Nunca había pensado ser primera ministra, pero cuando Emmanuel Macron ganó la reelección el 2022 y estrenó su segundo mandato, el presidente de la República francesa nombró para dirigir el Gobierno a Élisabeth Borne (París, 1961), la segunda mujer que llegaba a encabezar el Ejecutivo francés. La primera fue la socialista Édith Cresson, designada por François Mitterrand, pero solo duró 10 meses y medio en el cargo, marca que Borne ya ha superado. Borne es un ejemplo perfecto del éxito de la meritocracia republicana y de la escuela francesa.

Es hija de un judío de origen ruso, Joseph Bornstein, que se refugió en Francia en 1939, participo en la resistencia contra los nazis y fue deportado el 1942 a los campos de Auschwitz y Buchenwald, pero sobrevivió. En 1950, hasta entonces apátrida, obtuvo la nacionalidad francesa y cambió su apellido por Borne. En 1972, el padre de Élisabeth Borne se suicidó a los 48 años y la familia, ella y tres hermanos, quedo en manos de la madre, farmacéutica. Cuando murió su padre, ella tenía 11 años y se convirtió en Pupille de la Nation, un estatus que se atribuye a todas las personas de nacionalidad francesa si uno de sus padres ha sido herido o muerto a consecuencia de una guerra o un atentado terrorista.

Esta distinción le permitió acceder a becas para cursar sus estudios. Los inició en la Institución de la Providencia de París, después fue al instituto Janson de Sailly (1977-1981) y dedicó los dos años siguientes a preparar la entrada en una de las grandes escuelas francesas. No fue la Escuela Nacional de Administración (ENA), vivero de políticos y altos funcionarios, sino la no menos prestigiosa Escuela Politécnica, a la que se incorporó en 1981. Salió como ingeniera de Caminos, cinco años más tarde obtuvo el diploma de Ingeniera civil y en 1987 cursó un máster de Administración de Empresas. Toda una carrera para convertirse en alta funcionaria.

 

Carrera profesional

Aquel mismo año empezó su trayectoria profesional en el Ministerio de Infraestructuas, con un ministro centrista, y dos años después en la Administración de Isla de Francia, la región del Gran París. Calificada de «tecnócrata de izquierdas», durante una década trabajó de asesora en Educación, Planificación Urbana, Vivienda y Transportes en los gobiernos socialistas de Cresson, Pierre Bérégovoy y Lionel Jospin, y dirigió, durante los gobiernos de derechas de Édouard Balladur y Alain Juppé, Sonacotra, sociedad semipública dedicada a la acogida de trabajadores inmigrantes. También con el Gobierno de derechas de Jean-Pierre Raffarin (2002), fue nombrada directora técnica de la SNCF, la Renfe francesa, que se encargaría años más tarde de reestructurar y privatizar parcialment desde el primer ministerio, el de Transportes, que le asignó Macron. Se enfrentó a fuertes protestas sindicales, dividió la SNCF en tres sociedades, abrió los ferrocarriles a la competencia y acabó con la condición de funcionarios de los nuevos contratados. La reforma fue aprobada por la Asamblea Nacional en 2018.

Antes de llegar a ser ministra, pero, había hecho una incursión de un año (2007) en el sector privado como ejecutiva de la constructora Eiffage, una de las más importantes de Francia, pero en 2008 volvió al sector público para dirigir el urbanismo en el Ayuntamiento de París, con el alcalde socialista Bertrand Delanoë. También ha sido prefecta (representante del Gobierno en las provincias), en Vienne y en Poitou-Charentes, la primera mujer que asumía estas funciones. Cuando Ségolène Royal, presidenta de Poitou-Charentes, fue nombrada ministra de Medio Ambiente en el Gobierno de Manuel Valls (2014), se llevó a París a Borne como directora de gabinete y un año más tarde volvió a los transportes presidiendo la RATP, la empresa del metro y de los trenes de cercanías de París.

