El auge de los partidos de extrema derecha es la tendencia más notable de las recientes elecciones europeas. Además, en los países más poblados de la Unión Europea —Alemania, Francia, Italia, España y Polonia— el voto joven ha superado con creces en 2024 las cifras de 2019 y ha sido responsable, en buena medida, del deslizamiento observado hacia la extrema derecha.

Mientras los electores más mayores aparecen como más reacios a votar por los extremos, tal vez porque recuerdan las consecuencias históricas de experiencias anteriores, los más jóvenes estarían modificando sus hábitos electorales. Aquellos tiempos en que la juventud votaba a la izquierda o, más recientemente, por los partidos verdes, van cambiando. ¿Quién se acuerda del mayo francés del 68? Sin ir tan lejos, ¿quién de la joven activista sueca Greta Thunberg, que hace apenas un lustro encabezaba manifestaciones multitudinarias de jóvenes por el medioambiente y llenaba las primeras páginas de los medios y las redes sociales?

Llama la atención el caso de Francia, donde el voto joven a la extrema derecha ha doblado el de las anteriores europeas, convirtiéndose en su primera opción. El voto entre los jóvenes de 18 a 25 años al Rassemblement National (RN) de Marine le Pen —el partido más votado en Francia— ha pasado de poco más del 12% en las anteriores elecciones al 32 % en las últimas, acercándose al de la población de entre 35 y 64 años, más escorado aún a la derecha extrema. La consecuencia ha sido un terremoto político en Francia con la disolución de la Asamblea Nacional por el presidente de la República, Emmanuel Macron, y la convocatoria de elecciones legislativas, cuyos inciertos resultados han sembrado la inquietud y tendrán repercusión en toda Europa.

En Alemania, el voto joven a la extrema derecha Alternative für Deutschland (la AfD) —el segundo partido más votado después de los democratacristianos (CDU y CSU)—es el que más crece, pasando del 5 % en 2019 al 16 % en 2024, lo que la coloca como segunda opción de voto para este colectivo, a solo un punto de distancia del voto a la CDU. En este mismo país, los verdes, que habían cosechado un tercio del voto joven en las anteriores elecciones europeas, se quedan con solo el 11 % en las últimas.

En Polonia casi uno de cada dos jóvenes ha votado por el partido ultraconservador Ley y Justicia (PiS) o más a la derecha. En España, Vox ha recibido el 9,6 % del voto, pero el 12,4 % entre los jóvenes. SALF, del activista en las redes Alvise Pérez —un partido nuevo de «anarco» extrema derecha, casi desconocido por el gran público— ha alcanzado el 4,6 % del total, pero el 6,7 % entre los jóvenes.

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Es destacable que en aquellos países donde el voto se ha abierto por primera vez a los mayores de 16 años (Austria, Bélgica, Alemania y Malta) o de 17 años (Grecia), las tendencias anteriores son aún más pronunciadas. Parece también que los jóvenes varones han votado más por la extrema derecha que las mujeres jóvenes, igual que ocurre entre la población en general.

La participación de los jóvenes en las elecciones europeas ha sido tradicionalmente escasa e inferior a la media, pero ha experimentado una tendencia creciente en los últimos años: 28 % en 2014, un 42 % en 2019. No disponemos todavía de datos definitivos sobre las últimas elecciones, por más que esta tendencia parecía consolidarse y un reciente Eurobarómetro situaba su intención de voto en un notable 64 % en vísperas de los comicios. Se requiere un análisis mucho más afinado y segmentado del comportamiento electoral de los jóvenes europeos para poder sacar conclusiones sólidas. Y en la medida que este colectivo es el que tiene más vida electoral y social por delante este conocimiento resulta imprescindible.

No se puede hablar de un tsunami joven a la derecha, pues tanto en España como en Italia y otros países el voto joven se orienta aún a la izquierda en alguna de sus expresiones.

Con todo, no se puede hablar de un tsunami joven a la derecha, pues tanto en España como en Italia y otros países el voto joven se orienta aún a la izquierda en alguna de sus expresiones. Sin embargo, las cifras anteriores consolidan un deslizamiento del Parlamento Europeo fuera del eje central en torno al cual se ha basado la construcción europea desde su inicio, de magnitud suficiente para llamar poderosamente la atención. Pese a la falta de más datos y de un análisis pormenorizado nos atrevemos a aventurar algunas hipótesis explicativas de las causas del fenómeno.

