La infraestructura entendida como acumulación de «capital social fijo» es sustancial para cumplir las tres exigencias básicas de la urbanidad: habitar-trabajar-desplazarse. Es lo que explica que el Eixample derivado del Pla Cerdà haya caracterizado durante más de 150 años la forma, la esencia y la potencialidad de Barcelona. Hoy, en plena globalización y en medio de una grave crisis sistémica, el Eixample también nos muestra su potencialidad para abordarla desde la escala urbana.

Durante el periodo industrial, en el Eixample se alojaron los servicios que garantizaban la actividad y se convirtió en el verdadero downtown terciario de Barcelona. Ahora, en un contexto global y gracias a su flexibilidad, su isotropía y su fractalidad, el Eixample sigue aumentado nuestra visibilidad global y, sobre todo, ha permitido ampliar el abanico terciario, convirtiéndose en el Distrito Central Neoterciario de Barcelona y Cataluña. BCN 22@ es un espacio mixto residencial-productivo en el Eixample exindustrial del Poblenou que ha asumido el liderazgo para desarrollar la Nueva Economía neoterciaria y ha generado más de 100.000 empleos en una década. Se trata de un buen ejemplo de la potencialidad de la trama Cerdà, más allá de la actividad industrial convencional.

 

Es importante señalar que hoy en el Eixample (solo Distrito II), el 39 % de lo construido se destina a actividad económica, representa aproximadamente el 25 % del valor catastral de toda la ciudad y acoge el 27 % del empleo. Si se le suma la trama Cerdá de otros distritos, especialmente el de Sant Martí, el tejido Cerdà, genera más del 40 % del PIB de Barcelona, lo que da una idea de su criticidad y potencialidad socioeconómica.

El «efecto llamada» interior y exterior que produce el Eixample genera un protagonismo de Barcelona en el contexto global y en una proyección económica y cultural que se traduce en calidad de vida, riqueza y puestos de trabajo. El Eixample no debe ser considerado como un distrito más, sino como el Distrito Central, cuya eficiencia es absolutamente necesaria para superar la actual crisis sistémica y para asegurar el progreso socioeconómico. Por ello, las actuaciones sobre su tejido no pueden ser ni improvisadas ni frívolas, lo que no significa que el Eixample tenga que ser intocable. En realidad, la centralidad y los valores del Eixample han persistido tras fuertes intervenciones recientes como la Vila Olímpica y el 22@.

 

Unas consecuencias nocivas

Pero la envidiable centralidad cualitativa del Eixample, tan constatada en la teoría y en la práctica, puede verse truncada hoy por una obsesión municipal, falsamente ecológica, que le induce a «manosear de forma infortunada» sus principales valores: el carácter isotrópico y fractal de su trama, su potencialidad medioambiental y la naturaleza nuclear de sus grandes equipamientos. Por eso estamos obligados a preguntarnos sobre las nocivas consecuencias culturales y socioeconómicas que pueden causar su deterioro progresivo.

¿Podremos soportar la pérdida de actividad económica que provocará una irracional restricción de la movilidad si seguimos razonando, como hace el proyecto Eixos Verds, desde un relato subjetivo-emocional que detesta insensatamente el coche sin tener en cuenta ni las nuevas tecnologías no contaminantes, ni la pérdida de actividad socioeconómica que conllevará su desaparición?

¿Podemos ser indiferentes a la coyuntura social que podría surgir si se agrava aún más la crisis económica, especialmente desde la perspectiva del empleo?

¿Alguien piensa que la pérdida de isotropía y de fractalidad provocada por una mala interpretación de la malla del Eixample es un tema cultural y socioeconómicamente banal?

¿Podemos prescindir, en plena crisis ecológica, de la potencialidad medioambiental del Eixample?

Si las restricciones y las limitaciones impuestas implican que los viajes urbanos sean cada vez más largos y difíciles, ¿no se están generando más atascos, más tiempo de circulación, más ruido y una mayor emisión de gases contaminantes y, en definitiva, más desánimo entre los ciudadanos?

Si la cultura y la cualidad paisajística es parte de la solución, lo que está ocurriendo ¿va en la dirección correcta?

¿Acaso los populistas creen que tienen el monopolio de las preocupaciones ecológicas?

Los actuales responsables de la política urbanística actúan bajo un cierto «sonambulismo urbanístico» y proponen un urbanismo de baja calidad.

