Referencia ética

Victòria Camps es, literalmente, un referente ético. Catedrática de Filosofía Moral y Política de la UAB, es autora de numerosos y premiados ensayos, y participa o ha participado en fundaciones y comités de diversos hospitales, fundaciones e instituciones, entre los cuales figuran el Consejo de Estado y la Fundació Víctor Grífols, así como en el comité editorial de revistas especializadas. Comprometida con el federalismo y el Estado del bienestar, fue senadora durante tres años. Su último libro es Tiempo de cuidados: otra forma de estar en el mundo (Arpa).

 

¿Qué es la ética de los cuidados y qué la hace diferente de otras éticas?

Lo más importante de la ética de los cuidados es el concepto de cuidado, que nunca había formado parte de la ética. No se hablaba del cuidado como de un valor. Gracias a la psicóloga Carol Gilligan, que en el curso de un estudio vio que la forma de razonar de las niñas tenía más en cuenta eso que ella llamó «cuidado» —el cuidado de los demás, la proximidad, el afecto, la responsabilidad—, este concepto se ha convertido en un concepto central. La misma Gilligan afirmó que era tan central como la justicia. Creo que este es el cambio básico que se ha operado.

En la ética, tanto si se trataba de una ética de principios como de virtudes, el concepto de justicia siempre ha sido fundamental; en cambio, en el cuidado hay otra idea que puede entenderse de muchas maneras: se puede entender como un complemento de la justicia que tiene más que ver con las actitudes de las personas. La justicia es, en último término, una obligación de los Estados. En cambio, cuidar del otro es, al menos en principio, una obligación individual.

 

Algunas de las ideas que se desprenden del libro son que los cuidados están más allá de la justicia, que son difícilmente regulables y que deben ser más flexibles…

Una de las conclusiones a las que he llegado es que deberían ser un derecho social tan importante como el derecho a la educación o el derecho a la protección de la salud, o el derecho a la vivienda, o el derecho al trabajo, pero que implican también un deber. Así como los derechos sociales implican unos deberes que son competencia de los Estados, del Estado del bienestar, la obligación de cuidar es una obligación tanto institucional como individual.

 

Y eso es lo que hace diferentes los cuidados…

…eso es lo más relevante. Que tanto los individuos como las familias, es decir, la institución familiar que depende de los individuos, tienen unas obligaciones; pero como cada vez hay más necesidad de cuidados, por la dependencia, la longevidad y una serie de cosas que pueden ser una ventaja o no serlo, porque ahora vivimos más años, pero no siempre los vivimos mejor, entonces hace falta que haya también una obligación institucional de las administraciones, de las entidades públicas, y no solo de las privadas.

 

¿Y están en disposición de hacerlo?

Han de empezar a estarlo, diría yo (se ríe). Porque la ley de la dependencia todavía está muy poco desarrollada, pero creo que se ha ido viendo que las políticas de los cuidados, como las llamamos, están cada vez más presentes en los programas de los partidos políticos, al menos de los más progresistas, y además afectan a otras políticas, como las políticas de conciliación, de las que antes no se hablaba siquiera.

 

Pero estas políticas, ¿no acaban siendo a veces un simple maquillaje? Estoy pensando sobre todo en la responsabilidad social corporativa, el pinkwashing, etcétera.

Sí, sí, desde luego. Últimamente, veo que hay un eslogan que se utiliza mucho, que es que se debe hacer una política o una empresa centrada en la persona, y pienso que no deja de ser una frase publicitaria, pura propaganda, porque después no sabes qué quiere decir eso en la práctica; y tiene mucho que ver con los cuidados, especialmente en las políticas públicas: las personas en las cuales se han de centrar los cuidados son las más vulnerables, las más necesitadas de asistencia y ayuda pública.

 

El conflicto que se ha producido entre derechos individuales y derechos colectivos en asuntos como el pasaporte covid, la vacunación, etcétera, ¿tiene que ver con el hecho de que nos empeñamos en mirar mucho las reglas del juego y nos ocupamos poco de cuidar?

Yo creo que esto tiene más que ver con el derecho a la libertad, que lo tenemos como un derecho fundamental y es el más consagrado y extendido, y que todo aquello que sea una limitación de las libertades nos hace reaccionar de una manera más enérgica, diría yo, que las vulneraciones de otros derechos que no están tan relacionados con la libertad, sobre todo los derechos sociales.

