«Me habría gustado tener todo el ingenio que tenía Brassens escribiendo, la fuerza de Brel cantando, la forma de tocar de Bardagí y la forma de pensar la música de Ricard Miralles.» Estas cuatro figuras han estado en el altar musical de Joan Manuel Serrat. Brassens y Brel representan las aspiraciones, plenamente saciadas, del noi del Poble Sec. Las otras dos son las que han contribuido a hacer realidad sus anhelos musicales. Si en el origen la imagen de Serrat, como la de Raimon, era la de un jovencito con una guitarra, muy pronto hubo un telón de fondo que vestía aquellas melodías originales con unas armonías muy bien construidas que daban cuerpo a unas canciones que todavía ahora emocionan.

El recorrido de Serrat no habría sido el mismo sin la colaboración de unos personajes imprescindibles, sea como arreglistas, directores musicales o acompañantes. Los nombres de Tete Montoliu, Antoni Ros-Marbà, pero sobre todo los de Ricard Miralles, Francesc Burrull, Josep Maria Bardagí, Joan Albert Amargós o Josep Mas Kitflus marcan una época de la música en Cataluña. Por estos trabajos son poco conocidos para el gran público, pero muy reconocidos en su sector.

En estos artistas hay dos particularidades comunes. Todos han hecho estudios de música, unos en el Conservatorio Municipal de Música de Barcelona (antes, Escuela Municipal de Música) o en el del Liceo. En el centro de la calle del Bruc, los de más edad, tuvieron maestros como Joaquín Zamacois, quien, pese a su mal carácter, era muy buen profesor. Otros, en la escuela que entonces estaba en la Rambla, en el edificio de Liceo, aprendieron con Pere Vallribera, una de esas figuras imprescindibles de las que, según dicen algunos músicos, ya no quedan. Otro colaborador de Serrat pasado por el conservatorio fue Juan Carlos Calderón, que había estudiado en el de Santander.

El otro aspecto que comparten todos estos músicos que han trabajado con Serrat es el jazz y, en el caso de los más grandes, salta el nombre de aquella catedral pequeña, oscura, llena de humo y con una bóveda catalana por techo que era el Jamboree, el que existió entre 1960 y 1968.

Salir del conservatorio en los años 60 y dedicarse a la música clásica era, más allá de las preferencias de cada cual, muy difícil (de los nombres citados, Ros-Marbà sería una excepción). El país aún no se había recuperado musicalmente desde la Guerra Civil y daba pocas oportunidades a los músicos jóvenes. El jazz, en cambio, era otra cosa, aunque dinero tampoco es que diera mucho. No obstante, había libertad creativa e interpretativa. Era un mundo moderno y abierto en un país en que el dictador, que moriría en la cama, nos quería sometidos y reprimidos. E incluso presos.

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Todos los arreglistas, directores musicales y acompañantes han pasado por el conservatorio y vienen del mundo del jazz.

También era el momento en que, además del jazz, la música popular salía de las salas de baile y se instalaba en otros lugares ofreciendo un tipo de repertorio distinto y en directo. Además del mencionado Jamboree, en Barcelona nacieron locales como la Cova del Drac creada en 1965 en la calle Tuset, que fue la pila bautismal de la Nova Canço, o la Cucafera, tres años más tarde, sobre la plaza Molina.

En un país que no daba para mucho, aquella fue una época dorada para los arreglistas, una época que tendría continuidad, como lo demuestra el recorrido musical de Serrat. Eran muy buenos músicos y su papel fue muy importante. Hay artistas que, sin su colaboración, seguramente no habrían llegado muy lejos. Ellos arropaban la melodía original pensada por el autor con toda una serie de elementos añadidos (contrapuntos, variaciones rítmicas y armónicas o embellecimientos) y la orquestaban.

 

Arte y oficio

Decía Hector Berlioz, el gran sabio de la orquesta, autor del tratado más reconocido sobre el tema, que no es lo mismo la instrumentación y que la orquestación. La primera es oficio; la segunda, arte. A Serrat no le han faltado los colaboradores capaces de hacer ambas cosas y de hacerlas bien.