Borne siempre había estado próxima al Partido Socialista (PS), pero sin ser militante, condición que sí adquirió en 2017 cuando se inscribió en La République en Marche (LREM), el movimiento y después partido que llevóa Macron al Elíseo. En 2019, cambió el Ministerio de Transportes, que dirigía desde 2017, por el de Transición Ecológica y Solidaria, y solo un año más tarde, cuando el primer ministro Édouard Philippe fue sustituido por Jean Castex (2020), pagando la crisis de los chalecos amarillos, Borne accedió, en plena pandemia, al superministerio de Trabajo, Empleo e inserción Social, desde donde tenía que gestionar la protección de los trabajadores y las pensiones, que pasaron a este ministerio desde Sanidad.

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Aquel mismo año, Borne, sin dejar de militar a LREM, se afilió al micropartido Territorios de Progreso (TDP), una especie de ala izquierda del macronismo, fundado por los ministros Olivier Dussopt y Jean-Yves le Drian, exsocialista. Cuando se le pregunta a Borne si continúa siendo de izquierdas, ella no responde que sí. El TDP es un pequeño partido socialdemócrata, pero Borne seguro que no comparte la decisión del PS de aliarse con La Francia Insumisa (LFI), de Jean-Luc Mélenchon, en la coalición Nupes. «Ayudar a la gente a emanciparse por el trabajo, es un valor de izquierdas», explicó en Le Figaro en diciembre de 2021, añadiendo que «la socialdemocracia está todavía viva y es el presidente quién la encarna».

 

Dura y exigente

Borne tiene fama de dura y muy exigente en el trabajo. Por eso seguramente, cuando llegó al Ministerio de Trabajo, todo el gabinete de su predecesora, Muriel Pénicaud, rechazó continuar con ella. Sus críticos califican de «brutal» el trato a sus colaboradores, mientras que quienes la defienden consideran que siempre habla claro y no esconde sus intenciones. Este carácter está en el origen de los motes que le han inventado, desde Borne out a Mechanta (Malvada) o Dark Vader. Ella fue quién consiguió deshacerse del ministro Damien Abad, acusado de violación, que no continuó en el Gobierno.

Sus críticos califican de «brutal» el trato a sus colaboradores, mientras que quienes la defienden consideran que siempre habla claro y no esconde sus intenciones.

Las críticas y el escepticismo se repitieron cuando el 16 de mayo de 2022 llegó al cargo de primera ministra. Los barones del macronismo la veían sólida, con un conocimiento profundo de la Administración francesa, pero con un perfil más tecnológico y tecnocrático que político. «Yo no he soñado con ser primera ministra, no pensaba en ello por las mañanas cuando me maquillaba. Pero ciertas críticas han sido tan caricaturescas y sexistas, como cuestionar mi capacidad de asumir las funciones, que me han dado ganas de demostrar que yo estaba aquí. Y que no me falten al respeto así», comento a Le Monde en agosto de 2022.

En la toma de posesión como primera ministra, recordó a la única mujer que había ostentado el cargo, Édith Cresson, y añadió: «Querría dedicar este nombramiento a todas las niñas diciéndoles: “Id hasta el final de vuestros sueños”». Casada el 1989 con Olivier Alix, con el que tuvo un hijo, Nathan, en 1995, se divorció en 2008. Aficionada a la lectura y a hacer grandes caminatas, algunas de ellas las ha disfrutado en los desiertos de Marruecos o de Jordania.

Hasta las elecciones legislativas de junio de 2022, Borne nunca había accedido a un cargo por elección. Fue la primera vez que se sometía a las urnas con la amenaza de Macron de que los ministros que no fueran escogidos deberían dimitir. Salió diputada por Calvados, en segunda vuelta, con el 52,46% de los votos emitidos, derrotando al candidato de la Nupes Noé Gauchard.

Los diputados de la mayoría presidencial no consideraban que fuera la persona idónea para dirigir el Gobierno. «Parla como un GPS», decían fuentes anónimas del Ejecutivo.

