cuando ya la política era aquello que reconocemos, con sus campañas electorales, luchas partidistas y conspiraciones de palacio o de congreso, Tarradellas destaca por una característica: es un hombre que se gana bien la vida. En consecuencia, gozará durante mucho tiempo de una independencia económica que sostendrá la de su propio criterio. Como explica Esculies, el self-made man se transforma en político.

No destacará inmediatamente; pese a ser elegido diputado en las Cortes, algunos lo llamaban «el diputado mudo». Quizá por falta de adaptación a la política española, el hecho es que la perspectiva política de Tarradellas fue siempre estrictamente catalana. Eso sí, con un perfil diferente del de Prat de la Riba, a quien reprochaba un nacionalismo reaccionario que alejaba a las clases populares del catalanismo. Coincidía, quizá, en la búsqueda de la excelencia de la acción de gobierno, porque Esculies nos muestra a Tarradellas como un autonomista maximalista.

Una monumental correspondencia es una de las bases de la solvencia del texto de Esculies.

Tampoco fue nunca federalista. Cuando durante la Guerra Civil habla de federación, Esculies nos dice que «la melodía era la de una relación bilateral» (pág. 119). Lo hace cuando cubre su etapa como conseller de Economía durante la Guerra Civil y afronta las tensiones que surgieron con el gobierno de la República. En aquellas circunstancias difíciles tiene que empezar a gestionar recursos económicos importantes y, cuando se acerca la derrota, afloran las críticas y malentendidos que después se le dirigirán durante el exilio.

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Admiración a de Gaulle

Y es en el exilio donde Tarradellas da el máximo de su sentido institucional. Ya había dado muestras de ello al intentar convencer a Companys, sin éxito, de que no se precipitase a la insurrección del 6 de octubre de 1934. Sus recursos económicos, puestos al servicio de la política, empezarán a disminuir, y se angustiará mucho luchando por la supervivencia económica. También documentará cada uno de sus pasos con una monumental correspondencia que es una de las bases de la solvencia del texto de Esculies. En todo caso, sobrevive a la Segunda Guerra Mundial, y allí se le despertará una gran admiración hacia el general de Gaulle. Esculies, en su capítulo final, presenta a Tarradellas como un hombre providencial entre Macià y de Gaulle. Le costará mucho llegar a serlo porque, en el camino hacia la presidencia, tuvo que maniobrar entre las distintas facciones, con frecuencia anteponiendo los objetivos políticos a los afectos personales.

Pero el hecho de haber alcanzado la presidencia, desde agosto de 1954, era solo parte de su trayectoria, porque la política, en el interior de Cataluña, no conectaba con la institución que Tarradellas representaba. Las estrategias internas no buscaban la restauración pura y simple del régimen republicano, sino que se planteaban derribar la dictadura para establecer un sistema democrático. Por eso se intentaba superar la división de la Guerra Civil con organismos plurales. Como es sabido, la reivindicación de la Assemblea de Catalunya hacía una referencia genérica al restablecimiento de las instituciones de 1932, sin aludir a la presidencia en el exilio.

El presidente, por su parte, tampoco tuvo nunca una visión simplemente restauradora. Conocía de primera mano el alcance de la Guerra Civil en Cataluña, y sabía que era necesario aglutinar al máximo de partidarios de la recuperación de la democracia y del autogobierno. Pero, al mismo tiempo, desconfiaba de las plataformas unitarias, sobre todo si había en ellas comunistas. Quizá no captó la evolución del PSUC, y probablemente quedó fijado en su memoria el comunismo que había conocido durante la guerra. No le gustaba nada el tipo de patriotismo de partido que había observado en algunos de sus contemporáneos. Su vía preferida de contacto con Cataluña fue otra.

A Tarradellas no le gustaba nada el tipo de patriotismo de partido que había observado en algunos de sus contemporáneos.

Intentó acercarse al interior a través de personalidades como Manuel Ortínez y Jaume Vicens Vives. El primero, con importantes contactos con el mundo económico del franquismo; el segundo, como centro de interés de un proyecto reformista y como gran historiador con una extraordinaria capacidad para explicar los retos en Cataluña de la burguesía que empezaba a rehacerse. Pero Tarradellas desconfió de la recuperación cultural de los años 60. También, quizá, influido por su experiencia en la Generalitat republicana, desconfiaba de los intelectuales que asumían algún tipo de liderazgo político y de cualquier institución o publicación en la que hubiera comunistas.

