Ex presidente del CSIC

Enric Trillas ha sido catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de las universidades politécnicas de Barcelona y de Madrid, investigador del European Center for Soft Computing y profesor emérito de la Universidad de Oviedo. Presidió el CSIC, fue director general del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial y secretario general del Plan Nacional de Investigación Científica y Técnica. Es autor o coautor de más de cuatrocientos artículos y ha escrito una docena de libros. El libro Fray Pedro o la dudosa memoria. Una vida heterogénea (Buenas Letras) es un repaso de su vida en formato de diálogo con un franciscano que vivió a caballo entre los siglos XII y XIII.

 

¿Por qué tiene tanto protagonismo el monje Fray Pedro en sus memorias?

Verá, hacía tiempo que pensaba que algunas de las cosas y situaciones que he vivido las tenía que escribir porque aquellos que las habían vivido conmigo ya estaban muertos; creía que, si no lo hacía, correrían el peligro de desaparecer conmigo. Me daba pena que todo eso se llegara a perder, pero no sabía muy bien cómo arreglármelas y, por ejemplo, escribir un relato cronológico no me apetecía, no quería aburrirme escribiendo un relato de ese tipo; siempre he procurado divertirme, disfrutar escribiendo sin cuadricularme el pensamiento más allá de lo estrictamente necesario en cada caso. Fue la casualidad de encontrar a Fray Pedro, la tradición que lo hace llegar a Oviedo con san Francisco de Asís, lo que hizo que se me ocurriera escribir unas memorias dialogando con el padre franciscano.

Aunque casi solo de cosas científicas, yo escribo desde hace más de sesenta y cinco años, desde mis diecisiete y, siempre, de un modo u otro, me he divertido escribiendo; no soporto aburrirme. En los últimos veinte años he publicado un puñado de libros, la mayoría intentando analizar (matemáticamente) el lenguaje, el pensamiento dirigido y el razonamiento: un tema en el cual he ido avanzando lentamente. Pero no había escrito nunca algo de carácter literario y me gustó hacerlo; me lo pasé tan bien que lo he seguido haciendo.

Déjeme decirle que, de entrada, me hizo gracia dialogar con un fraile muerto en 1214; fue algo que no me resultó demasiado raro, ya que, por un lado, san Francisco de Asís siempre me ha parecido un gran personaje, un santo interesantísimo —quizá no sea en vano, a este respecto, que mi maestro, el profesor Sales i Vallès, hombre muy católico, se llamaba Francesc y firmaba «F. d’A. Sales»— y que, por otro lado, las obras de dos franciscanos ingleses, también del siglo XIII, Guillermo de Occam y Roger Bacon, han influido en mi pensamiento. Como también lo ha hecho el del obispo y cardenal del siglo XIV Nicolás de Cusa (llamado el Cusano), que me sugirió el análisis matemático del concepto de conjetura y la llamada «conjunción de opuestos», que tanta importancia cobró, sobre todo a partir de Lenin, en el pensamiento marxista.

Entre los siglos XIII y XIV se encuentran algunas raíces de lo que he hecho y que, no sin atrevimiento, me atreveré a llamar mi «obra científica»: son dos siglos cruciales, preparan el Renacimiento que concluye la Edad Media y abre la puerta al posterior pensamiento moderno. Añadiendo que, en California, me había apasionado por la historia de las misiones franciscanas y por su iniciador, el franciscano mallorquín san Junípero Serra, y que también me influyó, que me atrae mucho el personaje literario de Guillermo de Baskerville, en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco (un franciscano inspirado en Guillermo de Occam).

Ya se ve que si llegué a Fray Pedro con cierta familiaridad y simpatía con y por los franciscanos es muy posible que lo idealizase y lo imaginara como no era. Yo no sé cómo era Fray Pedro; el del libro es mi Fray Pedro. En este libro del que hablamos, Fray Pedro no solo me permitió escribir sobre aquello que sin él ni siquiera hubiera sabido cómo hacerlo, sino que después lo he seguido utilizando para escribir más libros.

Créame, por favor, si le digo que hablar con un fraile muerto en 1214 no se debe a que esté loco; no es más que un recurso literario que me va muy bien porque me gusta escribir de forma dialogada. No saber nada de la vida y del pensamiento de Fray Pedro me ha permitido sentirme libre para hacerle decir lo que sea; me habría sido mucho más difícil, por ejemplo, con Roger Bacon o con algún (inventado) heterónimo mío.

