Salvo inconcebible terremoto político, que no otra cosa sería que Donald Trump tomara posesión de un segundo mandato sin haberlo ganado en las urnas, al caer la tarde del próximo 20 de enero de 2021 el republicano más poderoso de Washington será un senador casi octogenario que ocupa un escaño en la Cámara Alta representando al estado de Kentucky –minas de carbón, tabaco, bourbon, carreras de caballos y debilidad por las armas de fuego– desde 1985. Mitch McConnell es el líder de mayoría republicana en el Senado y si su partido conserva esa mayoría tras las dos elecciones parciales que se celebrarán en Georgia a primeros de diciembre, será la persona con la que deberá entenderse el presidente Joe Biden si quiere sacar adelante alguna parte de su programa político.

McConnell representa como pocos el extremo partidismo político que se ha abatido sobre Estados Unidos de un tiempo a esta parte y del que Donald Trump es consecuencia y, si se quiere, caricatura, pero no origen. Es posible que bajo el mandato de Trump se haya producido la abducción del venerable e histórico Partido Republicano, la formación que dio al país presidentes como Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt o Ronald Reagan, por parte del disruptivo empresario inmobiliario neoyorquino.

Pero fue McConnell el que hace 10 años, tras las elecciones legislativas del 2010, quien afirmó que su objetivo primordial era que Barack Obama fuera un presidente de un solo mandato. No lo consiguió, pero el obstruccionismo republicano en el Senado que lideró McConnell se convirtió en un auténtico via crucis para el presidente afroamericano. Ya con Trump en la Casa Blanca, McConnell emprendió una auténtica cruzada contra la reforma del sistema sanitario norteamericano conocida como Obamacare y sólo la ruptura de la disciplina de voto por parte del senador McCain –acérrimo enemigo de Trump y ya en la recta final de su vida debido a un cáncer en el cerebro– impidió la abolición de la pieza legislativa más representativa de la Administración Obama.

El líder de la mayoría republicana en el Senado ha sido también el principal responsable legislativo de la ratificación de un número extraordinario de jueces conservadores durante la Administración Trump, incluyendo la cobertura de tres vacantes en el Tribunal Supremo. McConnell, que se opuso con éxito al candidato de Obama para ocupar una vacante en el Supremo argumentando que no podía hacerse al faltar 10 meses para las elecciones presidenciales del 2016, este año ha propiciado en apenas unas semanas la ratificación de una juez ultra conservadora Amy Coney Barrett para reemplazar a la ultra liberal Ruth Bader Ginsburg, fallecida el pasado 18 de septiembre.

Por último pero no menos importante, hay que destacar el decisivo papel desempeñado por McConnell en el proceso de remoción (impeachment) del presidente Trump. A pesar de que uno de los cargos era irrebatible –que el presidente había pedido a su colega de Ucrania que echara basura sobre el exvicepresidente Biden a cambio de ayuda económica y militar–, el veterano senador por Kentucky calificó de acto político todo el procedimiento, consiguiendo que todos sus colegas en la Cámara cerraran filas con el presidente (con una excepción, la de Mitt Romney, candidato presidencial republicano en 2016).

Pero, a diferencia del presidente Trump, McConnell parece saber de qué lado sopla el viento. Tras la pérdida por parte del Partido Republicano del control de la Cámara de Representantes en las elecciones parciales del 2018, McConnell admitió lo obvio, que su partido no podía convertirse en la formación política de los hombres blancos mayores sin estudios superiores. McConnell es partidista hasta la médula, pero no es un antisistema como Trump. No es fácil que el expresidente, ya fuera de la Casa Blanca, consiga mantener el fuego sagrado durante cuatro años y mucho menos que consiga transferir su evidente gancho, más de 73 millones de norteamericanos le han votado, a su hija Ivanka.

En definitiva, los republicanos deben decidir si están dispuestos a aceptar la mano que indudablemente les ofrecerá el nuevo presidente, Joe Biden, con merecida fama de componedor y de hombre de compromiso o si, por el contrario, no le darán ni agua. Las guerras culturales –el control de las armas de fuego, la interrupción del embarazo, la unión entre personas del mismo sexo, el papel de la policía, la discriminación racial, la política migratoria, etc.– están fuertemente enraizadas en la sociedad norteamericana, pero parece evidente que muchos norteamericanos, incluyendo parte de los votantes del Partido Republicano, esperan y desean una cierta descompresión tras la era Trump. Mucho dependerá de la actitud del veterano senador por Kentucky.