No se puede decir que el Gobierno de Pedro Sánchez lo haya tenido fácil. Si a la insuficiente mayoría que sostiene al Ejecutivo, (120 escaños del PSOE y 35 de Podemos) se añade que a los dos meses de su formación se declaró la pandemia de la covid-19, se podría decir que el Ejecutivo empezó con mal pie. Especialmente porque a Sánchez la oposición no le dio tregua. Ni cien días, ni un minuto. En la misma sesión de investidura, antes incluso de ser votado presidente, el líder del PP, Pablo Casado, ya cuestionó la legitimidad del Gobierno y, más tarde, en mitad del confinamiento, decidió abandonar al Ejecutivo a su suerte, negándose a apoyar en el Congreso las prórrogas del estado de alarma.

Pensaron en el PP que Sánchez caería por el clamor de la ciudadanía contra el duro encierro domiciliario de marzo a mayo de 2020, como si la madrileña y pija calle de Núñez de Balboa fuera el espejo de toda España, y por la crisis económica subsecuente a la pandemia. Pero, de momento, el presidente y su Gobierno han sobrevivido a todo, a la crisis sanitaria, a la económica, a la difícil cohabitación con Podemos y su anterior líder, Pablo Iglesias, y a la salvaje oposición de los partidos de la derecha.

En situaciones críticas, no suele quedar más remedio que hacer de la necesidad virtud. Así que la pandemia y su ardua gestión han servido, por ejemplo, para ensayar por primera vez la cogobernanza federal, al tener las Comunidades Autónomas que tomar decisiones impopulares sobre cierre de la hostelería o confinamientos perimetrales, coordinándose con el Gobierno del Estado, a veces con más pena que gloria. Una experiencia nueva, trufada de tensiones, pero que ha registrado éxitos, como una muy buena campaña de vacunación, y que no ha ido peor que en países de larga experiencia federal, como Alemania, donde Angela Merkel ha tenido que vérselas con los länder, imponiéndose en ocasiones y cediendo en otras.

Nadie tenía un manual de instrucciones para guiarse en una crisis sanitaria mundial, que puso a los sistemas de salud al borde del colapso, con miles de muertos, centenares de ingresados en las UCI y con los sanitarios próximos a la extenuación, sin medios ni humanos ni materiales para afrontar la avalancha de enfermos. Pero tampoco en eso España fue una excepción, la sensación de impotencia también fue planetaria. Entre marzo y abril de 2020, 3.000 millones de ciudadanos del mundo estaban confinados en sus casas y las estructuras sanitarias de sus países de residencia padecían similares deficiencias, peores aun en los países sin un sistema público de salud.

El primer Gobierno de coalición de la democracia es un insólito gobierno de los socialistas con la extrema izquierda, el único que se pudo formar.

Ha sido seguramente el hecho de tener que trabajar con medios exiguos en la pandemia y también en la pura política parlamentaria lo que ha producido la mayor parte de las luces pero también de las sombras de esta etapa del primer Gobierno de coalición de la recuperada democracia. Un gobierno que no es de centroizquierda al estilo europeo, es un insólito gobierno de los socialistas con la extrema izquierda, el único que se pudo formar.

 

Lejos de la mayoría absoluta

 Así como Sánchez se vio obligado a afrontar el ensayo federal, delegando en las autonomías aquellas competencias que ya tenían estatutariamente, pero que en la crisis sanitaria parecía tener tentación de centralizar, del mismo modo ha tenido que negociar cada apoyo parlamentario para sacar adelante cualquier medida, desde las prórrogas de los estados de alarma a los Presupuestos Generales. Porque los 155 diputados que reúnen socialistas y podemistas están lejos de la mayoría absoluta (176 escaños) necesaria tanto para la investidura como para aprobar algunas leyes.

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Ese hecho, al igual que las relaciones con las comunidades, ha dado lugar a momentos de tirantez dentro del propio Gobierno de coalición o con los grupos parlamentarios que vienen apoyándolo. Así que ha habido temporadas de ruido, de mucho ruido, que llevaron incluso a los partidarios a pensar que la situación se estaba volviendo insostenible. En unas ocasiones, por algunas salidas de tono del que fue vicepresidente segundo y líder de Podemos hasta el pasado mes de abril, Pablo Iglesias, incapaz de reprimir su personalismo y su tendencia a marcar distancia permanente de los socios mayoritarios del Gobierno, en otras, por la volatilidad de socios como ERC.

Pero a Sánchez aún le acompaña la suerte del superviviente de difíciles batallas y, poco a poco, ese ruido se ha ido aminorando. En parte porque la sociedad española se ha acostumbrado en este tiempo a que haya, sí, 17 cierres perimetrales diferentes o distintas horas para el toque de queda sin que por eso se organice un caos o, peor, se rompa España. La mayoría de los españoles, en particular los de comunidades sin partidos nacionalistas, han pasado de escandalizarse porque cada autonomía asumía sus responsabilidades a su manera, a entender que eso es la normalidad democrática en un país descentralizado. A que eso haya ocurrido no solo ha ayudado la fuerza de los hechos, también que los presidentes autonómicos del PP y del PSOE han asumido con tanto ímpetu sus responsabilidades, que han acabado por convertir en algo corriente lo que en principio a muchos podía parecerles extraordinario.

