Campaña electoral, sondeos y resultados

Las elecciones al Parlamento escocés del 6 de mayo de 2021, las sextas desde el establecimiento de la autonomía en 1999, han coincidido con las elecciones locales en Inglaterra y a la Asamblea galesa. En el primer caso, el Scottish National Party (SNP) ha revalidado su hegemonía; en el segundo caso han sido los tories los vencedores (los únicos consuelos para los laboristas han sido los triunfos de sus candidatos en Londres y Manchester) y sólo en el tercero el laborismo ha ganado. Hay que recordar que el SNP lleva trece años en el poder (dese 2007)- tras unos cincuenta años de imbatible liderazgo laborista en el territorio- casi siempre con mayoría relativa (sólo en 2011 alcanzó la absoluta), pero a gran distancia del segundo partido (salvo en 2007 en el que ganó por la mínima).

Escocia utiliza un interesante sistema electoral mixto (Additional Member System) para la elección de los 129 parlamentarios de Holyrood (el Parlamento de Edimburgo): dos papeletas para escoger a 73 diputados en circunscripciones uninominales (con sistema mayoritario simple) y a 56 en ocho regiones con voto de lista proporcional. El principal asunto de la campaña ha sido el debate sobre un eventual segundo referéndum de autodeterminación (no es la cuestión prioritaria para la mayoría de los ciudadanos), así como las medidas sanitarias contra la covid-19, la recuperación económica, la reforma educativa o los retos climáticos.

En todos los sondeos y encuestas el SNP figuró siempre en una muy destacada posición, siendo la única duda saber si alcanzaría la mayoría absoluta o no. A mucha distancia los conservadores en el segundo puesto, los laboristas en el tercero, los verdes en el cuarto y los liberales en el quinto, mientras que la escisión nacionalista liderada por Alex Salmond no pareció en ningún momento poder rivalizar ni de lejos con el SNP. La First Minister de Escocia, Nicola Sturgeon, siempre fue la más valorada y aunque el nuevo dirigente laborista, Anas Sarwar, fue el segundo mejor valorado eso no se reflejó en los resultados electorales al verse sobrepasado por el conservador Douglas Ross (el quinto en las preferencias cívicas). Patrick Harvie (Greens) quedó el tercero en valoración de líderes, Willie Rennie (Liberal Democrats) el cuarto y Salmond el sexto y último.

Estos fueron los resultados finales en el reparto de escaños: SNP 64 diputados (+1), Conservadores 31 (igual que en la legislatura anterior), Laboristas 22 (-2), Verdes 8 (+2) y Liberales 4 (-1).

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¿Por qué gana el SNP?

Aunque al SNP le ha faltado un escaño para alcanzar la mayoría absoluta, su victoria es arrolladora e incontestable. Por lo demás, puede contar con el apoyo parlamentario de los Verdes que coinciden en su reclamación de un segundo referéndum de autodeterminación, aunque no necesariamente todos los ecologistas sean independentistas. Son varios los factores que explican la imbatibilidad del SNP: su carácter catch-all orientado al centro-izquierda y su nacionalismo cívico inclusivo están en la base de su fuerza. Su combinación de gestión eficiente, amplias prestaciones sociales asistenciales y tolerancia pluralista le han granjeado muy buena fama. A ello hay que añadir la hoy irremediable crisis laborista, el rechazo que Boris Johnson suscita en muchos escoceses y, muy en particular, el desastre del Brexit. En efecto, es pertinente recordar que el 62% de los escoceses votó a favor de la permanencia del Reino Unido (RU) en la Unión Europea (UE) en el infortunado referéndum de 2016, de ahí que la salida británica final haya sido percibida en Escocia como una ruptura de lo decidido en el referéndum de autodeterminación de 2014.

Es asimismo de interés constatar el rotundo fracaso de Salmond, tras su ruptura con Sturgeon, que concurrió a las elecciones con un partido puramente personal (Alba: Escocia en gaélico) que aspiraba a alcanzar nada menos que treinta diputados, siendo hoy extraparlamentario. Salmond tuvo que afrontar antes doce acusaciones de acoso sexual y de un intento de violación, aunque quedó sin cargos al no poderse probar en los tribunales. Sturgeon no quedó bien parada en este episodio pues pareció haber roto el Código Ministerial al mentir en el Parlamento, si bien fue exonerada tras una investigación independiente; pero a la vista de lo ocurrido parece claro que los ciudadanos han vuelto la espalda solo a Salmond.

