Philip Herring, autor de una biografía de Djuna Barnes (Nueva York, 1892-1982), explica que la atracción por la vida de esta autora le surgió a partir del momento en que se dio cuenta de que todas las aproximaciones para captar justamente una novela como El bosc de la nit (1936) no eran más que intentos frustrados, como si hubiera una especie de trampa o de clave secreta que le impidiera aclararse al lector inocente.

La causa de esta impotencia, según Philip Herring, se debía buscar en el hecho de que Djuna Barnes descargaba las amarguras y los resentimientos privados en los textos que escribía, convirtiéndolos en un campo de batalla en el que ajustaba cuentas por las traiciones y humillaciones de las que era objeto. Quizá sí es cierto que el lector de El bosc de la nit puede agradecer, como una pista de carácter secundario, como un fisgoneo iluminador de un rincón extremadamente oscuro, la información que le ponga al tanto de que Djuna Barnes transformó en materia literaria los avatares que fueron configurando la turbulenta relación sentimental que mantuvo con la escultora Thelma Wood, y de la cual Robin Vote, la protagonista de la novela, constituye una transposición —al fin y al cabo, tanto el apellido real de la amante de la escritora como el de la protagonista en inglés tienen una pronunciación similar a la del bosque que aparece en el título—, del mismo modo que los demás personajes son también representaciones más o menos fidedignas de los amigos y conocidos que Djuna Barnes frecuentó en el París de los años 20.

Pero también es lícito poner en duda que estos datos extraliterarios lleguen a explicar en ningún momento los elementos que fascinan de verdad a los lectores de El bosc de la nit, una novela compuesta con una sugestiva materia escurridiza, rebelde a la concreción de la lógica y servida con una prosa que no se deja ni dominar ni reducir a los simples parámetros argumentales. Quien pretenda explicar qué sucede en sus páginas solo podrá quedarse en la superficie, y no es de extrañar que ningún cineasta se haya atrevido a poner en imágenes lo que en otro caso constituiría una atractiva propuesta cinematográfica.

En rigor, la tragedia que se representa en El bosc de la nit no presenta ningún tipo de complejidad y se la puede considerar una variación más sobre el tema del amor y los celos que desemboca en una indómita trama sentimental vivida como una condena de horror y fatalidad. El escenario es el París de 1927 —y Viena y Nueva York—, y la atmósfera es tan violácea y alucinada como si al fondo respirase Dostoyevski.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

El prólogo de uno de los grandes valedores de Djuna Barnes, T.S. Eliot, en la primera edición de ‘El bosc de la nit’, ha acabado siendo tan famoso como la novela.

La protagonista es Robin Vote, un alma cautiva por una irreprimible y voluntariosa tendencia hacia la autodestrucción, y a su alrededor pululan los tres personajes que luchan para atraerla y conseguir mantenerla a su lado: un falso aristócrata, Felix Volkbein, Nora Flood, que presenta claras coincidencias biográficas con la autora, y Jenny Petherbridge, una mujer orgullosamente madura que reúne en su personalidad los laberintos de la perfidia y el glamur del histrionismo.

 

Monólogos dialogados

Como testimonio de la historia y confidente de los anteriores personajes —en uno de sus discursos dice que «toda la gente de mi vida que me ha amargado la vida ha acudido a mí para saber sobre la degradación y la noche»— está el doctor Matthew O’Connor, una especie de Pepito Grillo con licencia para disentir, imprecar y estropearlo todo a una velocidad tempestuosa. Y ciertamente, la noche, presentada de un modo fantasmagórico, como una selva llena de amenazas insalvables y con un ritmo propio y enigmático donde nada es lo que aparentemente puede parecer, como si todo fuese un circo en el que todo el mundo es lo que no puede ser en la vida diurna, se convierte en el necesario coprotagonista de la desesperanza que experimentan todos, siempre yendo de aquí para allá y arrepintiéndose de su huida constante y de las palabras pertinaces que dicen sin alcanzar ningún tipo de comunicación, como si desgranasen una especie de inquietantes y tensos monólogos dialogados en la vana búsqueda de una coraza verbal que los proteja de la intemperie y de la frialdad de la muerte, como si supieran que al dejar de hablar la muerte se abatiría sobre ellos.

 

Prosa poética

En el prólogo que uno de los grandes valedores de Djuna Barnes, T.S. Eliot, escribió para la primera edición de El bosc de la nit, y que ha acabado siendo tan famoso como la novela, se hacía la distinción entre el estilo de la mayoría de las novelas contemporáneas que se publicaban, o bien escritas como una reproducción exacta de los sonidos que las personas emitían a diario para entenderse, o bien escritas con la prosa funcional característica de los redactores periodísticos o de los funcionarios competentes, y el estilo que Djuna Barnes se inventó como si viviera en el privilegio de un estado de gracia, una prosa que alguien describió como «prosa poética», pero que «tiene el ritmo propio de la prosa y un fraseo musical que no es el del verso».

Djuna Barnes trabaja su prosa de madurez con un estilo que solo puede traer al recuerdo las descargas eléctricas de alto voltaje —son unas frases que parece que busquen a propósito el impacto doloroso, como si se transformaran en agujeros negros que absorben y repelen toda la luz del relato, o como si trazase con hilos luctuosos un tejido carnívoro capaz de devorarse a sí mismo—, consiguiendo un deslumbramiento verbal sinuoso y brusco que con frecuencia enmascara, o simplemente destruye, el sentido argumental que pide el lector acostumbrado a las novelas concebidas como relato de una peripecia entretenida.

Barnes crea un ritmo impetuoso que distrae, abruma o derrota al lector que se acerca por primera vez a El bosc de la nit, y puede sentirse incapaz de asimilar qué es lo que se está narrando, qué es lo que resuena de un modo tan opaco por detrás del repertorio de imágenes que la voz narradora chilla, farfulla y llora como en el delirio extremo de un alcohólico que empuña un vaso que sabe vacío para siempre.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Djuna BarnesEl bosc de la nit Barcelona: Labreu Edicions, 2022 190 pàgs. (Traducció de Laia Malo)
Djuna Barnes. El bosc de la nit. Barcelona: Labreu Edicions, 2022 190 págs. (Traducción de Laia Malo)

 

Un aliento febril de tragedia

Lo que es innegable, sin embargo, es que desde las primeras páginas de la novela el lector no podrá dejar de escuchar un aliento febril de tragedia, un sentimiento doloroso de pérdida y abandono, una tristeza y una nostalgia que no quieren caer en la melancolía y sí, en cambio, en la rabia del enojo como si fuese una enfermedad. Djuna Barnes escribió en una carta a su amiga Emily Coleman que El bosc de la nit era el resultado —el lector la cree al pie de la letra— «de un alma que hablaba consigo misma en medio de la noche».

Otro biógrafo de Djuna Barnes, Andrew Field, explica que en 1937 la escritora desapareció de la vida social y que, como no respondía a las llamadas de nadie, dos amigos fueron al edificio donde vivía y, a escondidas, a través de una claraboya, la vieron cuando estaba a punto de entrar en su dormitorio, muy maquillada, vestida con un déshabillé y con una botella de ginebra en la mano; pero en la cama no había nadie esperándola, solo un montón de papeles y útiles para escribir desparramados, como si se dispusiera a dormir con su única amante, la Literatura: así era Djuna Barnes y así es El bosc de la nit.