Los mismos trajes en tonos añil, tan de moda entre las élites políticas globales en los últimos años. Las mismas corbatas de seda azul que, combinadas con las camisas blancas, recuerdan a la bandera del país. Misma disposición de blasones, atriles de nogal y alfombras en la sala del mural gris de Beit HaNassi.

Cuando el presidente Isaac Herzog extendió a Benjamin Netanyahu la carpeta de terciopelo negra con el escudo oficial de Israel que simboliza el mandato para formar gobierno, en la mente de todos los presentes rondaba la misma sensación de déjà vu. La escenografía y la liturgia asociada a la creación de un nuevo gobierno no deja de repetirse en Jerusalén: en cinco ocasiones el presidente de la República le ha pedido a Bibi Netanyahu que forme gobierno en los últimos tres años y medio. Suman hasta once si contamos las correspondientes a los otros dos periodos en los que fue primer ministro, entre 1996 y 1999 y entre 2009 y 2021.

Pese a que el ciclo electoral dio comienzo en abril del 2019 marcado por el entonces inminente inicio del juicio por corrupción, soborno y abuso de poder del primer ministro, el resultado final es demasiado parecido al punto de partida. La gran fragmentación política por la que hasta 19 partidos se reparten 120 escaños, por un lado, y la polarización ideológica y el filibusterismo parlamentario, por el otro, dan buena cuenta de la repetición de elecciones hasta conseguir los resultados deseados por la derecha israelí. Las alternativas que representaban primero Benny Gantz y luego Yair Lapid y Naftali Bennett tampoco cuajaron.

A veces, da la impresión de que Israel no puede ser gobernada por otro partido que no sea el Likud ni por otro que no sea Bibi. Esta historia tiene muchos responsables.

 

«El día de la marmota», versión hebrea

El ciclo electoral se inicia en medio de un clima de exaltación pública debido a la petición de la policía de enjuiciamiento de Bibi Netanyahu, su esposa y diferentes asesores. Cuatro son las causas abiertas con acusaciones de cobrar mordidas en la compra de submarinos a la alemana ThyssenKrupp; legislar contra los intereses de un medio de comunicación a cambio de trato de favor de un competidor; y de embolsarse más de 300 mil dólares en regalos a cambio de favores fiscales a varios grandes empresarios del país.

Se inicia entonces un ejercicio de gatopardismo. Primero, fracasaran diferentes iniciativas para extender la inmunidad parlamentaria del primer ministro. Luego, entran en juego las elecciones –y sus repeticiones– y el parlamentarismo de boicot.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Las dos primeras elecciones, en abril y en setiembre de 2019, resultan en un panorama muy parecido. En las primeras, el Likud de Netanyahu y el partido Azul y Blanco de Gantz empatan a 35 escaños. El primer round entre el primer ministro y el ex jefe del Estado Mayor acaba en tablas. En sí, este primer resultado es ya interpretado como una victoria para Bibi: en un clima donde el plebiscito se plantea como un referéndum sobre su continuidad, no sólo evita que la oposición lo defenestre, sino que obtiene 5 escaños más que en las elecciones anteriores. Aun así, no consigue los 61 apoyos necesarios para formar gobierno y la Knesset se disuelve. En las segundas elecciones, Azul y Blanco supera por un escaño al Likud (33 a 32) pero ni Gantz ni Netanyahu consiguen formar gobierno. Los otros partidos no parecen dispuestos a facilitar su llegada a la calle Balfour.

Las terceras elecciones en este ciclo del caos tienen lugar en marzo de 2020. Los resultados, muy parecidos. Gantz obtiene de nuevo 33 diputados mientras que Bibi alcanza los 36. La sensación de día de la marmota empieza ya a tomar cuerpo en la sociedad israelí. Al constatar los dos líderes que el electorado no se mueve y que el resto de los partidos sigue sin estar por la labor de facilitarles la investidura, llegan a la conclusión de que la solución pasa por el pacto antinatura, por la große koalition israelí.

Así, en un modelo rotatorio, Netanyahu se mantendría como primer ministro hasta noviembre del 2021 para dar paso luego a Gantz –que, mientras tanto, sería nombrado presidente del Parlamento. El invento, pero, no funciona. Tras medio año, el transfuguismo de algunos diputados de la coalición hace que el gobierno sea incapaz de aprobar presupuestos y tenga que convocar las cuartas elecciones.

Pese a haber perdido el gobierno, el Likud mantiene escaños suficientes para llevar a cabo un ejercicio de bloqueo.

Las votaciones de marzo de 2021 son diferentes a las anteriores. El hastío general lleva a la articulación de nuevas propuestas electorales y a nuevos lideratos. El resultado permite la creación de un gobierno de coalición nacional de ocho partidos alrededor del nuevo primer ministro, el conservador Naftali Bennet, líder de la quinta fuerza política en la Knesset. En el gobierno conviven partidos muy diferentes al de Bennett como son, entre otros, el partido laico y centrista Yesh Atid de Yair Lapid, el propio Azul y Blanco del liberal Gantz o las fuerzas de izquierda del partido laborista y el Meretz. Pero, más importante, la coalición incluye al partido de los árabes israelíes, el Ra’am de Mansour Abbas, que por primera vez en su historia se presta a participar de la formación de gobierno. Todos ellos sólo tienen un proyecto en común: echar a Netanyahu. Y lo consiguen. El problema está, claro, en el día dos del mandato cuando la razón de ser de la alianza ha caducado ya.