Con relación al resto de partidos, los conservadores han revalidado el segundo puesto (en un territorio tradicionalmente difícil y hostil a los tories), los laboristas son incapaces de remontar y otras ofertas unionistas muy conservadoras (Reform UK, de Michelle Ballantyne o All for Unity, de George Galloway) resultaron irrelevantes.

 

 

El debate sobre el segundo referéndum

Sturgeon reclama un nuevo referéndum de aquí a 2023, con la misma pregunta que en 2014, una vez pase la crisis sanitaria. La First Minister es consciente de que esto no es ahora lo que más preocupa a los escoceses, pero su excelente resultado refuerza ese objetivo. El argumento es que el Brexit ha roto el pacto implícito de 2014 (seguir en el RU para continuar en la UE) y, por ello, al haber cambiado el marco anterior, los ciudadanos escoceses deberán tener el derecho a pronunciarse al respecto. En todo caso, como líder pragmática que es, Sturgeon es consciente de que lo más urgente es la seguridad sanitaria y la recuperación económica; lo que, en todo caso, exigiría aumentar las competencias escocesas en fiscalidad y prestaciones sociales.

Lo cierto es que no será fácil a largo plazo mantener el actual rechazo del Prime Minister británico, Johnson, a negociar un eventual segundo referéndum puesto que, sentado el precedente, no hay muchos argumentos para bloquearlo indefinidamente. Sturgeon ya ha adelantado que buscará el acuerdo con Londres y, por tanto, la autorización de Westminster (el Parlamento de Londres), pero si persiste la negativa no descarta organizar una consulta sin valor vinculante, como elemento de presión (es sabido que los votantes no se comportan igual según sean las consecuencias de uno u otro tipo de referéndum), una vez el Parlamento escocés elaborase una norma específica ad hoc (que seguramente el gobierno británico recurriría). En efecto, en el sistema político británico, un referéndum de autodeterminación territorial sólo puede ser autorizado por el Parlamento de Westminster al tratarse de una materia constitucional sobre la que Escocia no tiene competencias a tenor de su ley de autonomía (la Scotland Act de 1998). Por tanto, es Westminster quien delega (esta es, por cierto, la correcta traducción del término devolution) en Holyrood tal potestad, de ahí que no tenga ninguna cabida un referéndum unilateral vinculante. La buena noticia para el Estado de derecho- esperable en dirigentes democráticos respetuosos de las reglas- es que Sturgeon ha señalado que acatará lo que decidan los Tribunales.

Al margen de las grandes incógnitas sobre el eventual nuevo referéndum (¿habría que introducir mayorías reforzadas a diferencia de 2014?, ¿Se mantendría la opción de que los jóvenes entre 16 y 18 años pudiesen participar?, ¿Cómo se resolverían en caso de victoria independentista cuestiones como la moneda, el pago de las pensiones o la frontera con Inglaterra?) el asunto resulta tremendamente divisivo en la sociedad. En efecto, con uno o dos puntos por arriba o por abajo, los escoceses están hoy divididos al 50%. Es más, la vacunación masiva ha reforzado a Johnson: muchos escoceses constatan que el RU ha sido mucho más eficaz que la UE al respecto y esto opera como factor disuasivo para la opción independentista.

Para Johnson el asunto está cerrado desde 2014 (“para una generación”, como dijo David Cameron tras el claro resultado: 45% a favor de la secesión y 55% en contra), por lo que no procedería en absoluto un segundo referéndum. Por tanto, su opción será intentar ganar tiempo para que se “enfríe” la presión independentista, a la vez que probablemente aumentará las inversiones compensatorias en Escocia. Está por ver que esta estrategia pueda diluir eficazmente la reivindicación central del independentismo escocés y todo preanuncia un aumento de las tensiones y los conflictos entre los dos gobiernos.