Durante el cambio de milenio, el cine español experimentó múltiples transformaciones. Una de ellas consistió en la aparición de una nueva forma de relato semidocumental, la llamada «no ficción», que sirvió de base para la realización de numerosísimas películas. Gracias a las nuevas cámaras digitales, y a la facilidad con que el material grabado podía editarse en un ordenador, se trataba de un formato rápido, económico y con múltiples posibilidades creativas. En construcción (2001), de José Luis Guerin, quizá fuera el más exitoso de esos intentos, en dura competición con La leyenda del tiempo (2006), de Isaki Lacuesta.

Pero sería insensato ahora pretender mencionarlos todos, por lo que basta con referirse a uno de ellos que, en su momento, se convirtió también en emblema de los nuevos tiempos. En efecto, Fuente Álamo. La caricia del tiempo (2002), realizado por un cineasta que entonces apenas había superado los 30 años, Pablo García, respondía perfectamente al modelo: a partir de una autoficción que pretendía hablar de sus orígenes, del lugar geográfico y de la familia de la que procedía, el joven director reflexionaba sobre el paso del tiempo, el país en el que le había tocado vivir, las posibilidades del cine para reflejar todo eso…

Miñarro es una de las personalidades irremplazables de la producción cinematográfica en España y Cataluña.

Casi veinte años después, Pablo García acaba de presentar su última película, Camino incierto (2021), que se pudo ver en el último Festival L’Alternativa de Barcelona y que ha firmado como Pablo García Pérez de Lara. El tiempo transcurrido entre una y otra da una idea de lo que ha ocurrido con buena parte de aquellos jóvenes cineastas que se atrevieron a dirigir un primer film en aquellos momentos y que ahora, pasados los años, se encuentran con que su carrera en el cine no ha sido precisamente un camino de rosas. La crisis económica de 2008 tuvo la culpa, pero también la idiosincrasia del cine español y catalán, pues fue en Cataluña donde surgieron muchos de estos nuevos directores.

 

Un relato melancólico

Obsesionadas con un modelo de cine periclitado, con formatos narrativos incapaces de conectar con las nuevas generaciones, las respectivas «industrias» se muestran siempre reacias a aceptar cualquier tipo de innovación, tanto en la puesta en escena como en las formas de producción y distribución. Y el resultado es un paisaje más bien desértico, en el que todavía se intenta vivir del falso glamour de los premios locales y no existen las ayudas suficientes, ni económicas ni morales, para quienes intentan hacer algo distinto. Camino incierto, de título inequívoco al respecto, da cuenta de esa situación a través de un relato melancólico, que muy bien podría ser el sentido epitafio provisional de toda aquella revolución.

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Estamos ante una película sobre el hecho de crecer, también de envejecer, y de ver que en el fondo solo permanecen las mismas cosas: Fuente Álamos, el pueblo de Albacete en el que Pablo García filmó su ópera prima y donde se sitúan sus orígenes, y por supuesto el cine, o mejor, la manera en que el cine puede dar sentido a una vida. Paralelamente, sin embargo, Camino incierto documenta la decadencia actual de aquella revolución fílmica en la figura de uno de sus artífices fundamentales, el productor Lluís Miñarro, la persona que estuvo detrás de Fuente Álamos y de Bolboreta, mariposa, papallona (2007), el siguiente largo de «no ficción» de García.

Miñarro es una de las personalidades irremplazables de la producción cinematográfica en España y Cataluña, por mucho que desde determinados sectores aún no se le reconozca como tal. A través de la productora Eddie Saeta, que fundó en 1989 junto con Isabel Coixet, ha hecho posibles algunas películas de los más prestigiosos directores catalanes y españoles, desde Marc Recha a Albert Serra, pasando por José Luis Guerin y Javier Rebollo, pero también de un buen puñado de extranjeros que se cuentan entre lo más granado de la modernidad cinematográfica de las últimas décadas: el argentino Lisandro Alonso o el portugués Manoel de Oliveira, entre otros. Y con su participación en Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010), la obra maestra del tailandés Apichatpong Weerasethakul, contribuyó a que la película se alzara con la Palma de Oro en Cannes, convirtiéndose así en el segundo productor catalán (después de Pere Portabella, que fue el pionero con Viridiana, de Luis Buñuel, en 1961) capaz de conseguir tal proeza, si la memoria no me falla.

