El pasado 8 de septiembre los marroquíes acudieron a las urnas para la triple elección de sus representantes en la cámara baja del parlamento, en los consejos municipales y en las asambleas regionales. Era la primera vez que las elecciones legislativas se celebraban junto con las locales y regionales con el objetivo de generar un efecto arrastre en la participación electoral, que tradicionalmente ha sido mayor en el ámbito local. El hecho es que ésta se incrementó significativamente, pasando del 42,3 por ciento en los anteriores comicios de 2016 al 50,18.

Dos son los resultados principales que arrojan las elecciones legislativas: la rotunda victoria de la Agrupación Nacional de Independientes (RNI) y el descomunal descalabro electoral del islamista Partido de la Justicia y Desarrollo (PJD). Además de ello, es significativo que el Partido de la Autenticidad y de la Modernidad (PAM) conserve su segunda posición en el parlamento y que los partidos históricos —principalmente el Partido del Istiqlal (PI)— recuperen músculo electoral. Conforme a los resultados electorales, el rey Mohamed VI nombró jefe de gobierno al líder de la RNI, Aziz Ajanuch, que ha formado un gobierno de coalición en el que se integran la RNI, el PAM y el PI.

El ganador indiscutible de las elecciones fue la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), un partido de los denominados «administrativos» por haber sido promovidos en su creación por el régimen político. La RNI obtuvo 102 de los 395 escaños de la Cámara de Representantes, mientras que en la anterior legislatura contaban con tan solo 37. No obstante, el triunfo de la RNI no constituyó ninguna sorpresa. Su influencia en la política marroquí fue in crescendo desde que Aziz Ajanuch —empresario multimillonario, ministro de agricultura desde 2007 y amigo personal del rey Mohamed VI— asumiera la presidencia del partido apenas tres semanas más tarde de las elecciones legislativas celebradas el 7 de octubre de 2016.

Tras estos comicios, la RNI bloqueó durante meses las negociaciones para formar gobierno emprendidas por el reelegido jefe de gobierno, Abdelilah Benkiran, del islamista PJD. La negativa de Benkiran a aceptar los socios de coalición impuestos por la RNI, llevó a éste a su dimisión y al posterior nombramiento de Saadeddine el-Othmani, presidente del consejo nacional del PJD, sin el carisma y la popularidad de su predecesor pero con una personalidad menos beligerante. En pocos días el-Othmani formó gobierno bajo las condiciones fijadas por la RNI. De cara a las elecciones de 2021, la RNI empezó un año antes a engrasar la maquinaria electoral construyendo una organización eficaz —de la que carecía— y tejiendo una amplia red territorial.

 

La RNI, caballo ganador

Asimismo, la RNI llevó a cabo una activa y costosa campaña electoral en las redes sociales, que cobró gran importancia dada las restricciones impuestas por la pandemia de covid-19. Por último, la evidente proximidad de Aziz Akhannouch a Mohammed VI convirtió a la RNI en la apuesta a caballo ganador para muchos marroquíes que votaron por los independientes y para notables y empresarios locales que se sumaron a las filas de la RNI o que movilizaron sus recursos hacia el partido.

La RNI obtuvo 102 de los 395 escaños de la Cámara de Representantes, mientras que en la anterior legislatura contaban con tan solo 37.

Por otra parte, si bien era esperado que el PJD no revalidara las victorias conseguidas en las anteriores elecciones legislativas de 2011 y 2016, era inimaginable que sufriese una derrota electoral de esa proporción, reduciéndose su representación en el parlamento de 125 escaños en 2016 a 13. De esta forma, el PJD se situaba como octava fuerza política y perdía incluso la posibilidad de formar grupo parlamentario propio. La consecuencia inmediata de los pésimos resultados del PJD fue la dimisión en bloque de los miembros de la secretaria general del partido que deberán ser elegidos en un congreso extraordinario previsto a finales del mes de octubre.

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Varios son los factores que explican el fracaso electoral de los islamistas, ligados tanto al propio partido como a las características del régimen político. En primer lugar, hay que señalar la división dentro del partido, que hunde sus raíces en 2017 con la dimisión de Benkiran como jefe de gobierno y el voto en contra del Consejo Nacional del partido para que éste asumiera un tercer mandato como secretario general. Se produjo entonces la fractura entre un sector más radical alrededor de la figura de Benkiran y un sector más proclive a la colaboración con la monarquía representado por Othmani.

En segundo lugar, como miembros del gobierno de coalición, los ministros del PJD aprobaron medidas muy impopulares para sus electores y su partido como la normalización de las relaciones del Reino de Marruecos con Israel, la legalización del cannabis con fines terapéuticos o el uso del francés como lengua vehicular en las enseñanzas científicas y técnicas en detrimento del árabe. Esto puede haber llevado al PJD a perder parte de sus votantes «ideológicos», a lo que se les habría sumado otros votantes que, en las elecciones de 2011 y 2016, apostaron por su política de reformas y de lucha contra la corrupción y el estado profundo, que no fueron capaces de llevar a cabo.

