La casa de la Unión Europea en Barcelona acogió el pasado 22 de abril una conversación organizada por política&prosa entre Jaume Duch y Lluís Bassets en torno al impacto y la respuesta europea al ataque ruso a Ucrania. Justo dos días antes de la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales francesas que se presentaban cruciales para el futuro de la Unión. Sin ningún tipo de impostación, los dos ponentes coincidieron en subrayar la gravedad y el dramatismo de la situación. La guerra en Ucrania es una cuestión existencial para Europa y las sociedades abiertas, afirmó Bassets. Estamos ante una confrontación entre democracia y autocracia, remachó Duch.

Ambas afirmaciones superan el temor biempensante a ser tildados de belicistas o de pertenecer al «partido de la guerra» y asumen sin reservas mentales que realmente Europa está inmersa de lleno en una guerra declarada por la Rusia de Putin. Se trata de una guerra que se libra en varios frentes. Con la confrontación bélica directa que se produce en tierras ucranianas, centrada en la batalla por el Donbass en el momento de escribir este artículo (finales de abril de 2022). Con la guerra económica desatada por las sanciones de los países occidentales a Rusia y replicada por esta con el arma del chantaje energético. Es, pues, una guerra que afecta a nuestra seguridad y nuestro nivel de bienestar, y que será más o menos prolongada en función del nivel de implicación que decidamos los europeos, como lo explica Jesús A. Núñez Villaverde (Elcano, 18-4-22).

Sin embargo, tanto o más determinante es el combate que se libra en la retaguardia, en el corazón la propia Unión Europea, donde los partidos nacionalpopulistas y de la nueva extrema derecha actúan como caballo de Troya del autoritarismo iliberal. Hasta ahora, contra todo pronóstico, la Unión ha mantenido la unidad de acción, pero para tener garantías de éxito en un conflicto que se vislumbra prolongado se debe continuar avanzando con determinación hacia la Europa geopolítica. Solo desde la afirmación de una fuerte identidad europeísta se podrá hacer frente a los embates de las fuerzas revisionistas internas y externas que han hecho del modelo europeo su principal enemigo. El diplomático Juan González Barba sintetiza así esta confrontación (Agenda Pública, 21-4-22): «la Unión Europea es la auténtica némesis de Vladímir Putin al proclamar a los cuatro vientos su compromiso irrenunciable con la negociación y el reformismo».

 

Mapa del descontento popular

Para captar el alcance del peligro que representa la nueva extrema derecha para la Unión Europea, basta echar un vistazo al mapa de su implantación en los diferentes países miembros: hegemónica en Hungría y Polonia, con una presencia consolidada en los países nórdicos, también en Italia, Bélgica, Austria, Países Bajos, Alemania…, con su aparición reciente en España y Portugal, como se muestra en la radiografía del voto de extrema derecha publicada por Raúl Sánchez y Javier Biosca en elDiario.es (17-4-22).

Una radiografía que es interesante leer simultáneamente con el mapa del descontento popular en la Europa occidental, cartografiado por Andrea Rizzi en El País (24-4-22), y que se traduce electoralmente en el voto contra las fuerzas del establishment europeo, interpretado como una confrontación entre los de arriba y los de abajo, entre los ganadores y los perdedores de la globalización. Unos perdedores receptivos a las propuestas proteccionistas del chauvinismo del bienestar.

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Esta confrontación de fondo ha marcado en los últimos años acontecimientos tan significativos como el Brexit, con la consecuencia de la amputación de la Unión Europea; y al otro lado del Atlántico, la presidencia de Donald Trump, que ha debilitado la relación transatlántica y ha dislocado la institucionalidad multilateral. Por eso, estos precedentes han sobrevolado los procesos electorales que se han ido sucediendo en diversos países europeos, empezando por las decisivas elecciones alemanas de septiembre del año pasado, y este año, durante el mes de abril, en Hungría, Eslovenia y Francia.

Las esperanzas de una oposición unida de acabar con el régimen de Orbán en Hungría se han demostrado infundadas; la nueva victoria de Orbán ha sido contundente, con un 54 % de los votos y dos tercios de los escaños. La oferta de seguridad y de proteccionismo social en un momento de gran incertidumbre han asegurado la continuidad, según el análisis de Bálint Ablonczy (Telos, 15-4-22). Se consolida, pues, en el interior de la Unión un modelo de democracia iliberal susceptible de ser exportado y seguido, y configurar así un grupo de presión potente dentro de la institución, con la aspiración de desfigurar la Unión Europea y vaciarla de sentido. No otra cosa era la propuesta de una Europa de naciones soberanas propugnada por Marine Le Pen en su campaña electoral.