 

 

Fin del ruido

Del mismo modo, la decisión de Iglesias de dejar el Gobierno para presentarse a las elecciones autonómicas de Madrid y posteriormente de abandonar el liderazgo de Podemos, ha servido para acallar el alboroto gubernamental. Su sucesora en el gabinete, la vicepresidenta tercera y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, con un talante menos estridente que su antecesor, ha contribuido a templar las relaciones internas. Se acabó, por tanto, el ruido, aunque no se han acabado, obviamente, las discrepancias internas sobre políticas concretas.

La mayoría de los españoles han pasado de escandalizarse porque cada autonomía asumía sus responsabilidades a entenderlo como normalidad democrática en un país descentralizado.

Lo más duro de la cotidianidad política ha sido y sigue siendo para el Gobierno la abrupta oposición que hace el PP, a veces a rebufo de Vox, el partido ultraderechista que consiguió 52 escaños en las elecciones de noviembre de 2019. Casado se equivocó pensando que Sánchez caería por la pandemia y la crisis económica que esta provocó y parece que continúa equivocándose al pensar que negándose a pactar cualquier cosa con él, ni la renovación de los organismos constitucionales ni política de Estado alguna, o, por ejemplo, recogiendo firmas contra los indultos a los presos del procés, podrá conseguir que el presidente se sienta tan incómodo que acabe adelantando las elecciones. Porque esa, la del avance electoral, es la única vía que tiene el líder del PP para alcanzar la Moncloa en breve y no parece en absoluto probable.

La derecha no tiene una mayoría alternativa para ganar a Sánchez y desalojarle de la Moncloa con una moción de censura y aunque su capacidad de crispación social es elevada, como ya demostró en ocasiones anteriores contra los presidentes socialistas Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero, también lo es la capacidad de resistencia de Sánchez, igualmente demostrada. Hasta el momento el presidente le va ganando la partida al PP, porque las cosas no le están saliendo mal, incluso en un asunto tan delicado como los indultos, que concitaban el rechazo de la mayoría de los ciudadanos fuera de Catalunya o el País Vasco.

 

Para Casado, gobierno ilegítimo

Y ello pese a que Casado ha acompañado sus acusaciones y ataques a Sánchez con el argumentario que estrenó en el debate de investidura, que consiste en considerar ilegítimo a un Gobierno nacido de la decisión de los españoles en las urnas, pero que el líder popular califica de socialcomunista, bolivariano y otros calificativos por el estilo. Esta estrategia tampoco es nueva. La utilizó también el PP contra Zapatero, que ganó las elecciones en marzo del 2004, tres días después de los atentados yihadistas del 11M.

El avance electoral es la única vía que tiene el líder del PP para alcanzar la Moncloa en breve y no parece en absoluto probable.

Esos son los elementos que han conformado el ambiente general en el que se ha tenido que mover el Gobierno en estos veinte meses de trayectoria: pandemia, crisis económica, fricciones entre los socios de Gobierno y con sus apoyos parlamentarios, imposibilidad de pactar nada con el PP… Pese a ello, el balance de esta parte de la legislatura es razonablemente positivo. No solo por la buena campaña de vacunación que, una vez distribuidas las vacunas por el Ejecutivo se está llevando a cabo por las autonomías, en esa experiencia de nueva cogobernanza.

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Lo más importante fue que Sánchez consiguió aprobar los Presupuestos Generales, con una amplísima mayoría, algo que parecía impensable solo unas semanas antes, y acabó así con la provisionalidad que representaban las sucesivas prórrogas de los presupuestos aprobados en 2018 por el Gobierno de Rajoy. Con esos nuevos Presupuestos, el Gobierno tiene garantizada la continuidad de la legislatura incluso en el supuesto de que no lograra aprobar ninguno más.

 

Mala salud de hierro

El Ejecutivo fue capaz además de afrontar la crisis económica con medidas que, como los ERTE, permitieron amortiguar los efectos sociales de la pandemia, aunque hubo problemas iniciales de tramitación burocrática. Problemas que se repitieron a la hora de otorgar el ingreso mínimo vital, otra medida inédita que se aprobó en las Cortes con amplios apoyos. Más importante aún es que todas esas iniciativas de apoyo a quienes estaban en riesgo de perder su trabajo y a los más necesitados se sacaron adelante con el respaldo de los agentes sociales. Los pactos que parece imposible alcanzar con la derecha política se han sucedido, sin embargo, con la patronal y los sindicatos. Un éxito que hay que apuntar en el haber de la ministra de Trabajo.

Ha habido más leyes, aprobadas por amplia mayoría, aunque en medio del ruido no se percibieran en toda su dimensión e importancia. El Gobierno logró que pasaran la ley de Educación, la de Eutanasia y la de Cambio Climático, las tres de gran trascendencia. Las dos primeras concitaron el rechazo del PP y Vox. Los ultraderechistas también votaron en contra de la tercera, pero en esa votación los populares se abstuvieron.

Este es el relato de algunos de los claroscuros que se han producido en la accidentada primera mitad de la legislatura. Luces y sombras que le han permitido al Gobierno demostrar su mala salud de hierro.