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¿Eso está condicionado por un cierto discurso neoliberal que ya hace décadas que dura?

Sin duda. Miremos lo que ha pasado con las residencias geriátricas. Se ha ido improvisando una forma de atender a las personas dependientes y a las personas mayores que necesitaban ayuda como un negocio, más que como una obligación pública. Públicamente, ni se ha debatido ni se ha pensado cuál era la mejor manera de hacerlo, porque una de las cosas que se han ido viendo a raíz de la pandemia, por ejemplo, es que la gente que está en residencias voluntariamente no llega al 5% del total. Este 5% corresponde a personas que están solas y que seguramente son las que se encuentran en las mejores residencias, esas que son como un apartamento, lo que viene a ser como vivir en casa.

 

…el assisted living.

Ese modelo no se ha implantado, y seguramente es la mejor manera de atender las necesidades de las personas mayores.

 

¿Cómo pueden evaluar las instituciones el grado o la calidad de los cuidados que ofrecen?

Esta es otra cuestión. Una cosa es que se debe cuidar; y otra es cómo se debe cuidar para preservar al máximo la autonomía de la persona cuidada. Y al mismo tiempo, para que la persona que cuida no se queme en su tarea, porque cuidar siempre implica un esfuerzo. No vale ponernos «estupendos» y decir que es una tarea gratificante; es una obligación y un esfuerzo que debemos a las personas, sobre todo a aquellas que han cuidado de nosotros. Pero tener en casa a un enfermo de Alzheimer o una persona con discapacidad implica un esfuerzo, y se debe ayudar a las familias que se hacen cargo de los familiares que tienen estas necesidades.

 

Aun así, vuelvo un poco a la pregunta anterior: ¿cómo se evalúa que todo esto está haciéndose correctamente, y más cuando hay cuidadores profesionales implicados?

Creo que hay muchas cosas que considerar aquí: una de ellas es hasta qué punto cuidar consiste solo en una especie de asistencia, o si hay también una obligación de atención médica cuando es necesario. Esta es una de las cosas que han fallado con la pandemia y las residencias se han defendido diciendo: «Es que nosotros no somos hospitales y no tenemos la obligación de proporcionar asistencia médica, sino solo de acompañar a cada persona, de asistirla y ayudarla, pero nada más.» Yo creo que esto debería ser un continuo en un mundo como el nuestro en el que las enfermedades crónicas están cada vez más extendidas. En muchas ocasiones esta diferencia no se puede establecer.

«Hay mujeres que vienen aquí a cuidar a familiares que no son suyos y han de descuidar a los suyos, en su país por necesidades económicas.»

Otro aspecto, luego, es reconocer cómo podemos establecer el valor del cuidado. Materialmente, claro, porque no se trata de decir solo que esas personas que cuidan son muy importantes y necesarias, sino que debemos reconocer que quienes se dedican a estos menesteres están haciendo un trabajo esencial, como se ha dicho durante la pandemia. No solo debería haber un reconocimiento económico, sino también en términos de seguridad social, de un derecho al paro que no tienen, de unas condiciones de seguridad material que reconozcan que son personas necesarias por la tarea que realizan.

 

Esto nos lleva a otro de los ejes, creo, que es el de los cuidados y el género, y su complicada relación…

…eso es clave, porque es el punto de partida del valor del cuidado. Cuando se empieza a valorar, las feministas protestan porque dicen: «No nos conviene». El problema no es «no nos conviene»; el problema es que los cuidados son una necesidad, y de una necesidad se deriva una responsabilidad. ¿A quién corresponde esta responsabilidad? La respuesta es a todo el mundo. No solo a las mujeres. Por tanto, es un avance para las mujeres reconocer que debe haber una responsabilidad de cuidar y que se debe repartir entre hombres y mujeres, entre la familia y las instituciones públicas.

 

En el estado actual del debate, ¿no nos hemos quedado estancados al delegarlo en las mujeres más pobres?