El cine catalán y español que merece la pena continúa resistiendo contra quien pretenda reducirlo a un simple instrumento político.

Camino incierto se dedica también a filmar los días en que Miñarro se vio obligado a desalojar la sede de su productora en Barcelona, obligado a ello por la situación económica global. Se trataba de una casa tranquila y luminosa, situada en uno de los passatges más bellos del Eixample, que ya no pudo costear cuando llegó la crisis. En la película de García Pérez de Lara, vemos al productor metiendo el material de la oficina en cajas de cartón, deambulando por habitaciones vacías, murmurando alguna que otra frase mientras la cámara intenta acercarse a su rostro cansado y serio… Es el final de una época, una situación que parece inspirada en algún film de Luchino Visconti pero a la que el director se enfrenta con sencillez y humildad, sabedor de que también está siendo testigo de su propio pasado.

 

El productor de cine Lluís Miñarro en una imagen de archivo de Petr Novák. Wikipedia Commons.

El productor de cine Lluís Miñarro en una imagen de archivo de Petr Novák. Wikipedia Commons.

 

Álbum de recuerdos

Si a estas pequeñas, memorables escenas, añadimos la presencia en la película del mismísimo Apichatpong, pero también de Pedro Costa, uno de los mejores cineastas portugueses de ahora mismo (no se pierdan Vitalina Varela si la ven anunciada en alguna filmoteca o plataforma), este segundo largo de García Pérez de Lara acaba convirtiéndose en una especie de álbum de recuerdos de una cierta manera de entender el cine que quizá hoy empiece a pertenecer ya al pasado.

En los dos últimos años, sin embargo, Miñarro ha logrado apoyar por su cuenta films igualmente arriesgados, como Un blues para Teherán (Javier Tolentino, 2020) o el cortometraje Records d’un arbre (Sònia Abella, 2021), presentados recientemente en el Festival de Cinema D’Autor de Barcelona junto con la extraordinaria, extrañísima La veduta luminosa (2021), de Fabrizio Ferraro, que también acaba de producir.

El protagonista de esta última es un director de cine italiano, desencantado y depresivo, que tiene la intención de dirigir una película sobre Hölderlin en algún lugar de Alemania. Cuando una ayudante de producción se empeña en acompañarlo en un viaje a través de esas localizaciones, la película se convierte en una road movie sin destino ni objetivo, una travesía absurda por lo que queda de Europa que alcanza su punto álgido cuando el cineasta se interna en la espesura de un bosque perdido en sus propios pensamientos. ¿Quién se atrevería a producir hoy día una historia como esta si no fuera alguien que ya tiene muy poco que perder? El trabajo como director de Lluís Miñarro, que incluye propuestas tan sugerentes como Stella cadente (2014) o Love Me Not (2019), y del que otro día hablaremos, quizá esté en la base de esa inalterable confianza suya en las películas que aún están por hacer, en el cine que sin duda va a venir.

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El poder corrosivo de la ficción

Pues otra de sus producciones de 2021 viene firmada por una joven directora española y ha sido avalada tanto por el Festival de Rotterdam como, hace poco, por el de Málaga. Destello bravío, de Ainhoa Rodríguez, propone contemplar una pequeña localidad de Extremadura como si se tratara de una mezcla entre realismo y surrealismo, entre costumbrismo y esperpento, entre Berlanga y David Lynch.

Y el resultado es una sucesión de viñetas deslumbrantes, que celebran el poder corrosivo de la ficción respecto a cualquier ilusión identitaria a la vez que reivindican un único lugar de pertenencia: el cine y sus alrededores. De aquella «no ficción» del cambio de siglo a este «nuevo relato» que propone Destello bravío, el cine catalán y español que realmente merece la pena continúa resistiendo contra viento y marea, contra todo aquel que pretenda seguir reduciéndolo a un simple instrumento político o a un mero avatar de la industria.