 

Secuelas de una cadena de crisis, más el covid

La pandemia se cebó clínicamente entre los mayores, pero socialmente afectó en especial a los dos extremos de la pirámide demográfica. A los mayores, porque aumentó su soledad y acortó su futuro ya limitado. A los jóvenes, por el aislamiento y el bloqueo de su futuro en construcción. El aumento de las necesidades de atención psicológica entre los jóvenes, aún insuficientemente atendidas hoy en día, confirma la gravedad de esta situación. Ello se añadía, en forma de crisis sobrevenida, a las inquietudes previas de una juventud ya preocupada por la limitación de sus perspectivas sociolaborales y económicas y la consecuente dificultad para emanciparse, en un contexto de por sí difícil, heredado de crisis anteriores. Este telón de fondo, más duro en los países del sur de Europa, las zonas industriales en declive, el medio rural y las periferias de las grandes ciudades, habría favorecido el voto de protesta y el rechazo del orden establecido, representado por los partidos tradicionales y las instituciones.

 

Inmediatez y olvido de la historia

Los nuevos tiempos se prestan a la inmediatez, la simplificación, la polarización y la ignorancia de la historia. La democracia se da por adquirida, olvidando el coste que se pagó por conseguirla. Muchas palabras han perdido significado, como por ejemplo fascismo. Los extremismos son responsables de estas corrientes, pero los grandes partidos también con su relato conformista y, a menudo, woke. La historia ya no interesa y a menudo se tergiversa. Todos hablan de derechos y casi nadie de obligaciones. El populismo penetra los extremos y contamina el centro. El fenómeno se extiende más allá de Europa. ¿Quién podía imaginar la deteriorada imagen actual de los Estados Unidos, bastión de la democracia durante el siglo XX? Las guerras en Ucrania y en Gaza añaden desapego a la función normativa del derecho, violado allí incesantemente, y al orden internacional. Este clima cultural de relativismo incide particularmente en los jóvenes e influye en sus opciones políticas, banalizándolas.

 

Los nuevos ejes políticos

Estábamos habituados a unos ejes políticos situados, a la izquierda, en el liberalismo cultural y la justicia social y, a la derecha, en el tradicionalismo cultural y la libertad económica. Ahora este panorama se desdibuja, la extrema derecha es cada vez menos monolítica y busca asumir elementos de ambos lados del espectro, tratando de combinar liberalismo cultural y xenofobia racista o liberalismo económico y protección social sometida a «preferencias nacionales». Georgia Meloni mantiene un discurso reaccionario en Italia y otro distinto en Bruselas, donde blanquea su imagen. ¿Seguirá Marine Le Pen el mismo camino si su candidato a primer ministro, el joven Jordan Bardella, consigue la «cohabitación» con el presidente Macron?

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Las distorsionadoras redes sociales

La gente joven y los mayores se informan por canales diferentes. La juventud recibe la información por las redes sociales —principalmente TikTok— e ignora los medios tradicionales, mientras que para los mayores es lo contrario. Las redes sociales se prestan al trazo grueso, la simplificación, «me gusta» o «no me gusta», las decisiones en un clic, cuando no el bulo, el troll o las fake news. En estas condiciones el voto se banaliza, la foto de Bardella en Instagram habrá reportado muchos votos jóvenes a la extrema derecha, mientras que su programa en apenas un folio y medio ni habrá sido ojeado. El voto puede pasar, fácilmente, a ser una experiencia momentánea más, un pasatiempo, un simple desahogo.

 

Europa también motiva a los jóvenes

La tendencia esbozada es preocupante. Sin embargo, no todo está jugado ni decidido. Los jóvenes no han basculado aún mayoritariamente a los extremos y son susceptibles de moverse hacia un cambio cultural, por una causa que los motive. Como un botón de muestra, el pequeño partido federalista europeo Volt, marginal en España, pero que se abre camino en la UE. Ante la imposibilidad legal de establecer partidos plenamente paneuropeos, se presenta con la misma etiqueta y programa, pero con diferentes listas en diversos países. Así ha pasado de 2 a 5 eurodiputados (3 en Alemania y 2 en los Países Bajos), habiendo recogido un millón de votos en el primero, el 2,6 % del total, pero casi el 10 % del voto joven. Otro ejemplo es NEOS, en Austria, un partido liberal y partidario de un estado europeo, que ha obtenido el 17 % del voto joven.

La historia ya no interesa y a menudo se tergiversa. Todos hablan de derechos y casi nadie de obligaciones.

Los partidos tradicionales pueden sacar conclusiones de estos ejemplos y, tal vez, cambiar de rumbo. El federalismo no está muerto y podría avanzar empujado por los jóvenes, a medida que sus impulsores originales van desapareciendo. Faltan cinco años para las próximas elecciones europeas y en política pueden dar para mucho; y más aún en el fluctuante mundo actual. Pero para cambiar la realidad hay que entender, primero, por donde va y, en segundo lugar, tener la voluntad firme de cambiarla. La tarea es ingente y solo prosperará si en ella se involucran los jóvenes europeos.