Siempre. Hay mujeres que vienen aquí a cuidar a familiares que no son suyos y que han de descuidar a los suyos, en su país, por necesidades económicas. Este agravio siempre está presente. Lo cual no quiere decir que sea justo. Sobre esto hay una frase de una politóloga, Joan Tronto, que es quien escribe sobre «democracia cuidadora», que es otro concepto que se añade a los cuidados más allá del mundo sanitario, según el cual es la misma democracia la que debe ser cuidadora y la que debe identificar cuándo hay necesidades de cuidados donde sea… Tronto tiene una frase, como te decía, que afirma que un Estado que se haga cargo de los cuidados es un Estado que detecta necesidades y reparte responsabilidades. Creo que está muy bien visto. Por un lado, la parte de la detección; si lo dejamos en manos de las familias, no se detectan todas, solo las más cercanas, pero quizá no las más importantes, las perentorias. Y luego, repartir responsabilidades. Qué le corresponde hacer al Estado y qué se ha de obligar a hacer a las familias.

 

En el libro comenta que las residencias, en la práctica, son como los antiguos internados…

Son internados peores que los internados que había antes para los niños y los jóvenes, porque esos eran temporales y la residencia, en cambio, se presenta al final de vida. La persona que ingresa en ella ya sabe que morirá allí, que no saldrá de allí en cierto sentido. Y creo que esto debemos trabajarlo en profundidad, determinar cuál es la manera de atender a las personas que necesitan una ayuda especial.

 

Cuando se hacen afirmaciones desde la opinión pública sobre la falta de solidaridad generacional, en el sentido de que la gente mayor se enriquece con los sueldos de los jóvenes; cuando se habla del tapón generacional, ¿estamos desvirtuando los cuidados?

Sí, son los pensionistas, pero algunos son pensionistas muy pobres. Muchos lo son, de hecho.

No es correcto hablar así. Y en la necesidad de los cuidados también entra la discapacidad. Es una forma de extrapolar un problema y convertirlo en otro que no tiene nada que ver. Que existe la necesidad de cuidados es evidente porque, por un lado, la mujer ya no se pasa todo el día en casa y, por tanto, sus obligaciones se han de compatibilizar; y tampoco es justo que se haga cargo solo ella. Y, por otro lado, ¡vivimos más años! Y eso hace que los cuidados sean más necesarios.

 

¿Influyen el modelo territorial, el modelo de ciudad, el modelo horario…?

Creo que sí. He tenido diversas motivaciones para escribir este libro. Una, la realidad de la pandemia, que me ha dado tiempo para pensar y para escribir. Otra, que la ética del cuidado es una ética que se está imponiendo más allá del ámbito sanitario. Yo estoy en el Consejo de Estado. Las obligaciones de cuidado de la administración constituyen un aspecto que no se ha desarrollado en absoluto. Otra motivación fue que soy patrona de la Fundació Mémora, que tiene un programa llamado «Ciudades que cuidan» que se puso en marcha justo antes de que empezara la pandemia.

«El cambio de paradigma que la pandemia podría ayudar a impulsar es la interdependencia.»

Durante este tiempo, hemos hecho unos grupos de trabajo y unos seminarios en línea para intentar reflexionar sobre el cuidado desde distintas perspectivas: desde profesiones diferentes, como la arquitectura, la ingeniería, la economía, la educación; y también desde temas diferentes: el envejecimiento, el feminismo, el voluntariado… Multitud de perspectivas, porque todo el mundo debe implicarse en esta necesidad, que es una necesidad relacionada con el hecho de que la gente está muy sola, de que la gente muere en soledad, de que las enfermedades son crónicas y precisan una atención externa, de que la familia se desestructura y, por lo tanto, el sostén familiar que había antes, cuando la familia duraba toda la vida y había padres y abuelos que vivían muy cerca, ahora ya no es igual… Tenemos que ir viendo cuál es la mejor manera de desarrollar los cuidados y de profundizar.

 

¿Están cambiando las sensibilidades? Pienso, por ejemplo, en los bares que han adoptado un punto lila al cual pueden dirigirse las víctimas de maltratos… ¿Están empezando a penetrar los cuidados en todas las actividades?

