La primera edición del Tractatus Logico Philosophicus de Ludwig Wittgenstein apareció en el último volumen de la revista Annalen der Naturphilosophie en 1921. En 1918, meses después de su liberación de un campo de prisioneros de guerra en Italia, Wittgenstein había dado por terminado el texto.

El Tractatus ha sido presa fácil de múltiples intentos de asimilación por parte de tradiciones filosóficas y culturales muy diferentes. Por un lado, el positivismo lógico convirtió el libro en uno de sus textos fundamentales para justificar el rechazo a la metafísica tradicional. Esta lectura no hacía justicia al argumento central del libro: la diferencia entre lo que puede decirse con sentido y lo que se puede mostrar.

Por otro lado, su supuesto carácter enigmático y, sobre todo, la abrupta transición entre su cuerpo argumental y las últimas afirmaciones sobre el ámbito de lo que no es expresable han estimulado lecturas excéntricas y forzadas que no hacen justicia a un texto de esmerada estructura arquitectónica y que ofrece un argumento riguroso sobre las condiciones de posibilidad del lenguaje y la lógica. El Tractatus no es un libro místico, aunque algunas de sus afirmaciones puedan ser descritas como «místicas». Lo que es fascinante, en cualquier caso, es el modo en que Wittgenstein supuso que toda una concepción nada intuitiva de la realidad se derivaba inexorablemente de lo que él llamó el «rigor de la necesidad lógica».

El argumento central se basa en una intuición básica que Wittgenstein no abandonó nunca, ni siquiera cuando rechazó, años más tarde, la concepción del lenguaje que se defiende en el libro: si el lenguaje describe el mundo, la manera en la que nuestro lenguaje describe el mundo no puede ser descrita. Si fuese posible una descripción semejante, sería posible describir maneras diferentes con las que el lenguaje puede representar el mundo: y ¿en qué lenguaje podríamos lograr semejante tipo de descripción? El contenido de ciertas convenciones superficiales del lenguaje solo puede ser descrito si presuponemos el lenguaje. Que nuestras palabras tengan el significado que tienen no es algo que pueda ser descrito. Es algo que muestra la aplicación del lenguaje.

 

Hablar falsamente

El punto de partida del argumento es el principio de determinación del sentido. ¿Cómo es que podemos hablar falsamente? Si lo que digo no es verdad, ¿qué es lo que determina que haya dicho una cosa y no otra? Lo que determina el sentido no puede ser el hecho que habría determinado la verdad de lo que he dicho, porque, si lo que digo es falso, ese hecho no existe. No podemos resolver esta cuestión si decimos que una proposición designa aquello que la hace verdadera. Si yo digo que hoy llueve en Barcelona, lo que hace verdadera mi afirmación es el hecho de que hoy llueve en Barcelona. Pero mi afirmación no designa, o nombra, este hecho. Un nombre necesita tener un referente para poder designar. Si yo empleo un nombre y el nombre no tiene referente, entonces no hay una relación de designación: no hay nada que yo haya designado. No he nombrado falsamente. De hecho, no hay nada que sea nombrar falsamente.

El hecho de que los nombres ordinarios identifiquen unas cosas determinadas depende de otros hechos contingentes. Es un hecho contingente que existen las cosas que designamos con los nombres ordinarios: gatos, mesas, moléculas, montañas… Estas cosas son entidades complejas, y son cosas que podrían no haber existido. La idea es que tiene que haber objetos de otro tipo. Si no los hubiera, la existencia de cualquier cosa que podamos designar dependería de hechos contingentes y habríamos de concluir que el sentido de cualquier proposición depende de la verdad de otra. Esto va en contra del principio de determinación del sentido. La verdad o falsedad de lo que decimos puede depender de hechos contingentes, pero no el sentido. Tiene que haber expresiones identificadoras, nombre genuinos, cuya referencia no dependa de la verdad de ninguna descripción del mundo, de ningún hecho.

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La necesidad lógica es posible porque el significado está determinado, y el significado solo puede estar determinado si hay entidades absolutamente simples, entidades que solo pueden ser nombradas, no descritas: la existencia de estas cosas no puede depender de la verdad de ninguna descripción. La forma más elemental de proposición es una combinación de nombres, cada uno de los cuales designa un objeto simple. El hecho de que en la proposición los nombres estén combinados de determinada manera representa un estado de cosas posible, que, si es un hecho, hace la proposición verdadera. Las proposiciones son hechos: hechos pictóricos. La estructura del estado de cosas representado se ha de corresponder con la manera en que se articulan los nombres en la proposición.

 

Objetos absolutamente simples

Una vez que se acepta la existencia de objetos simples, resulta fácil ver por qué es necesaria también la existencia de proposiciones elementales, que serían combinaciones de nombres independientes de cualquier otra proposición elemental. Esto implica una especie de realismo radical: si hay significado, hay nombres genuinos cuya referencia no depende de ningún hecho. Pero entonces hay objetos simples: entidades referidas por los nombres genuinos, cuya existencia es necesaria. Esta es realmente una conclusión extraordinaria, y no resulta extraño que Wittgenstein no pudiera dar ningún ejemplo de este tipo de objetos absolutamente simples.

Hay, pues, dos supuestos fundamentales del libro que, según Wittgenstein, se seguían del principio de que el sentido de nuestras palabras debe estar determinado independientemente de su verdad. Uno es el supuesto, que el autor no abandonó nunca, de que los aspectos más profundos de las reglas del lenguaje, de la gramática, no pueden ser descritos. Para describirlos, tendríamos que emplear el lenguaje sin sentido. El otro es un principio que fue rechazado en su producción posterior: el realismo radical, la idea de que el ámbito de lo que es posible está determinado por el mundo, por la existencia necesaria de cierto tipo de entidades.