 

Inoperancia política del PJD

En tercer lugar, los islamistas habían sufrido un importante descrédito ya que, pese a liderar formalmente el gobierno, no disponían de capacidad de decisión ni de acción política que, en la práctica, se encuentra en manos del rey y de su gabinete. Además, tras la declaración del estado de emergencia en marzo de 2020, Othmani y los ministros del PJD fueron desplazados de la gestión de la pandemia en favor de los burócratas y del Ministerio de Interior (uno de los denominados ministerios de soberanía que dependen directamente del rey) lo que incrementó su imagen de inoperancia política.

Paradójicamente, mientras que la gestión del gobierno de los islamistas fue percibida negativamente por los ciudadanos, no sucedió igual en el caso de la RNI en cuyas manos se encontraban los ministerios económicos. Por último, la gestión del PJD de los numerosos ayuntamientos y regiones que presidían también fue percibida negativamente por parte de los ciudadanos y, en esta ocasión, hay que recordar la coincidencia de las elecciones locales con las legislativas.

Era inimaginable que el PJD sufriese una derrota de esa proporción, reduciéndose su representación de 125 escaños a 13.

La segunda posición del ranking electoral ha sido para el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM), partido que fue promovido por el régimen político en 2008 para hacer frente a la progresión electoral del PJD y convertirse en partido de gobierno. No obstante, este objetivo se vio truncado por la irrupción de la Primavera Árabe. El PAM se convirtió entonces en el blanco de las críticas del movimiento de protesta del 20-F de forma que el partido solo ocupó el cuarto lugar en las elecciones de noviembre de 2011. Sin embargo, el PAM pasó a ser el principal partido de oposición durante la legislatura 2011-2016 debido a la participación de los otros tres partidos mayoritarios en el gobierno de coalición y su férrea oposición parlamentaria y política al PJD.

En las elecciones de 2016, el PAM llegó en segunda posición y se situó cerca de los islamistas con 102 escaños. En las pasadas elecciones de septiembre, el PAM ha mantenido la segunda posición parlamentaria aunque disminuyendo su número de escaños a 87, lo cual se esperaba como efecto de la reforma del cálculo del cociente electoral que penaliza a los partidos mayoritarios. Es significativo el hecho de que el PAM haya conservado gran parte de su fuerza electoral, pese a ser ahora la segunda opción de los votantes de partidos cercanos al régimen.

Por otra parte, otros dos partidos «administrativos», el Movimiento Popular (MP) y la Unión Constitucional (UC) han reproducido prácticamente los mismos resultados que en 2016, obteniendo 28 y 18 escaños respectivamente. No obstante, su influencia política se ha reducido por el hecho de no formar parte del gobierno de coalición de 2021 como en otras ocasiones, pese a que se habían mostrado favorables a ello.

En cuanto a los partidos denominados del movimiento nacional, estos han recuperado peso electoral en las pasadas elecciones. El histórico Partido de la Independencia (Partido del Istiqlal, PI) ha llegado en tercera posición y ha aumentado considerablemente su número de escaños de 46 a 81 escaños. La progresión electoral del PI ha venido determinada por el cambio de liderazgo y la nueva orientación política impuesta por su secretario general, Nizar Baraka, que remplazó en 2017 al populista y controvertido Hamid Chabat. Por otra parte, otros dos de los partidos históricos, la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP) y el Partido del Progreso y del Socialismo (PPS) han aumentado su representación parlamentaria en las últimas elecciones de 2021, obteniendo 34 y 22 escaños, respectivamente, tras un pobre desempeño electoral en 2002 y 2016.

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El hecho de que el gobierno esté formado por los tres partidos mayoritarios deja como consecuencia una débil oposición.

El resto de diez escaños se los reparten tres partidos y una coalición que no alcanzan el tres por ciento de la representación parlamentaria: el Movimiento Democrático y Social (MDS), que aumenta de 3 a 5 escaños; el Frente de Fuerzas Democráticas (FFD), que entra de nuevo en la Cámara de Representantes con 3 escaños; la Alianza de la Federación de la Izquierda (AFG), formada por dos partidos socialistas, 1 escaño; y el Partido Socialista Unificado (PSU), 1 escaño.

 

Aziz Ajanuch, jefe de gobierno

Por último, la Constitución marroquí de 2011 estipula que el rey debe nombrar jefe de gobierno a un representante del partido que haya «llegado a la cabeza de las elecciones de miembros de la Cámara de Representantes». Conforme al precepto constitucional, el 10 de septiembre, Mohamed VI nombró jefe de gobierno al líder de la RNI, Aziz Ajanuch, y le encargó la formación del gobierno. El 22 de septiembre, Ajanouch anunció un gobierno de coalición entre la RNI, el PAM y el PI. El tripartito supone una cómoda mayoría parlamentaria de 270 escaños de los 395 de la Cámara Representantes.

Se opta por un número reducido de partidos en el gobierno con gran peso político, a diferencia de otras ocasiones en las que el ejecutivo ha tenido una composición más numerosa (seis partidos en el primer gobierno Othmani de 2017). El hecho de que el gobierno esté formado por los tres partidos mayoritarios deja como consecuencia una débil oposición al gobierno, tanto por el peso parlamentario de los partidos que quedan fuera del gobierno como por la tradicional política colaborativa de varios de ellos con la política del régimen. En definitiva, el gobierno seguirá sin dudas las directrices marcadas por el rey sin interferencias y sin apenas oposición política.