Por azares de la pandemia, el cineasta japonés Ryûsuke Hamaguchi acabó estrenando sus dos últimos largometrajes con solo unos meses de diferencia, entre marzo y julio de 2021. La ruleta de la fortuna y la fantasía se presentó en el Festival de Berlín, celebrado en formato on line, y se alzó con el Premio Especial del Jurado. Drive My Car irrumpió como un vendaval en Cannes para llevarse el premio al mejor guión y el que otorga la crítica internacional.

La primera de estas películas consta de tres episodios, escritos por el propio Hamaguchi, y tiene mucho que ver con los mediometrajes que su responsable máximo ha ido realizando a lo largo de su carrera, un formato que parece interesarle especialmente.  La segunda toma como punto de partida un relato de Haruki Murakami, de apenas unas páginas, y lo convierte en un film de tres horas que, mientras escribo estas líneas, se perfila como firme candidato para representar a su país en las nominaciones a los óscars de Hollywood.

De todo esto debe deducirse, claro está, que Hamaguchi no es un desconocido. Ya en 2015, su película Happy Hours, que dura más de cinco horas, llamó poderosamente la atención en el prestigioso Festival de Locarno. Y Asako I & II, tres años después, ya participó en la competición de Cannes y pudo verse en San Sebastián. ¿Cuál es el secreto de lo que muchos ya empiezan a llamar el «fenómeno Hamaguchi»?

 

Meandros narrativos

Drive My Car podría verse como la condensación de su estilo y sus formas de puesta en escena. La trama es sencilla, diríase que se limita a ilustrar la peripecia de Yûsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima), un director de teatro que viaja de Tokyo a Hiroshima para supervisar un montaje de Tío Vania, de Chéjov, y allí debe enfrentarse con los fantasmas de su pasado. Pero lo que importa en el cine de Hamaguchi son los recovecos argumentales, los meandros narrativos, los matices que surgen inesperadamente mientras los actores hablan y hablan. En efecto, sus películas están hechas de diálogos larguísimos, a veces laberínticos, donde sus personajes empiezan pareciendo una cosa y terminan siendo otra, ocultando y revelando.

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Sus películas están hechas de diálogos larguísimos, donde sus personajes empiezan pareciendo una cosa y terminan siendo otra.

En el prólogo de Drive My Car, se cuenta la relación entre Kafuku y su esposa Oto (Reika Kirishima), guionista de televisión, y la manera en que se narra tendrá una importancia esencial en el resto del film. De hecho, esa primera parte es inusualmente larga, hasta el punto de que Hamaguchi debe de considerarla casi como un pequeño film aparte tras el cual, inesperadamente, empiezan a desfilar los títulos de crédito, más de cuarenta minutos después de que se haya iniciado la proyección. Y lo que viene a continuación es otra historia, en un sentido casi literal: Kafuku, en Hiroshima, entabla una relación amistosa con su ayudante coreano y su esposa sordomuda, y otra más conflictiva con un ex compañero de Oto (Masaki Okada), pero sobre todo se siente intrigado por la conductora que le es asignada para sus desplazamientos, la silenciosa Misaki Watari (Toko Miura), algo que le servirá de puente para regresar al principio y enfrentarse a sus obsesiones…

 

Una porción de misterio

Pero no teman, pues Drive My Car no es una película enrevesada o artificiosa. Al contrario, es de una claridad prístina, de una jubilosa transparencia, como si en ella el cine estuviera de algún modo reinventándose, volviendo a sus orígenes. Hamaguchi se toma su tiempo, permite generosamente que sus personajes se explayen, se expliquen sin trabas, pero a la vez siempre deja oculta una porción de misterio, un secreto que no se revelará hasta el final, permaneciendo aun así en una inquietante zona de sombra.

Buena parte de esta estrategia reside en su relación con el teatro. En Hiroshima (cuya memoria del horror resuena silenciosamente durante toda la película, tanto en las acciones como en los sentimientos de quienes se mueven en ella), Kafuku empieza los ensayos de Tío Vania y Hamaguchi los filma con detalle, de manera que vida y teatro se confunden, o por lo menos el teatro acaba iluminando esos aspectos de la vida  que a veces se empeñan en permanecer en la oscuridad.