Prácticamente desapercibidas para la mayoría de la opinión pública han pasado las elecciones legislativas en Eslovenia, sobre las cuales planeaba el temor de que las urnas ratificasen la deriva autoritaria y antieuropeísta del primer ministro conservador Janez Janša, con el riesgo de decantación de otro país de la Unión hacia el Grupo de Visegrado. Un temor disipado por la victoria incontestable de Robert Golob al frente del nuevo Movimiento Libertad de carácter centrista, europeísta, liberal y ecologista, que ha mostrado la capacidad de reacción de la opinión europeísta y atlantista eslovena (análisis de Carlos Blanco en Agenda Pública, 28-4-22, y de Alessandro Milano en il Mulino, 2-5-22).

Sin embargo, la prueba de resistencia europeísta era la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, con la presencia de nuevo de Marine Le Pen frente a Emmanuel Macron. La hipótesis de un accidente electoral, aunque improbable, había encendido todas las alarmas ante la posibilidad de una suerte de Frexit que habría supuesto una herida de muerte para el proyecto europeo. La victoria de Macron ha sido incontestable y ha constituido un alivio para el establishment de la Unión. No obstante, no se pueden obviar los interrogantes y las preocupaciones que deja planteados de cara al futuro.

El mejor y más concreto servicio que podría hacer Macron a Europa es dejar en 2027 una Francia más unida, más estable y previsible.

Si se contempla la dimensión europea, la victoria de Macron es una muy buena noticia para la voluntad de liderazgo mostrada por el presidente francés, especialmente por el momento delicado que atraviesa una Alemania en transición, obligada a revisar sus posiciones y con un nuevo liderazgo político por consolidar. Pero no dejan de tener razón las voces que consideran que el mejor y más concreto servicio que podría hacer Macron a Europa es dejar en 2027 una Francia más unida, más estable y previsible. Como recoge Nacho Alarcón de fuentes comunitarias en El Confidencial (26-4-22): «Macron tendría que dedicar los próximos cinco años a coser el país, a dejar una escena política menos fragmentada. Y sobre todo: dejar un heredero político viable que sea capaz de representar el centrismo en las elecciones presidenciales de dentro de un lustro.»

 

Cansancio democrático

El mismo Macron, consciente de la fuerte división del país, próxima a una fractura aparentemente insalvable, se ha propuesto convertirse en el presidente de todos, pero se enfrenta a la misma dificultad que posibilitó la elección de Donald Trump en 2015 y el voto favorable al Brexit: la relación problemática de una parte de la opinión pública con la realidad y con la verdad. El antiguo y efímero director de Le Monde, Éric Fottorino constata que en este contexto «el único recurso a la razón y la explicación parece condenado al fracaso, . Como si el cansancio democrático, la verticalidad del poder, la pandemia y las limitaciones a las libertades individuales que ha provocado, como si todo lo que pesa sobre el cuerpo social se hubiera de pulverizar gracias a una gran pero inscrita en las mentes acaloradas dispuestas a negar los resultados de una votación legítima» (La lettre du 1, 26-4-22). En el mismo sentido, Oriol Bartomeus afirma, refiriéndose específicamente al voto del medio rural, que estamos ante un ejemplo evidente de cómo la política ha dejado de gravitar sobre los intereses para hacerlo sobre los sentimientos y las emociones (El País, 1-5-22).

Sin duda, las elecciones presidenciales francesas pueden y deben ser analizadas desde muchas otras perspectivas, pero resulta francamente inquietante pensar en el progresivo bloqueo de la conversación cívica en unas democracias fragilizadas por el virus de la política sentimental. Un bloqueo que favorece las ofertas políticas autoritarias e iliberales y, en consecuencia, representa una señal de debilidad de la retaguardia europea para hacer frente a la guerra de Putin.

La tentación fácil del pesimismo no puede esconder, sin embargo, que Le Pen y Janša han sido derrotados y que tanto Macron como Golob merecen un margen de confianza. Daniel Capó (The Objective, 26-4-22) nos recuerda que «la tragedia llama a la tragedia. La inteligencia, el coraje y el valor, a la esperanza». Y lo hace inspirado por una sabia reflexión de Václav Havel: «los pesimistas y los optimistas se comportan como si supieran de antemano lo que ha de pasar. Por tanto, es más sabio actuar pensando que todo irá bien que no al revés».