El 6 de julio de 2022,en su declaración de política general, criticó a la derecha y a la izquierda mientras continuaba el escepticismo entre los diputados de la mayoría presidencial, que no consideraban que fuera la persona idónea para dirigir el Gobierno. «Habla como un GPS», decían fuentes anónimas del Ejecutivo. Borne combatió este ambiente afirmando desde la tribuna: «Yo no respondo quizás al retrato-robot que algunos esperaban. Esto está bien, la situación es inédita». Y acabó el discurso recordando a su padre, «que nunca volvió realmente de los campos» de concentración y todo lo que ella debe a la República. Unas confesiones sobre su familia y la niñez que no acostumbra a comentar. No vive al palacio de Matignon, residencia oficial del primer ministro, porque quiere tener una «vida normal», y no se conoce casi nada de su vida privada.

 

Críticas a izquierda y derecha

Repartir críticas a izquierda y derecha es lo que le pide Macron y esto no impide que figuras de los dos lados del espectro político la respeten. «Tiene incontestablemente el recorrido de compromiso necesario para convertirse en la segunda mujer primera ministra de nuestro país», en opinión de la candidata de Los Republicanos (LR) a las presidenciales, Valérie Pécresse. La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, la calificaba en 2105 en Libération de «mujer extraordinaria, sorprendente, humana» y «una bestia de Trabajo increíble». En el régimen presidencialista francés, el primer ministro coordina la acción del Gobierno, però también es el fusible que primero salta cuando las cosas van mal dadas Y Borne ha tenido  diferencias con los pesos pesados del Gobierno, como el ministro del Interior, Gérald Darmanin; el de Defensa, Sébastien Lecornu, o el del Presupuesto, Gabriel Attal, e incluso con el propio presidente de la República.

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Repartir críticas a izquierda y derecha es lo que le pide Macron y esto no impide que figuras de los dos lados del espectro político la respeten.

La reforma de las pensiones, que Borne ejecutó con convicción –a expensas de huelgas, sobre todo en el sector público, y de numerosas jornadas de manifestaciones–, porque «no puede haber un sistema de protección social más generoso que el de nuestros vecinos trabajando menos tiempo». La reforma, que eleva de 62 a 64 años la edad de jubilación y unifica en el régimen general los 42 regímenes especiales que hay en Francia, fue finalmente aprobada por decreto, aplicando el artículo 49.3 de la Constitución, que permite adoptar una ley sin votarla a condición de presentar una moción de censura. Todas las mociones presentadas fracasaron. En un año, ha superado 17.

En un momento dado, después de semanas de conflicto por las pensiones, la primera ministra propuso un apaciguamiento de la reforma y un acercamiento a los sindicatos, pero Macron no cedió. Otras diferencias con el presidente se han producido en materia de inmigración –Borne era partidaria de atrasar la ley–; en fiscalidad –la primera ministra quería una «pausa» en las bajadas de impuestos— o en el método de gobernar: ella se oponía a utilizar tantas veces el polémico artículo 49.3 para aprobar leyes sin votar.

En el régimen presidencialista francés, el primer ministro coordina la acción del Gobierno, pero también es el fusible que primero salta cuando las cosas van mal dadas.

Otra polémica estalló cuando Borne calificó el 28 de mayo el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen como «heredero de Pétain», el mariscal que dirigió el Gobierno colaboracionista de Vichy. Dos días después, en el Consejo de Ministros, según la prensa francesa, Macron pidió acabar con «los ataques de los años 1990» contra el antiguo Frente Nacional. Y el día 31, desde Bratislava, insistió en que la lucha contra la extrema derecha se tenía que basar en elementos «concretos» y no únicamente en argumentos «históricos y morales». En la misma declaración desde Eslovaquia, Macron reafirmo que Borne tenía toda su confianza, pero las divergencias están orientadas por una visión de la primera ministra más de izquierdas que la del presidente.