‘Drive My Car’ es de una claridad prístina, como si en ella el cine estuviera de algún modo reinventándose, volviendo a sus orígenes.

Drive My Car utiliza la palabra, pues, como un puente hacia la luz, como parte de un proceso de descubrimiento, de uno mismo y de los demás, que nunca obvia el dolor ni la dureza del proceso. En esta época de autoayuda inane, cuando cierto «pensamiento positivo» pretende hacer creer que todos podemos cumplir nuestros sueños sin apenas esfuerzo, las películas de Hamaguchi nos devuelven a la realidad pasando por la ficción, nos obligan a darnos de bruces con la dificultad que conlleva existir y relacionarse sin caer por ello en la desesperación o la indiferencia. Y esa puede ser una de las razones por las que Drive My Car está calando tan hondo en determinado imaginario contemporáneo: su melancolía nunca procede de discursos fáciles o mensajes precocinados, sino que va surgiendo poco a poco de cada escena, de cada diálogo, tratados siempre con extrema delicadeza, trabajados hasta el último detalle.

 

Como en el teatro griego

La ficción, en efecto, es el motor que mueve Drive My Car. De la misma manera en que la obra de Chéjov transforma el destino de los personajes, los relatos que intercambian todos ellos acaban convirtiéndose en lenitivos terapéuticos que facilitan la catarsis, como en el teatro griego. Contar al otro la propia vida, o confiarle algún secreto, significa, en la película de Hamaguchi, elaborar una narración a modo de espejo en el que cualquiera puede mirarse: esa es, sin duda, la misión del arte. Y evitar las soluciones precipitadas, las conclusiones sumarias, los juicios inapelables, forma parte de ese juego.

El ex compañero de Oto puede que sea culpable de algo, tal como lo son, a su manera, tanto el director de teatro como la conductora, pero todo el mundo tiene sus razones, como en las películas de Jean Renoir o Woody Allen, y se mueve por la vida como ese coche que Hamaguchi filma a modo de lugar primordial, allá donde el relato empieza a surtir efecto, a circular entre unos personajes que parecían no poder salir de sí mismos. A medida que hablan entre sí, el escenario se transforma, deja de ser ese presente glauco y neutro que aparenta para registrar los matices del pasado, o incluso de lo que nunca fue pero hubiera podido ser. Viendo Drive My Car, hay que dejarse llevar  por los vaivenes del tiempo, de esas conversaciones que se demoran para convertirse en una mezcla inextricable entre cine y literatura: una propuesta sorprendente, vivificadora, reconfortante.

Puede que se nos salten las lágrimas en la estremecedora escena culminante. Estamos de nuevo ante eso que acostumbrábamos a llamar «cine».

Pero permítanme un apunte más, para terminar por ahora con esta película inagotable. La riqueza de Drive My Car no acaba en sus imágenes cegadoras, de tan sencillas y humildes. Hay algo más allá de ellas, como siempre ocurre en el cine que realmente merece la pena. La emoción que provocan no procede de Chéjov, ni de las posibles influencias de Eric Rohmer o John Cassavetes, por mencionar a dos de los cineastas que están detrás del film, sino de algo que solo Hamaguchi sabe y conoce.

 

Un golpe de genio

La manera en que mira ese pasado cultural, en que lo asume y transforma, acaba convirtiendo la película en un objeto abstracto, algo así como cuando Rothko decía estar recreando a Rembrandt. Pero, a la vez, el modo en que esa distancia, inesperadamente, vuelve a humanizar el material de partida supone la pirueta definitiva, un golpe de genio. Puede que se nos salten las lágrimas en la estremecedora escena culminante, durante la representación final de Tío Vania, pero eso no será por la obra original, sino por las vueltas y vueltas que Hamaguchi ha dado para llegar hasta ahí, por la cuidadosa estrategia que ha seguido para convertirla en otra cosa. Es que estamos de nuevo ante eso que acostumbrábamos a llamar «cine».