Las afirmaciones del Tractatus nos obligan a ver con claridad ciertos fenómenos que se muestran en el lenguaje, pero que pueden pasar desapercibidos.

Esto impone unos límites inviolables a lo que puede ser descrito con sentido, y también unas restricciones extraordinarias a lo que puede ser considerado como el conjunto de los hechos. No hay hechos necesarios, hay objetos cuya existencia es necesaria y los hechos del mundo son ciertas combinaciones contingentes de objetos. De modo correspondiente, no hay proposiciones necesarias: las proposiciones de la lógica no son verdaderas proposiciones, no representan que algo es el caso. Y paradójicamente, esto se aplica también a las proposiciones mismas del Tractatus.

Mis proposiciones son iluminadoras cuando aquel que me entiende las reconoce, al final, como sinsentidos, cuando, gracias a ellas —encaramándose— ha trepado por encima de ellas. (Por decirlo así, tiene que tirar la escalera después de haber trepado). (6.54).

No es fácil entender que un libro proponga que sus propias afirmaciones no tienen sentido. Aunque las proposiciones del Tractatus no sean, según el propio libro, genuinas proposiciones, esto no quiere decir que no consigan comunicar algo importante sobre la relación entre el lenguaje y la realidad. Son un uso particular del lenguaje que tiene el efecto de hacernos reparar en cosas que se muestran en su uso ordinario. No son sinsentidos como, por ejemplo, «el número 3 es azul» o «la belleza tiene tres patas». Las afirmaciones del Tractatus son afirmaciones que, a fin de cuentas, tienen un uso dialéctico y terapéutico. Nos obligan a ver con claridad ciertos fenómenos que se muestran en el lenguaje, pero que pueden pasar desapercibidos.

 

Los conceptos morales

Esto es importante para entender las últimas secciones del libro. Por ejemplo, en 6.42 se afirma que no pueden existir proposiciones éticas. Lo que una proposición representa es solo que las cosas son así y así: y que las cosas sean como son no puede tener ningún valor. Para apreciar toda la fuerza de lo que Wittgenstein está diciendo, hay que recordar que el argumento anterior del libro no le permite aceptar que un marco de reacciones contingentes pueda determinar el contenido de los conceptos morales. Eso sería posible desde la concepción del lenguaje que defendió años más tarde, pero, según el argumento central del libro, el significado de una verdadera proposición no puede depender de hechos contingentes —como lo son, por ejemplo, las reacciones valorativas de los seres humanos.

El mundo del hombre feliz es diferente del mundo del hombre infeliz. Esta diferencia no puede ser descrita por el lenguaje, aunque puede ser mostrada.

En el Tractatus, la solución fue la de situar los valores fuera del mundo, pero sin eliminarlos completamente. La ética es trascendental y el sentido del mundo hay que encontrarlo fuera del mundo. El significado del mundo, el significado profundo de los hechos queda alterado por la actitud ética. El mundo del hombre feliz es diferente del mundo del hombre infeliz. Esta diferencia no puede ser una diferencia en los hechos. Y por eso no puede ser descrita por el lenguaje, aunque puede ser mostrada: puede ser mostrada, por ejemplo, por el modo de vivir de cada uno. Lo inexpresable se muestra. Lo que parecen las grandes cuestiones sobre la existencia humana no son en realidad cuestiones en absoluto. La solución al problema de la vida ha de ser su disolución.

 

Sentido, verdad y forma de vida

El problema de la teoría pictórica, que Wittgenstein empezó a detectar siete años después de la publicación del Tractatus, puede ser descrito en términos de la necesaria generalidad de toda representación —lingüística o mental. La relación de representación es asimétrica: aquello que representa no es aquello que es representado. La teoría pictórica no puede integrar satisfactoriamente la diferencia entre lo que es concreto y lo que es un universal-propiedad.

Una imagen física, un mapa de carreteras, por ejemplo, son concretos. Como tales, tienen determinaciones redundantes respecto a lo que quieren representar. Podríamos decir, por ejemplo, que representan porque son interpretados. El hecho pictórico, el hecho de la representación no está determinado por los rasgos de la cosa que representa. Pero hemos de recordar que, en el Tractatus, no podemos apelar a la idea de que una interpretación-reacción sea determinante del hecho pictórico porque se supone que el pensamiento es él mismo un hecho pictórico.

 

La verdad de lo que decimos

En su filosofía posterior, Wittgenstein reconoció que el contenido de toda representación —incluidas las representaciones mentales, como las creencias y los deseos— no está determinado por entidades intrínsecamente pictóricas. Todo lo contrario: deben intervenir nuestras reacciones, y nuestra naturaleza —lo que Wittgenstein llamó una «forma de vida».

En cualquier caso, él no renunció nunca ni al principio de que el contenido debe estar determinado independientemente de la verdad, ni a la idea de que no puede ser descrito. Nuestras reacciones, nuestra naturaleza, determinan el contenido de nuestros conceptos, pero eso no fija todavía la verdad de lo que decimos. Y la práctica de reconocimiento de la satisfacción/verdad no puede ser descrita en el sentido relevante: cualquier descripción la presupone. Lo que queremos decir todavía se muestra en nuestra aplicación del lenguaje.