En realidad, al reflexionar sobre estas cuestiones, uno piensa que los actuales responsables de la política urbanística desconocen la ciudad y sus mecanismos urbanísticos, actúan bajo un cierto «sonambulismo urbanístico» o, simplemente por ignorancia, proponen un urbanismo de baja calidad, inconscientes de sus consecuencias socioculturales y económicas, o tal vez la ciudad solo les interesa como plataforma para conseguir sus objetivos políticos. Precisamente en un contexto de crisis sistémica como la actual, la preocupación y escepticismo general sobre la eficiencia de los nuevos proyectos induce a pensar si en el fondo no estamos asistiendo a un proceso de progresiva proletarización de las clases medias barcelonesas, algo insólito en nuestra historia, reciente y remota.

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Desnaturalización de las calles

Los 200 km de calles del Eixample, al distribuir el espacio por igual entre peatones y tráfico, generan una proporción para el ciudadano insólitamente alta en las grandes ciudades de todo el mundo. Además, las calles del Eixample conectan Barcelona con las ciudades del Área Metropolitana y deben considerarse como una pieza esencial para la accesibilidad y la conectividad a nivel regional. Por esta razón, tal como revela el informe de Barcelona Oberta, es tan grave que la nueva movilidad, en vez de favorecer, deteriore la economía, especialmente el comercio de proximidad, clave para la urbanidad mediterránea que, en buena medida, depende de los ciudadanos procedentes de las comarcas catalanas situadas más allá de las Rondas.

En este sentido, la reforma de la vía Laietana y la forma en que el túnel de Glòries encaja con el viario urbano son inadmisibles. Por otro lado, las calles del Eixample de Cerdà contienen elementos significativos que, por su singularidad, configuran su paisaje urbano. Punteadas con una doble hilera de árboles, producen un ambiente vegetal tan apreciado como deficientemente conservado que, junto a sus espléndidas arquitecturas, preeminentemente modernistas y novecentistas, contribuyen a conformar una singular identidad paisajística.

La reforma de la vía Laietana y la forma en que el túnel de Glòries encaja con el viario urbano son inadmisibles.

Cualquier propuesta urbanística destinada a «calmar» el ambiente del Eixample a partir de una nueva matriz de movilidad, debe ser sistémica y no jerarquizada (hay que recordar que la propuesta de jerarquizar el viario del Eixample ya se intentó en los años treinta con el Pla Macià y nunca prosperó, a pesar de que provenía de un arquitecto tan ilustre como Le Corbusier). Pero tampoco puede ser arbitrariamente fraccionada. La fractalidad del Eixample lo convierte en una unidad conformada por partes con identidad propia, generadora de barrios bien diferenciados, como la Dreta de l’Eixample, l’Esquerra de l’Eixample, la Nova Esquerra, el Clot, el Poblenou, la Vila Olímpica, el 22@…, ejemplos de diversidad e identidad que no precisan de ninguna discriminación microambiental, como las superilles.

Sin ningún objetivo de innovación, los nuevos proyectos renuncian a proponer nuevas soluciones disruptivas como podrían ser la producción de electricidad a partir del efecto piezoeléctrico producido por el roce de los vehículos contra el asfalto, la reordenación sistémica de los caóticos servicios urbanos que tanto dificultan la vida ciudadana (en 1992, en Barcelona, ya se construyeron más de 50 km de galerías subterráneas de servicios), la introducción de nuevos sistemas de iluminación, la mejora y desarrollo del arbolado, la reestructuración del mobiliario urbano…

Sobre todo, renuncian a proponer «plataformas energéticas urbanas» para avanzar hacia una mayor autonomía energética, a replantear problemáticas tan críticas como la recogida de residuos sólidos (hoy, muchos pueblos y ciudades de Cataluña ya disponen de cabinas subterráneas para almacenar las basuras) o a la reordenación de los servicios de mensajería y suministros a domicilios, comercios y oficinas, un fenómeno que por su constante incremento pone en crisis el sistema de movilidad urbana (representa hasta un 40 % del tráfico).

 

El Eixample, generador de zonas verdes

Los problemas medioambientales detectables en el Eixample, como la contaminación del tráfico y el déficit de zonas verdes, tienen solución en el propio Eixample, pero no de la forma que se está haciendo.

Ajardinar un patio de manzana es funcional y ecológicamente mucho mejor que ajardinar la calzada.

Es absurdo el argumento ecológico del proyecto Eixos Verds de reconvertir en zonas verdes las calles y cruces destinados a la movilidad por el Plan Cerdà y el PGM, en lugar de ajardinar los patios de manzana ocupados por edificaciones mayoritariamente obsoletas.