 

En el título habla de «dudosa memoria». ¿No nos podemos fiar lo suficiente de los recuerdos que tenemos cuando nos hacemos mayores?

Sospecho que siempre, tanto si somos jóvenes como viejos, debemos dudar de los recuerdos, y especialmente de aquellos que no reproducen «hechos desnudos», sino hechos o situaciones en los que estamos involucrados; la posibilidad de «adornarlo» a nuestro favor existe siempre. Si en los «hechos desnudos» puede prevalecer la objetividad, en cuanto estamos relacionados con ellos aparece la subjetividad; por eso considero, con lealtad hacia el lector, que mi memoria es dudosa. No siempre puedo garantizar que las cosas fuesen tal como yo las recuerdo.

 

En el subtítulo escribe «Una vida heterogénea». De todas las facetas de su vida, ¿cuál es la más determinante?

Por lo que se refiere a la segunda cuestión, creo que en mi vida no hay un único determinante; al menos veo siete: la educación que recibí de joven en mi familia; la necesidad personal de entender lo que, interesándome, no conozco lo suficiente o nada bien; mis maestros; mis discípulos; unos pocos amigos; muchos libros y, finalmente, mis hijos.

 

Ha tratado con muchos personajes públicos muy conocidos, tanto en el campo de la política como en el de la docencia. Desde el rey Juan Carlos I hasta Felipe González, pasando por Sandro Pertini o Salvador Dalí. ¿Alguno de estos personajes lo ha marcado especialmente?

No. Los que me marcaron realmente, e intelectualmente, fueron los profesores Francesc Sales, Karl Menger, Lotfi A. Zadeh, Michio Sugeno y Abe Mamdani, catedráticos, respectivamente, en las universidades de Barcelona (donde supervisó mi tesis doctoral), Illinois Tech en Chicago, California en Berkeley, Tokio Tech en Yokohama e Imperial College en Londres.

Gracias a Menger entré en contacto con una corriente importante de investigadores; gracias a Zadeh, a su obra y amistad, hice investigación de importancia; gracias a lo que hizo Sugeno pude reenfocar la obra de Zadeh; y gracias a las conversaciones y correspondencia con Mamdani fue posible que me diera cuenta del cambio de ruta que me ocupa desde hace más de quince años. Sólo Michio Sugeno sigue vivo y lo considero un buen amigo; de los demás me atrevo a decir que son mis maestros.

No quiero ni debo olvidar que también me han marcado algunos de aquellos que han trabajado conmigo y a los que creo que puedo llamar amigos: Claudi Alsina, Sergio Guadarrama, Claudio Moraga y Settimo Termini, que, respectivamente, son catedrático jubilado de la Universidad Politécnica de Cataluña, investigador en la compañía Google, profesor jubilado de la universidad de Dortmund y profesor ordinario jubilado de la universidad de Palermo. Alsina fue uno de mis primeros doctorandos y Guadarrama uno de los últimos.

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Quizá vale la pena añadir, además, que si algunos de los otros personajes que salen en el libro me interesaron —como Salvador Dalí, por ejemplo, y el que más—, no puedo decir que me dejaran marcas intelectuales como los nueve investigadores que he citado. Si hay gente que me limito a recordar, también hay otra a la que no le he dedicado más que una alusión por habérmela encontrado —o tropezado— de pasada. De alguna otra persona no digo ni el nombre y no me importaría olvidarlo; no aprendí de ella nada que valga la pena.

 

Ha estado muchos años en la universidad. ¿Cómo ha evolucionado la educación universitaria? ¿A qué nivel internacional están nuestros centros universitarios? También ha ocupado muchos años cargos de gestión: la presidencia del CSIC o la dirección del INTA, por ejemplo. ¿Le ha gustado más ocupar estos cargos o la docencia universitaria?

Por lo que se refiere a su primera pregunta, no sé muy bien qué responder, salvo que me parece ver un aspecto que creo pernicioso, la «endogamia», el excesivo reclutamiento como profesores de gente formada —grado, máster y doctorado— en la misma universidad que los contrata. Es una «enfermedad infecciosa» que impone la mediocridad y la burocracia, los enemigos mortales de la creatividad, y para la cual no conozco ningún antídoto, salvo una sostenida tradición orientada a evitarla.