El pianista Ricard Miralles (1944) es el músico que más cerca y durante más tiempo ha estado al lado de Serrat, como arreglista y como director musical, en grabaciones y en actuaciones en directo, en dos largas etapas: la primera a partir de 1968 y, después, desde 2002. De él se ha dicho que era el alter ego del cantante, su alma sonora o su cara B.

Lo primero que hicieron juntos fue el sencillo «Per Sant Joan/Marta» en 1968. Después del primer gran reto, un año después, que fue «Dedicado a Antonio Machado», vinieron otros éxitos como «Serrat 4», «En tránsito» o «Cada loco con su tema». A la melodía y los acordes del cantautor, Miralles incorporaba variedad tímbrica, rítmica y armónica. El músico llevaba un grupo en el que también había artistas con una sólida formación clásica, como el guitarrista Gabriel Rosales y Aureli Vila, que incorporaba el violín, la tenora y el saxo. La compenetración entre cantante y arreglista/director musical ha sido siempre total. Fue con Miralles al piano con quien el cantante emprendió la gira Serrat 100 x 100, larga, emocional, intimista y de formato acústico, entre 2005 y 2007, y retomada en 2008.

Hay quien considera, y seguramente no se equivoca, que Francesc Burrull (1934-2021) ha sido una de las piezas más importantes, que ha dejado una huella indiscutible en el pop catalán. Fue determinante en la vida musical catalana de los años 60 y 70. Había creado el Latin Combo, el Latin Quartet y la Big Band de Barcelona. Tuvo un gran papel en la discográfica Edigsa que promocionó la Nova Canço y los Setze Jutges. Empezó a colaborar con Serrat en 1967 con Cançó de matinada. Volvió a hacerlo en 1972 con «Miguel Hernández». También dirigió el grupo que acompañaba al cantante en sus giras por España y América Latina a principios de los años 70.

Por su amplia trayectoria, a Burrull se le considera un antecedente de Joan Albert Amargós (1950), que pertenece a otra generación. Creador de Música Urbana y de otros proyectos, también ha colaborado muy estrechamente con Serrat. Lo hizo acompañando varias giras del cantautor, en el extranjero y en Barcelona, y después, en 2003, fue el director del «Serrat Simfónico» con la OBC; y todavía colaboraría al cabo de siete años en «Hijo de la luz y de la sombra» con el cual Serrat volvía a la poesía de Miguel Hernández.

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De Ricard Miralles, el más cercano a Serrat, se ha dicho que era su alter ego, su alma sonora o su cara B.

De la misma generación de Amargós es Josep Mas Kitflus (1954) que empezó su relación con Serrat a principios de los años 90, pero que en los últimos años ha dado una nueva sonoridad a la obra del cantante, de la cual «Mô» sería un buen ejemplo.

No se puede hablar de los músicos de Serrat sin hacerlo de Josep Maria Bardagí (1950-2001) que siempre estuvo a su lado como arreglista o como guitarrista, desde 1973 con «Per al meu amic» (arreglos de Ros-Marbà) hasta su muerte prematura a causa de un infarto. Serrat le rindió homenaje con la canción Capgròs, el mote con el que el guitarrista era conocido cariñosamente.

Hoy, sin embargo, estas figuras ya no se estilan, han quedado obsoletas, arrinconadas por el productor, sobre todo en el mundo de los cantautores. La industria musical, como todo, ha cambiado. Explicaba Miralles que antes, para preparar una canción, Serrat tocaba la guitarra y cantaba y él tomaba notas en un bloc de papel pautado. Entonces elaboraba las armonías como le habían enseñado en el conservatorio. Escribía para cada instrumento y después el copista lo pasaba a las diferentes particcelas de los músicos. Era una artesanía muy cara, con orquesta, y requería un presupuesto. Hoy es el productor quien imagina cómo vestir una canción y lo hace solo, en el estudio, delante de un ordenador.