Recién salidos de lo que esperamos haya sido lo peor de la covid-19 nos aflige la perspectiva de otra crisis. ¿Podemos confiar en el regreso a la senda de la normalidad en un futuro no muy lejano?

La respuesta sería afirmativa si no fuera porque esta vez nos adentramos en territorio desconocido: por primera vez es el planeta mismo quien emite señales de que la Humanidad ha de cambiar de rumbo. Lo que llamamos «transición energética» nos conduce a un mundo que se parecerá muy poco al que hemos ido construyendo durante los dos últimos siglos. Esa transición será lenta, pero desde ahora limita nuestras posibilidades de acción en el corto plazo.

 

España, 2022-2023

Crecimiento e inflación definen la salud de una economía en el corto plazo. En las últimas semanas hemos logrado salir de la zona de confort por ambos lados: las perspectivas de crecimiento para el bienio 2022-2023 se han reducido a casi la mitad, la inflación se mantiene en un nivel no visto desde hace más de veinte años; todo ello en un contexto de déficit y deuda más elevados de lo que nos gustaría. De todo ello, lo más grave es la expectativa de un menor crecimiento, porque es este el que permite, además de crear empleo, ir eliminando el déficit y reduciendo la deuda.

Por otra parte, no hay razón para que bajen los precios de la energía, y estos se repercuten, a través del transporte, sobre los de la alimentación. Por fortuna, los agentes sociales parecen conformarse con soportar una cierta pérdida de poder adquisitivo, de modo que no hay por el momento indicios de una espiral inflacionaria. Inflación alta, sí, pero decreciente.

¿Puede la lucha contra la inflación, anunciada por los Bancos centrales, desembocar en una recesión? Es posible, aunque no inevitable: si entre el modelo de la tirita, que se arranca de un tirón, y el del aterrizaje suave, la política monetaria sigue el primero, como creo que será el caso, la recesión se vuelve probable.

España dispondrá de dos analgésicos: la compra selectiva de deuda por parte del BCE y la existencia de los fondos europeos Next Generation, que suplirán en parte la imposibilidad de una política fiscal expansiva y la previsible caída de la demanda privada en 2023. ¡Ah!, ambas medidas obligarán al Gobierno a un rigor extremo en su política económica, lo que no nos vendrá mal. La situación económica es difícil, pero creo que manejarla bien no excede de las capacidades del Gobierno.

En el curso del debate del estado de la nación, los pasados 12-14 de julio, el presidente del Gobierno subrayó la necesidad de proteger a los grupos más vulnerables, a la vez que proponía limitar los beneficios calificados de extraordinarios de algunas grandes empresas. Las medidas propuestas constituyen intervenciones excepcionales en el normal funcionamiento del mercado, justificadas por la concurrencia de circunstancias también excepcionales. Pero también pueden ser vistas como precursoras de nuevas formas de corregir la distribución de la renta que resulta del funcionamiento ordinario del mercado, y es perfectamente posible que en los años que vienen esas nuevas formas vayan ganando terreno.

Es muy probable que por efecto de la transición energética aumenten las desigualdades.

Es muy probable que por efecto de la transición energética aumenten las desigualdades, tanto entre países como dentro de cada país, hasta el punto de que surja la necesidad de cambiar las reglas del reparto de ingresos dictadas por el mercado. De ello hablaremos al final de esta nota.

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Cambio climático y transición energética

Las perspectivas del cambio climático (CC) van a condicionar nuestras decisiones en las décadas que vienen. La información sobre esas perspectivas es a menudo objeto de distorsiones interesadas. Lo que sabemos con un grado aceptable de certidumbre cabe en unas pocas frases (una buena referencia en L.M. Krauss, El cambio climático, 2021):

1. Hay evidencia de un aumento de la concentración creciente de anhídrido carbónico (CO2) en la atmósfera desde hace por lo menos un siglo. El efecto de esa concentración es el aumento de la temperatura de la superficie terrestre y de los océanos (el efecto invernadero).

2. Esa concentración creciente se debe en gran parte al uso de combustibles fósiles en la generación eléctrica, el transporte, la industria, la agricultura y la calefacción doméstica.

3. El efecto más directo del aumento de la temperatura es la elevación del nivel del mar. Le sigue la acidificación de los océanos. Otros fenómenos meteorológicos también guardan relación con ese aumento. Todos tienen consecuencias sobre los ecosistemas terrestres y marinos.

4. La dinámica de esos efectos es no lineal, con mecanismos de retroalimentación (feedback) y puntos de no retorno (tipping points).

5. Aunque el calentamiento es un fenómeno de alcance global, la intensidad de sus efectos se prevé mayor en las zonas tropicales y subtropicales, que son en general las que menos CO2 emiten.