No desaparece por leyes del Parlamento ni por decretos del gobierno. Sólo los que están en la universidad pueden hacer que no esté presente. Sólo los mejores «usos y costumbres» universitarios, en los departamentos básicamente, la pueden evitar. La endogamia es una carcoma que se come lo que encuentra y que puede destruir cualquier estructura universitaria, aunque antes fuera muy sólida.

El excesivo reclutamiento como profesores de gente formada en la misma universidad que los contrata es una «enfermedad infecciosa» que impone la mediocridad y la burocracia.

En cuanto al valor internacional de nuestras universidades, creo que aumenta, pero, para mi gusto, poco y demasiado despacio. No sé, y no me lo parece, si hay corrientes de opinión social que se preocupen de ello. No me parece que haya preocupación por el problema de la endogamia y por el hecho, además, de que casi no haya profesores no españoles.

Tampoco oigo «refunfuñar» por el hecho de que no tengamos ninguna universidad entre las primeras del mundo. Quizá la gente ya tiene suficiente con que les den un título a sus hijos. Además, a veces he oído hablar a este respecto a algún responsable universitario que me ha parecido rebosante de triunfalismo. No sé; tómese todo esto, por favor, como una serie de comentarios inseguros.

La última cuestión: ¡sin ningún tipo de duda me ha gustado más el trabajo en la universidad! Un trabajo que siempre he visto ligado a la investigación. No creo en la docencia repetitiva. Un profesor de universidad no debe ser un «repetidor» de lo que otros han establecido. Tiene que explicar, también, lo que él haya descubierto. Si no lo hace, no debería pasar de ayudante de cátedra.

 

Enric Trillas en su casa en Oviedo. Fotografía de Andy Trillas.

Enric Trillas en su casa en Oviedo. Fotografía de Andy Trillas.

 

¿De qué decisión de las que ha tomado a lo largo de su vida se siente más satisfecho en el ámbito científico?

¡Ay, Dios mío! Es una pregunta difícil. Veamos. En tres ocasiones cambié el foco de mi investigación y estoy muy satisfecho. Dos veces reenfoqué, refinándolo, un primer enfoque y también estoy satisfecho. Fueron decisiones que incrementaron mi producción científica y, poco a poco, me fueron llevando hacia el análisis científico del razonamiento, hacia la posibilidad de plantear una «física del lenguaje, el pensamiento dirigido y el razonamiento», cuyo desarrollo efectivo he dejado, a causa de la edad, en manos de mi amigo y antiguo colaborador Luka Eciolaza, profesor en la universidad de Mondragón, en el País Vasco, a quien intento ayudar todo lo que puedo.

Veremos cómo evoluciona un estudio que apenas se está iniciando. Personalmente, me gusta más hablar de lenguaje, pensamiento y razonamiento que de inteligencia, natural o artificial.

 

Se define como socialdemócrata y tuvo cargos en los gobiernos socialistas. ¿Qué queda de la ilusión que llevó a 10 millones de españoles a votar a los socialistas en 1982?

Sí, me considero socialdemócrata y es así, quizá, por la gran admiración que sentí (y todavía siento) por Willy Brandt y Olof Palme, que fueron las caras más visibles del socialismo europeo. Y sí, entre 1983 y 1996 trabajé en todos los gobiernos de Felipe González. Para mí fue un honor. En cuanto a las elecciones de 1982, ya hace cuarenta años; hay partidos políticos que han desaparecido y otros que ha habido que «refundar» para evitarlo. Aquella ilusión tan grande ya no está en el ánimo de tanta gente como entonces. Fue un momento muy especial. Hacía siete años que Franco todavía mandaba y un año antes padecimos un intento de golpe de Estado perpetrado por militares. El PSOE era el único partido que, garantizando la democracia, se veía joven, con gente nueva y desconocida, gente que parecía una promesa para los trabajadores, para los intelectuales y para la gente más progresista.

Me considero socialdemócrata y es así, quizá, por la gran admiración que sentí, y todavía siento, por Willy Brandt y Olof Palme.

Hoy es todo muy diferente, como diferentes de González son Zapatero y Sánchez; parodiando a Alfonso Guerra y pensando en la España de 1982, ya no la conoce ni la madre que la parió. Un cambio para el cual las políticas de los gobiernos socialistas han sido esenciales. Creo que el socialismo democrático aguanta bastante bien. Pese al horror y la inmensa pena provocados por los episodios de corrupción protagonizados por (presuntos) socialistas, no he encontrado nunca otro partido al que votar.