Pero no consiguió un cierto reconocimiento hasta los años 70, con una relación difícil con Jordi Pujol. Especialmente por su visión de «hacer país». Tarradellas entendía que eso en el fondo era querer enfrentarse al Estado, mientras que él quería, según Esculies, apoderarse del Estado en Cataluña. Esto explica el cuidado con el que más adelante trató a las autoridades estatales. No veía ninguna utilidad en enfrentarse con ellas. Será, sin embargo, en El Correo Catalán, propiedad de Pujol, donde en 1974 se hace la primera referencia a Tarradellas desde 1939.

 

Retorno apoteósico

Gracias a sus contactos con Ortínez, y a las relaciones de este con personalidades del gobierno de Adolfo Suárez, se llegó a un reconocimiento en el que había, según dice Esculies, un intercambio de favores: de hecho, la monarquía reconocía a la Generalitat, y la Generalitat, por su parte, reconocía a la monarquía. Consiguió tejer una buena relación con el rey, y se ganó el respeto de Adolfo Suárez y de las autoridades militares. El retorno del presidente fue apoteósico, y Tarradellas, ya en la plaza de Sant Jaume, cuidó mucho los detalles. Desde hacer referencia a los «ciudadanos de Cataluña», y no a los «catalanes», para intentar ser lo más inclusivo posible, hasta su insistencia en la corrección protocolaria e indumentaria.

Lo que vino después sirvió para marcar un momento óptimo en la política catalana. Con sus errores, Tarradellas tuvo una autoridad moral, forjada en el exilio, y quiso ejercerla por encima de las interpretaciones partidistas o sectarias de lo que es Cataluña. Además, consiguió hacerse valer como un interlocutor sincero y fiable para las autoridades estatales. Es cierto que esto era más fácil porque el presidente no era visto como un rival potencial para las futuras contiendas electorales. Pero, aun así, nadie le habría escuchado con atención si no hubiera sido evidente que tenía cosas sensatas que decir. Algunas veces con imprudencia notable, como creo que mostró en las conversaciones con el general Armada previas al intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Esculies nos explica que Tarradellas pensaba en una «operación de Gaulle» y se encontró con la charlotada de Tejero. Pero es que, en el origen, la operación de Gaulle significó forzar las instituciones con una evidente presión militar, y nada garantizaba que Armada fuese un de Gaulle.

Consiguió tejer una buena relación con el rey, y se ganó el respeto de Adolfo Suárez y de las autoridades militares.

Max Weber, uno de los fundadores de la sociología, dio unas pautas de interpretación de la acción política que todavía parecen vigentes. Lo hizo en 1919, en una conferencia que después fue publicada con el título La política como profesión. Las consideraciones que encontramos allí nos pueden ayudar a poner en perspectiva a Tarradellas después del recorrido por su biografía.

Weber, como es bien sabido, distingue la «ética de la convicción» de la «ética de la responsabilidad». La primera toma como referencia únicamente los principios, y exige que la conducta sea coherente con ellos; la segunda se centra en las consecuencias de la acción. Una y otra no se excluyen, pero la primera puede llevar a dejar de lado cualquier consideración de los resultados del comportamiento. Es válida si cumple los principios. La segunda, en cambio, obliga a prever los posibles resultados de la acción política y, de acuerdo con esto, a optar por la actuación que, buscando lo mejor, minimice el riesgo de los resultados negativos. Ninguna de los dos garantiza que se haga algo que todo el mundo considere positivo, porque hay principios nefastos, propios del fanatismo totalitario, y pragmatismos orientados a políticas reprobables.

 

Tocar la rueda de la Historia

Tarradellas no estuvo nunca obnubilado por la ideología. Lo vemos más en la ética de la responsabilidad, aunque sus actuaciones no respondían siempre a un buen diagnóstico de la realidad interior, al menos en los años precedentes a su retorno. Quizá no captó lo bastante bien la diferencia de apoyo popular que existía entre la Assemblea de Catalunya y la institución de la Generalitat que él encarnaba. Pero, pese a ello, en la biografía de Esculies encontramos las virtudes que Weber considera propias del político profesional: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Estas cualidades, según el sociólogo alemán, son las que caracterizan al tipo de persona que puede tocar la rueda de la Historia. Josep Tarradellas lo fue, y la magnífica biografía de Esculies lo acredita.