Aunque hace por lo menos medio siglo que habíamos sido advertidos del hecho de vivir en un planeta finito (E.F. Schumacher, Lo pequeño es hermoso, 1973 y J. Forrester, The Limits to Growth, 1972), hoy por primera vez nos vemos obligados a aceptar sus consecuencias. Muestra de ello son los programas de transición energética. El Acuerdo de París, firmado por 196 países en 2016 bajo el auspicio de las Naciones Unidas, fijó un objetivo mundial para la reducción de emisiones: cero emisiones netas para el año 2050. Ese objetivo inicial ha sido revisado varias veces, estableciendo hitos intermedios o modificando el objetivo inicial, generalmente a la baja.

Hace por lo menos medio siglo que habíamos sido advertidos del hecho de vivir en un planeta finito.

Estudios más detallados que los iniciales (V.S. Michaux, «Assessment of the Extra Capacity Required of Alternative Energy Electrical Power Systems», en Geological Survey of Finland, 2021. Debo la referencia a Marcel Coderch), indican que es prácticamente imposible que esos objetivos se cumplan, por dos tipos de razones. Razones técnicas en primer lugar: la supresión total del uso de los combustibles fósiles, que hoy suponen más del 80 % del consumo de energía primaria, requiere una expansión de las renovables, imposible de poner en práctica para 2050, y en usos como la fabricación de fertilizantes o de muchos plásticos no hay alternativas a los combustibles fósiles.

Razones políticas en segundo lugar: la transición energética supone una reconstrucción de todo el sistema industrial y la desaparición de la agricultura y la ganadería intensivas, base de la cadena alimentaria de los países ricos. La reciente huelga de los ganaderos holandeses, que no se resignan a «perder el 70 % de sus ingresos» (La Vanguardia, 13-7-2022. El ganadero holandés pasaría de una renta per cápita tres veces superior a la media mundial a una renta entre la de Grecia y la de Turquía) es solo una muestra de las resistencias que habrá que vencer durante la transición energética.

Todo ello lleva a pensar que el proceso de sustitución de los combustibles fósiles, resultante de objetivos de imposible cumplimiento y resistencias invencibles, será lento y lleno de conflicto y confusión. Pero no todo son malos augurios. Por una parte, muchas de las consecuencias indeseables del CC pueden paliarse sin esperar a la descarbonización: los incendios forestales pueden prevenirse con un mejor cuidado de los bosques y un refuerzo de medios materiales y humanos; presas y canales pueden mitigar los efectos de las lluvias torrenciales.

Por otra parte, no hay que subestimar nuestra capacidad de adaptación. En particular, la técnica puede ayudar a que el ajuste entre lo que la naturaleza nos da y lo que le pedimos sea menos traumático: invertir en la construcción de redes eléctricas «inteligentes», mejorar la eficiencia del motor de combustión interna (hoy del 25-45 % frente al 90 % del motor eléctrico), desarrollar tecnologías alternativas para la fabricación de baterías o una nueva generación de centrales nucleares pueden, como se dice, comprarnos un poco de tiempo.

 

Guías del futuro para el presente

El CC no es el único motivo de preocupación. La sobreexplotación de los recursos hídricos y el lento agotamiento de la superficie cultivable coinciden en sugerir que el hombre ha de llegar a una nueva relación con el entorno natural. A esa relación se llegará con un menor uso de energía, el peso de la industria será menor, la agricultura y la ganadería extensivas serán la norma. En promedio, en una economía sostenible seremos más pobres.

Ese promedio ocultará enormes diferencias entre países (recordemos que los efectos del CC no se reparten por igual sobre el planeta) y dentro de cada país (las malas noticias afectan más a los más desfavorecidos). Por consiguiente, alcanzar un reparto tolerable de los costes y beneficios de la transición puede pasar a ser el problema central de nuestras sociedades por mucho tiempo.

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Dos factores se oponen a grandes avances en su solución. El primero es que el CC no parece figurar, ni mucho menos, entre los problemas que la gente considera más urgentes. El segundo es que la unidad que haría falta para acometer un problema global está ausente en un mundo que parece estar virando hacia la confrontación.

Por ello, en lo inmediato habrá que contentarse con medidas locales y de corto alcance, del tenor de las recientemente adoptadas aquí. Esas medidas requerirán menos leyes y una administración más ágil y cercana al ciudadano, con una estricta rendición de cuentas.

El cambio climático no parece figurar entre los problemas que la gente considera más urgentes.

Mirando más lejos, creo indispensable preservar el mercado como medio para llegar a un reparto más equitativo de los frutos de la actividad económica, aunque hay que curar alguna de sus patologías, como la excesiva concentración del poder económico. Considerar que el fin último del mercado no es el enriquecimiento individual, sino el bienestar material de una comunidad puede ser la base de un nuevo contrato social, como lo fue, por lo menos en teoría, en épocas pasadas.

Naturalmente, se trata de cambios muy profundos, porque el mercado actual no es fruto del azar, sino de un entramado de postulados y principios que han informado lo que llamamos modernidad, que sustenta intereses muy poderosos. No hay que esperar, pues, que esos cambios se vean en meses o años. Tampoco hay otros medios de impulsarlos que el debate y, sobre todo, el ejemplo. La alternativa existe, desde luego, y la inteligencia artificial la hace mucho más realista: el lector la encontrará en el 1984 de Orwell.