 

Nació en Barcelona en 1940, vive en Oviedo desde hace un montón de años y ha andado por medio mundo. ¿Qué piensa de la propuesta de que Cataluña sea un país independiente de España?

Vivo fuera de Cataluña desde 1984. Antes de vivir en Asturias, pasé veintidós años en Madrid y ya hace dieciséis que vivo en Uviéu (como se dice en bable). Son 44 años en Cataluña y 38 en el resto de España; creo tener buenos amigos en todas partes y entender, conocer y apreciar las partes de este litigio. Pienso que la (ahora mismo legalmente imposible) independencia de Cataluña sería una gran pérdida para España y una grandísima pérdida para Cataluña, y no sólo desde el punto de vista económico. Hay muchos lazos entre las personas, las culturas y las tierras que no se pueden juzgar por el hecho de que alguien con dos apellidos castellanos sea independentista, ni por el hecho de que alguien con dos apellidos catalanes no lo sea. Son muchos siglos, y antes Cataluña tampoco era realmente independiente. Era una parte del reino de Aragón. La historia de España no es lineal, es muy complicada.

Entre 1983 y 1996 trabajé en todos los gobiernos de Felipe González. Para mí fue un honor.

Además, y para la Unión Europa, en la que vivimos gente de países tan diferentes como Francia y Alemania, Polonia y Portugal, Italia y Suecia, Grecia y Luxemburgo, etc., sería un grave error político. No hacen falta más, sino menos fronteras, y hemos de tender hacia una federación europea. A mí me gustaría que España fuese un país federal; para eso ya hemos hecho un trozo del camino, nuestras comunidades autónomas son una especie de ensayo del que habría que eliminar lo que no ha funcionado y preservar lo que ha funcionado. No hay que hacer grandes cambios en la Constitución de 1978.

Aunque no me parece suficiente, me gusta cuando oigo hablar de cogobernanza. No creo que el independentismo sea una buena idea; creo en el federalismo, y cada día prefiero más las palabras modestas, pequeñitas, y no las grandiosas e inmodestas, que me dan miedo. A veces oigo unas cosas que me entran ganas de salir corriendo y esconderme. Me gusta ser un español catalán —no creo poder ser otra cosa— y andar por el mundo con el mismo pasaporte España-Unión Europea que un valenciano, un andaluz, un madrileño, un asturiano, etc. Espero, por el bien de todo y de todos, que no se repita nunca más nada parecido siquiera a los hechos de octubre de 2017. Fue todo ridículo, en conjunto, y sentí mucha pena, mucha.

 

Los franciscanos tienen una presencia notable en el libro. ¿La religión juega un papel positivo o negativo en el progreso de la humanidad?

Bueno, ya le he explicado el motivo de la presencia franciscana. En cuanto al papel de la religión en el progreso, mi respuesta es «depende». Si Occam, Bacon y el Cusano juegan en el terreno positivo, los que condenaron a muerte, a quemarlo vivo, a Giordano Bruno, juegan en el negativo. Isaac Newton fue un hombre muy religioso, incluso estudió muy a fondo la Biblia, y jugó en el terreno positivo. Me parece un error pensar sólo en católicos; no son los únicos con una religión, y hay mucha gente que no es católica.

Espero por el bien de todo y de todos que no se repita nunca más nada parecido siquiera a los hechos de octubre de 2017. Fue todo ridículo, en conjunto, y sentí mucha pena, mucha.

Por ejemplo, Albert Einstein ni era católico, ni cristiano, ni seguía la religión judía, pero a mí me parece un hombre religioso, un hombre que creía en Dios, su Der Alte, «El Viejo», un Dios que no jugaba a los dados. Einstein jugó en campo positivo. Tampoco estoy seguro de que se haya de pensar en sólo dos campos; hay gente de la que no se sabe si tenía religión y que dudo que haya estado siempre en el mismo campo. ¿En cuál jugó Werner von Braun? ¿En cuál jugó Oppenheimer? Yo no tengo la respuesta.

 

¿Cree más posible que exista Dios o que haya vida inteligente en el universo?