Incluso en este asunto del que tanto se habla, la España despoblada… también es una obligación cuidarla. ¿Qué significa esta obligación? ¿Solamente poner dinero, intentar que la gente joven se vaya a vivir a las zonas rurales? Seguramente la visión ha de ser más global. Creo que Sergio del Molino lo explica muy bien. Dice que no debemos reproducir lo que hemos hecho con la España de las autonomías, en la cual cada una se ha preocupado de sí misma, sin una visión de conjunto, que es lo que hace que no seamos una España federal, porque la visión de conjunto se pierde. Tendría que pasar lo mismo con la España rural: no solo debería pedir cada territorio para sí mismo, sino que habría que cambiar de perspectiva y de modelo.

 

En el penúltimo capítulo se habla de ecología y usted reivindica el temor. ¿Pecamos de audaces?

Pecamos de dominadores, de depredadores y de arrogantes. El cambio de paradigma que la pandemia podría ayudar a impulsar, a pesar de que es difícil, porque un cambio de paradigma siempre es lento, es la interdependencia. Somos interdependientes. Dependemos de la naturaleza más de lo que pensábamos, y por eso hay que cuidarla; y dependemos unos de otros más de lo que pensábamos, y esto cambia ese modelo de sujeto moral o político, el autónomo o racional, que es el que tiene un plan de vida y lo persigue con independencia de lo que les ocurra a los demás. Y la incertidumbre nos obliga a tomar conciencia de que no somos autosuficientes.

 

Hablemos de la eutanasia y del buen morir

El tema de los cuidados me lleva a plantearme qué significa ayudar a morir. Lo cual no siempre implica la eutanasia. La eutanasia es ayudar a suicidarse, cuando la persona desea morir y así lo pide. Pero hay otro aspecto que es ayudar a morir. Hemos visto que en el momento más grave de la pandemia se perdía la posibilidad de estar junto a las personas que se morían. Esa es una manera de ayudar, pero hay muchas personas que se mueren solas, o que tienen un acompañamiento que no es el que desearían, o que se sienten muy abandonadas.

Yo cito a menudo La muerte de Ivan Illich, de Tolstoi, que se ha convertido en un manual sobre el tema, donde el protagonista reconoce que su criado, que está allí sin hacer nada más, pendiente de su amo, es quien más le acompaña, más que todas las personas que van a visitarlo y a las cuales él mismo ve que no les importa lo más mínimo.

 

El libro acaba hablando del autocuidado.

Estoy un poco insatisfecha de ese final. Tenía que incluirse porque es una pregunta que nos hacemos muy a menudo: «¿Quién cuida al cuidador?» y que implica pensar en el autocuidado. Pero hay un concepto de autocuidado hoy en día que es otra cosa: la autoayuda, el cuidado del cuerpo, la eterna juventud, las cremas, la estética… No podemos reducir el autocuidado a este aspecto, que es el más divulgado y difundido. Pera indagar en lo que puede significar el autocuidado de un modo más profundo yo he recurrido a Foucault y a un concepto antiguo, que es el de la persona que se replantea el sentido de su vida constantemente, que examina su propia vida.

«Hemos de reconocer que las personas que se dedican a los cuidados están haciendo un trabajo esencial, como se ha dicho durante la pandemia.»

Creo que debería haber ido un poco más allá y quizá lo haga, porque me parece que se podrían haber contrastado un poco más estas dos maneras de entender el autocuidado: una más superficial y otra que tiene que ver con un cuidado de uno mismo que no consiste exactamente en decir: «¿Cómo lo hago cuando estoy desbordada, porque he de cuidar de los demás…?»

 

¿Es un autocuidado que genera obligaciones?

Genera la obligación de examinarse uno mismo y ver hasta qué punto está haciendo lo que debe hacer. Los cuidados generan autoexigencia.

 

¿Nos falta autoexigencia, socialmente hablando?

La autoexigencia, el autodominio y la moderación, que están en el origen de la ética de las virtudes, se han olvidado mucho. No se ve la ética como un ejercicio de autodominio, sino como un código de normas que se deben cumplir. Por eso a mí siempre me ha gustado más la ética de las virtudes, porque es lo que la persona debe ir cultivando y adquiriendo ella misma para que las normas, ya sean éticas o de derecho, funcionen y se apliquen correctamente. Si la persona no participa, tenemos la letra de la norma, pero no el espíritu.