¿Qué nos espera a las sociedades del siglo XXI, en un futuro más bien inmediato al escenario occidental europeo? ¿Cuáles son el hecho o los hechos configuradores más allá de los acontecimientos globales? La aceleración del desarrollo tecnológico de los últimos treinta años suscita la necesidad de un cambio de paradigma para afrontar estas realidades. Mundo digital, virtualidad de las vidas, uso y desafío recurrente de la IA; presencia de los grandes operadores en el territorio urbano y rural o a la gran distribución son ya realidades en Europa.

Aun así, yuxtapuestas a estas reflexiones filosóficas sobre paradigmas, las agendas y calendarios subsisten y mandan. Y tenemos nuevas elecciones europeas para designar a los representantes en el Parlamento Europeo. Creo que es una magnífica ocasión que nos brinda este delicado momento histórico para «cruzar» la actitud reflexiva y de análisis con la contundencia de unas buenas conclusiones en el terreno real.

Para este análisis hay que definir el mensajero. La generación que nació y creció con las instituciones europeas, como yo misma, es un buen testigo. Porque desde el franquismo vivimos la lucha política, la transición democrática, la negociación y la adhesión de los países del Mediterráneo —compañeros y cómplices— a la idea de Europa, junto con Grecia y Portugal, cuando el sur postdictaduras entraba en Europa, generando muchísima esperanza. Vivimos la caída del muro, y el escenario de una ampliación solidaria y descafeinada. Nuestra generación ha sido espectadora y partícipe de la primera ilusión europea y, a la vez, de los hechos posteriores a los años 80, siete décadas y dos siglos, hasta este 2024.

¿Qué sobrevive de aquella Europa de Jean Monnet y de Rossi y Spinelli, de Adenauer a Willy Brandt entre tantos otros? Cruzando el mundo donde vivimos con el mundo donde esta Europa se creó podríamos decir que solo permanece el espacio geográfico. Sí que subsiste un gran pacto de paz y de acción relativamente común, pero los escenarios posbélicos de la Europa del siglo XX han visto aparecer dentro de la Europa de finales de siglo y de ahora mismo —fuera de las estrictas fronteras de la Unión aunque muy cerca— guerras pendientes, estertores de luchas religiosas y culturales enquistadas desde siglos, desmembraciones nunca resueltas... Sí que se ha ido actualizando y desplegando el corpus de Tratados originarios existentes, pero su desarrollo y ramaje es complejo y hace difícil llegar a sus conceptos y efectos esenciales. Por otro lado, su presencia en los informativos y los medios de comunicación es persistente y yo diría que falsamente normalizada.

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