Son dos cosas que considero arraigadas en ámbitos muy diferentes de pensamiento y por ello se me hace difícil responder. De la segunda, empírica al fin y al cabo, es posible que se acaben teniendo datos y, entonces será posible asignarle una probabilidad. Mientras tanto, solo se puede razonar por analogía, por semejanzas, y mi respuesta es que creo muy probable que haya vida inteligente en el universo. No puedo, no sé, ir más allá.

En cuanto a la primera cuestión, no pertenece a un campo que alguien pueda llegar a observar y experimentar; no es una pregunta de base empírica, no es comprobable, no es falsable; no me parece que pueda tener una respuesta desde la ciencia. Es un asunto de «creencia». Hay gente, científicos o no, que, como yo mismo, cree en un Dios único, tal como lo creían Baruch Spinoza y Albert Einstein; otros no lo creen.

Yo veo a Dios entre las maravillas y regularidades de la vida, en cómo en cada estación del año se reproduce todo.

Yo lo veo entre las maravillas y regularidades de la vida, en cómo en cada estación del año se reproduce todo (las hojas caen, por ejemplo, los árboles brotan, etc.), en la maravillosa adaptación de las matemáticas para estudiar la naturaleza, en la fantástica magnitud del universo… De hecho, mi creencia se basa en las maravillas de la naturaleza. Quizá es estética, metafísica, más espiritual que otra cosa.

No se me ocurre hablar de la probabilidad de que Dios exista, y tengo para mí, apoyando a Spinoza y Einstein, que Dios es todo lo que hay, lo que hubo y lo que habrá; un ente de pensamiento que no es ni macho ni hembra y que, como cualquier pensamiento, no puedo tocarlo; está fuera de los sentidos. Es un concepto precioso, es el Amor incondicional; para Él, pensar y hacer es lo mismo. No sé qué más puedo decirle.

 

Concluye el libro preguntándose si ha cumplido con la oración de san Francisco de Asís, «que no busque yo tanto ser comprendido como comprender / ser amado como amar…» ¿Qué respuesta da?

Que lo intenté, pero que es muy posible, incluso probable, que más de una vez no lo haya conseguido. San Francisco, muy comprensivo con las flaquezas humanas es, como lo es Jesús con frecuencia en el Evangelio, muy exigente; es un cristiano que se toma muy en serio lo de amarse los unos a los otros. Para mí, esta oración es, junto con el Paternoster, una gran síntesis del cristianismo, tanto si es realmente de san Francisco como si no lo es. Un punto de vista desde el cual, vuelvo a decirlo, lo intenté.

 

¿Tiene la sensación de haber incluido todo lo que haría falta en estas memorias?

No, en absoluto. Una vez publicado el libro me di cuenta de algún olvido que me ha dolido y, sobre todo, de que pese a explicar muchas cosas en las que intervine, hay una falta de significado del personaje —yo mismo— que se debería redondear. Faltan, por ejemplo, experiencias y aficiones, espirituales e intelectuales. Hace falta un esfuerzo para alejarme más de mí mismo y mirarme rodeado de mis lecturas, amigos o conocidos perdidos, etc.

La heterogeneidad de mi vida no es suficiente para explicarme o, al menos, para hacerlo del todo, y hace falta, además, corregir aquellos olvidos que me han disgustado y que en parte se deben a cómo escribí el libro, sin diseñarlo primero. De todos modos, en la cubierta ya se dice que es el primero de tres, de una trilogía.

El segundo, ya terminado y que pronto entrará en imprenta, saldrá en febrero de 2023 con el título En tregua conmigo mismo: Excursum Vitae. El tercero, todavía no escrito del todo, será una novela, un relato ficticio situado en el siglo XIII y cuyo origen es el propio Fray Pedro, ya muerto, a causa de que le sugieren unas gafas que, entonces, empezaban a ser habituales.

Es un relato en el que juega un papel notable la universidad de Oxford, entonces muy joven, y se combina con alguna historia local inventada. El título compartido por los tres libros, el de la trilogía, será, naturalmente, Fray Pedro o la dudosa memoria. Sin la aparición en mi senectud de Fray Pedro no la habría escrito nunca. Si en Una vida heterogénea explico lo que creo recodar como verdadero, en el Excursum ya abro la puerta a la imaginación y en Crónica es todo ficción.

Para acabar, déjeme añadir que, como puede ver, hay muchos motivos para el notable papel del franciscano; un papel que, pese a cambiar considerablemente, se mantiene en el segundo libro, pero que en el tercero se difumina hacia la retaguardia del relato.