Más allá de sus consecuencias negativas para la actividad socioeconómica, el argumento del proyecto es, en sí mismo, ecológicamente contradictorio, incluso cuantitativamente. La superficie ajardinada que se obtendría en una calle del Eixample, entre dos cruces, sería de unos 1.130 m2, mientras que el ajardinamiento que se obtendría transformando los dos patios de manzana del mismo tramo generarían unos 6.000 m2 de jardín, ¡cinco veces más que ajardinando toda la calzada!

Ajardinar un patio de manzana es funcional y ecológicamente mucho mejor que ajardinar la calzada. Es seguro y óptimo para los niños, como espacio de juego adicional al de los centros escolares y como área de descanso para las personas de más edad. Es, además, una medida óptima para aumentar la calidad ambiental de las viviendas que lo conforman, que mirarían a un jardín y no a una edificación industrial obsoleta.

Respecto a la calzada, la masa vegetal de un patio de manzana ajardinado es mucho mayor y ofrece mayores opciones de diseño y mayor riqueza de especies. Pero, sobre todo, si se ajardinase un suficiente número de patios, se produciría un ecosistema urbano muy significativo ecológicamente. El Central Park resultante no sería un espacio continuo, sino una «acupuntura de jardines» que permitiría a los ciudadanos desplazarse por el Eixample, al margen de las calles, caminando, en bicicleta o en patín, descubriendo nuevos paisajes y singulares arquitecturas.

Entonces, en una emergencia medioambiental como la actual ¿Por qué se renuncia a generar un gran sistema verde central mediante el ajardinamiento generalizado de los patios de manzana?

 

Tendencias deslocalizadoras

Tan grave es el desprecio por la capacidad vertebradora de los grandes equipamientos del Eixample como la inacción ante algunas tendencias deslocalizadoras o de reutilización impropia.

Los grandes equipamientos del Eixample, si por alguna razón han de ser deslocalizados, en modo alguno pueden ser considerados genéricamente como «solares funcionalmente expectantes». Deben estar reservados para equipamientos socioculturales de primer orden con capacidad de vertebración a escala regional.

Algunos temas necesitan una profunda reflexión. Por ejemplo, el raquitismo funcional del Seminario; el mayor rendimiento sociocultural que se podría obtener del Hospital de Sant Pau tras su deslocalización; la insólita —por prolongada— ocupación provisional de la plaza Miró del parque del Escorxador; el carácter «local» y no «general» de los nuevos usos del solar de la antigua cárcel Modelo; el deterioro del parque de la Ciudadela y la desaparición del Zoo; la indefinición sobre Montjuïc; la pobreza funcional de la Escuela Industrial, un espacio que por su dimensión y ubicación debería estar destinado a la expansión del Hospital Clínic; el despropósito socioeconómico que supondría la deslocalización del Clínic, fuera del Eixample… son renuncias e inacciones politicourbanísticas inadmisibles en tiempos de crisis.

La desnaturalización e impotencia de Barcelona que provocará el llamado «urbanismo táctico» es la consecuencia de soslayar la complejidad urbana, difícil de explicar, que ha sido sustituida por un relato subjetivo emocional, fácil de explicar, y de efectos muy rápidos. La frase de Einstein, que pide «explicar las cosas de forma que se entiendan, pero sin simplificarlas», no tiene sentido para el tacticismo populista barcelonés que nace de «fobias» y se implanta mediante «atajos urbanísticos».

Fobia al coche, al progreso tecnológico, a los planes urbanísticos, al diseño cualificado, a la sociedad civil emprendedora, a la complejidad urbana… al propio concepto de Ciudad. Son fobias que para materializarse requieren atajos urbanísticos que también implican atajos procedimentales que pueden suponer inseguridad jurídica y un desincentivo para la inversión.

Pero en Barcelona, la cuestión no está hoy solo en debatir sobre el ¿qué se hace?, sino también sobre el ¿cómo se hace?

Criticar severamente los atajos urbanísticos no implica intentar restringir la capacidad del Ayuntamiento para transformar la ciudad. Al contrario, se trata de asegurar que la transformación en cuestión sea compatible con la creciente complejidad urbana, aunque lleve más tiempo y sea más difícil, y de evitar por imperativo democrático que se realice arbitrariamente.

Los atajos urbanísticos del populismo neoperonista municipal para soslayar la complejidad de los grandes temas urbanos son dirigidos desde un liderazgo mesiánico y hay que analizarlos políticamente por el riesgo que suponen por su deriva hacia una democracia iliberal.

La cuestión es si, conscientes de la potencialidad del Eixample para encarar los nuevos retos derivados de la actual crisis sistémica, estaremos dispuestos como sociedad civil a despreciar un renacimiento urbano pacífico y riguroso a cambio de una revolución emocional subjetiva.