La «Normalización» ha sido un movimiento clave de la historia de la cultura en la Cataluña contemporánea que aún no está bien delimitado por la historiografía. Si a finales de los 60 la sociolingüística estrenó el uso del concepto, después se asoció a las políticas lingüísticas consensuadas durante la institucionalización de la autonomía. Las dos acepciones son posibles, pero son definiciones incompletas. Probablemente sea más útil conceptualizar la Normalización como un proyecto transversal de nacionalización que se puso en marcha una vez que el resistencialismo cultural y ciertos ámbitos del regionalismo nativo garantizaron la preservación de una identidad nacional que el autoritarismo franquista había intentado liquidar. Pero que la situación no fuera normal, que obviamente no lo era, no quiere decir que la Normalización no hubiera echado a andar.

Dicho de otro modo, ¿a partir de qué momento se podría considerar que se habían salvado las palabras? No resulta fácil decirlo. Lo que sabemos es que la dictadura trituró el sistema cultural que el catalanismo había construido durante aproximadamente medio siglo y, al mismo tiempo, sabemos que en los inicios de la década de los 60 se empezó a construir un entramado desde el cual se fundamentó una nueva idea acerca de qué clase de país quería la oposición democrática. Mi hipótesis provisional es que la Normalización nace entonces. La mejor plasmación de ello fue el catálogo y la imagen de Ediciones 62 (la que diseñó Jordi Fornas y que ahora se ha podido ver en la exposición organizada en Lleida). El final del primer capítulo se escenificó en la reunión organizada por Baltasar Porcel en 1967, en su casa de Vallvidrera (ahora podemos conocer la discusión de las vacas sagradas gracias al volumen Debat sobre [la] cultura catalana publicado per L’Avenç en 2019).

Al principio, la Normalización compartía plataformas —empresas culturales, espacios de debate y socialización— y elaboraba discursos similares. No eran los únicos discursos culturales que se producían en Cataluña, ni tampoco eran los oficiales, pero desde Bohigas hasta Vilar, desde Fuster hasta Candel, sí eran los de referencia. Su declinación ideológica dependería de lógicas internas y también de las palpitaciones de los tiempos, como lo eran el debilitamiento continuado del nacionalismo español como marco de identificación de los ciudadanos catalanes o la radicalización de las posiciones morales y políticas en torno al crack del 68.

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