Pese a haber perdido el gobierno, es importante entender que el Likud mantiene escaños suficientes para llevar a cabo un ejercicio de bloqueo y filibusterismo parlamentario que trabe cualquier acción de gobierno. Ahí empieza la verdadera batalla por recuperar a toda costa el poder.

 

Acoso y derribo

¿Qué hace el retorno de Bibi posible? ¿Cómo consigue hacer fracasar el gobierno de coalición? ¿Qué tiene Netanyahu, que no caduca?

Tras la derrota, Bibi tiene muy clara una cosa: según sus aliados tradicionales se alejan de él por las acusaciones de corrupción, su único salvavidas es moverse todavía más hacia el extremo. Sabe que perder apoyos en el centro se compensa con ganarlos entre los cada vez más fuertes grupos ultranacionalistas religiosos.

Pone el foco en dos asuntos. El primero, la inclusión del Ra’am en el acuerdo de gobierno. Según Bibi, Benett y el resto de las fuerzas judías han cruzado una línea; no todo valdría para echarlo, y gobernar con el apoyo del partido árabe sería inaceptable, un acto contrario a la esencia del propio Estado de Israel. El lema de la última campaña electoral se explica por sí solo: «Se acabó. Hemos tenido suficiente» frente a una fotografía de Bennett con sus aliados árabes de gobierno. En la práctica, el Likud y las fuerzas a su derecha propician el transfuguismo de diputados conservadores del Yamina al someter a votación en la Knesset propuestas de ley sobre temas en los que los socios de gobierno no podrán estar nunca de acuerdo, como la ampliación de derechos de los colonos en territorios ocupados. El gobierno de unidad nacional tiene cada vez menos apoyos.

El segundo eje de su discurso es la deslegitimación de la Corte Suprema de Israel que le juzga por corrupción. Bibi pretende restar fuelle a las acusaciones que pesan sobre él desprestigiando a los jueces que lo persiguen. Además, una victoria electoral que parta de una campaña contra el poder judicial le permitirá luego actuar contra éste y, quizás, evitar ser condenado. Para ello, encuentra el resorte que activa a los más radicales. Durante años, la Corte ha sido la última garante del respeto de los derechos básicos de la población árabe israelí y de los ciudadanos palestinos en territorio ocupado. Si la Knesset aprobaba una ley que no atendía a esos derechos fundamentales, la Corte era la encargada de echarla atrás.

Los sectores más conservadores y religiosos del país cultivaron durante años un resentimiento profundo ante su acción judicial, entendiendo que no era legítimo que un elenco de magistrados tutelase la acción del parlamento en temas como los derechos de los colonos o los derechos LGTBI.

 

Violencia social en auge

La estrategia de Bibi encuentra buen eco en una parte de la sociedad israelí cada vez más radicalizada. Igual que sucede en muchos otros países –pensemos en Estados Unidos– el electorado más conservador se ha ido moviendo hacia posiciones más extremas. Los niveles de violencia social están en auge. Nuevos grupos extremistas hebreos están tomando forma dando respuesta, según ellos, a un clima social palestino pre-Intifada. La imagen no es tan diferente de la de los grupúsculos organizados que se lanzaron a la toma del Capitolio de los Estados Unidos en enero del año pasado. Ante ello, la gran intuición de superviviente de Bibi le lleva a copiar el libro de estrategia de algunos al otro lado del Atlántico, instrumentalizando este malestar en los sectores más escorados, muy cerca del Make Israel Great Again.

Se crean nuevos grupos extremistas hebreos dando respuesta, según ellos, a un clima social palestino pre-Intifada.

La jugada le sale bien. El gobierno de coalición pierde los apoyos entre sus propias filas y se ve obligado a convocar elecciones el pasado noviembre. El Likud, ahora sí, suma los apoyos parlamentarios necesarios para que Bibi vuelva a gobernar. Los socios no son otros que los partidos radicales aupados por los más escorados que incluyen, por ejemplo, el Poder Judío de Itamar Ben-Gvir (condenado en 2007 por apoyo a un grupo terrorista ultranacionalista) o el sionismo religioso de Bezalel Smotrivch (defensor de separar a las mujeres árabes de las hebreas en los paritorios del país).

 

El más longevo

La fragmentación y la polarización genera que partidos minúsculos radicalizados tengan la llave de la estabilidad de gobiernos. La intuición de Bibi de que ahí estaba la baza ganadora que le permitiría el retorno, junto con la persistencia de no darlo todo por perdido ya que su absolución judicial puede depender de la victoria electoral, están detrás de su regreso.

Se une así a la lista de líderes globales retornados, con nombres como los de Vladimir Putin, Lula da Silva o Silvio Berlusconi. También pasa a ser el primer ministro más longevo de la historia de Israel, con más de quince años de gobierno y superando sobremanera los mandatos de símbolos del imaginario colectivo hebreo –lleva dos años más que David Ben-Gurion, el doble que Yitzhak Rabin o el triple que Golda Meir. Bibi, el ungido, siempre sobrevive.