Sentada en la butaca de un teatro de ópera, escuchaba hace unos meses las peripecias de Sémele, la hija de Cadmo y Hermione, enamorada de un Júpiter disfrazado de águila, y madre de Baco. Eran trifulcas a las que Georg Friedrich Händel había puesto música. De repente, me vino a la cabeza una pregunta seguramente no muy original, todo sea dicho, pero que da pie a este artículo. ¿Qué sería de la ópera si Ovidio no nos hubiera regalado las Metamorfosis? Pues seguro que sería otra cosa muy diferente, porque ya desde sus inicios, desde que Jacopo Peri compuso y representó en Florencia alrededor del 1600 las que se consideran las primeras óperas de la historia, Eurídice y Dafne, los relatos del poeta latino prácticamente no han parado de alimentar libretos operísticos hasta nuestros días.

Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 a. C. - Tomis, 17 o 18 d. C.), se dedicó desde muy joven a la poesía amatoria con Amores y después con El arte de amar. Escribe Heroidas sobre heroínas y la tragedia Medea, cosa que lo sitúa como el precursor de las historias de mujeres abandonadas tan frecuentes en los argumentos operísticos de todos los tiempos. Pero tratándose de este género, lo que más nos interesa de su producción poética son las Metamorfosis, escritas posiblemente entre los años 2 y 8 d. C., antes de que César Augusto lo enviase a la desembocadura del Danubio, en el Mar Negro, en la que hoy es la ciudad rumana de Constanza y entonces era Tomis, situada en los confines del imperio.

Recopilando relatos mitológicos desde los tiempos de Homero hasta el también latino Virgilio, Ovidio escribe una narración repleta de transformaciones que comienzan con el caos primigenio y acaban en la pax Augusta. En conjunto, quince libros y doce mil versos que contienen cincuenta relatos en los que hay transformaciones de todo tipo, personajes que se convierten en animales o plantas, o en objetos inanimados. Unas veces, los cambios obedecen a un castigo; otras, son una liberación; también pueden constituir disfraces asumidos de buena o mala fe para alcanzar un fin. Y si los personajes son mitológicos, las causas que provocan las metamorfosis son tan humanas como el amor, el odio, los celos, la envidia, la lujuria, el heroísmo y un largo etcétera de vicios y virtudes.

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