La situación es en estos momentos tan ajustada que puede pasar de todo. La extrema derecha francesa puede quedarse a las puertas del Elíseo o anularse en su competencia interna y no alcanzar la segunda vuelta. Puede afianzarse como la alternativa política al macronismo —rebasando por primera vez el 40 % de los votos— o verse relegada a la subalternidad de una tercera posición, superada tanto por el actual presidente de la República como por la candidata de la derecha clásica: Valérie Pécresse. Así las cosas, el bloque identitario puede regresar inesperadamente a la situación de 2007 y 2012 —justo cuando menos gente lo preveía— o, por el contrario, situarse a escasas décimas de Emmanuel Macron.

La causa de esta especial incertidumbre se llama Éric Zemmour y, muy en particular, su presencia electoral como candidato del partido Reconquista, de reciente creación y nombre evocador a oídos de un peninsular. La clave de la candidatura de Zemmour no está, sin embargo, en su altisonancia: en lo que afirma o en cómo lo afirma; sino en lo que representa tácticamente. Zemmour es un proyectil. Un torpedo que ansía resituar las piezas dentro del conjunto de la derecha francesa. Desde Xavier Bertrand o Éric Ciotti hasta los márgenes de la ilegalizada Génération Identitaire. La reconquista no se refiere, entonces, tanto al territorio cuanto al campo genuino de la derecha política francesa.

No obstante, esta operación comporta un alto riesgo a corto plazo: el peligro de fraccionar hasta tal punto el voto nacionalista que las dos candidaturas de la extrema derecha se vean sobrepasadas por la hasta ahora débil derecha conservadora. La amenaza se conjuga así como un escenario en el que los ultras podrían retroceder electoralmente a pesar de congregar más votos que nunca.

 

La operación Zemmour

El 28 de septiembre de 2019 se celebró en París, con una cierta pompa, la denominada «convención de la derecha», evento organizado por Érik Tegnér y François de Voyer, próximos a Marion Maréchal Le Pen y, al mismo tiempo, personas bien consideradas y con buenos contactos dentro del sector más conservador de Los Republicanos. A la cita, que pretendía emular los usos y costumbres de la derecha norteamericana, asistieron Éric Zemmour, Robert Ménard —alcalde de Béziers—, y diversas personalidades de la derecha  intelectual y mediática francesa. Su diagnóstico apuntaba entonces al agotamiento de la figura de Marine Le Pen y a la necesidad de reunir a todos los conservadores dentro de una misma candidatura a la derecha de los posicionamientos tradicionales de la derecha clásica gala.

Zemmour es un proyectil. Un torpedo que ansía resituar las piezas dentro del conjunto de la derecha francesa.

Los días previos al acto, los organizadores anunciaban su intención de «crear un ecosistema favorable para que un candidato emerja», bajo la hipótesis de que «si tenemos a un buen candidato en 2022, podemos ganar frente a Macron, porque la izquierda y la extrema izquierda caerán en la abstención». La idea en aquel momento era forzar una entente entre las derechas para, a imagen de lo ocurrido con Boris Johnson o Donald Trump, provocar una reorganización y un desplazamiento de los conservadores hacia posiciones cada vez más integristas en lo moral e identitarias en lo nacional.

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El candidato para realizar esta operación ha resultado ser Éric Zemmour; personalidad tan radical como a caballo entre diversos mundos: la prensa conservadora, los medios de comunicación de masas, la retórica identitaria, el prurito intelectual. Además, en cuanto figura fuertemente mediática, Zemmour cuenta con una ventaja adicional: es relativamente «transversal» dentro de la derecha. Le estiman por igual las bases de Los Republicanos, los militantes del Rassemblement National (antiguo Front National) y los activistas de la galaxia identitaria. Se trata de una figura puente, de un nodo o canal de comunicación entre diferentes; y, por lo mismo, quizás también de una figura transitoria. Un carisma desbordante y a la vez delicado al que otros han conferido una función histórica.

Está todavía en condiciones de llegar a la segunda vuelta y provocar un verdadero vuelco dentro de toda la derecha francesa.

A pesar de no haber logrado el realineamiento de Los Republicanos a la casa común de las derechas desacomplejadas —con algunas excepciones como Guillaume Peltier—, ni tampoco el desaliento de Marine Le Pen —pese al trasvase de cientos de militantes y de personalidades como Gilbert Collard o Jérôme Rivière—, el candidato Éric Zemmour está todavía en condiciones de llegar a la segunda vuelta y provocar un verdadero vuelco dentro de toda la derecha francesa. Un cambio de rumbo que sin duda ahondaría en los movimientos de fondo ideológicos y estratégicos que experimentan los conservadores a nivel global.

 

Diferencias entre Zemmour y Le Pen

Al contrario de lo que pudiera parecer, los dos candidatos de la extrema derecha francesa no se detestan ni se profesan inquina personal —de hecho, Marine Le Pen y Éric Zemmour han compartido numerosos momentos juntos mientras el segundo trabajaba como periodista—; simplemente enarbolan proyectos estratégicos distintos. Marine Le Pen representa una estrategia que apuesta por «seguir normalizando», «credibilizando» y «apaciguando» la imagen de la ultraderecha en Francia, proponiendo una revisión del republicanismo en clave social, identitaria y soberanista —y pudiendo todavía hacer guiños a la izquierda «anti woke» y a los antiguos simpatizantes del PCF—; mientras que  Éric Zemmour actúa como el candidato de un nacionalismo explícitamente derechista que ondea la bandera del «gran reemplazo», se posiciona contra el matrimonio homosexual e interpela al compromiso de los «franceses de pura cepa» que sienten amenazadas su «cultura» y su «civilización».

Marine Le Pen se observa a sí misma como la candidata de la síntesis entre la izquierda y la derecha en una forma de patriotismo nuevo de sabor inequívocamente «anti-mundialista». Por su parte, Zemmour se ve a sí mismo como la síntesis entre el electorado popular de Marine Le Pen y el electorado burgués de Valérie Pécresse; con el agregado de una parte del voto tradicionalmente abstencionista. La presidenta del Rassemblement National percibe en Zemmour a una figura política obsesionada por dos cuestiones, identidad e inmigración, que reduce el ámbito de temas tratados por la extrema derecha y deshace el camino emprendido por ella misma desde el año 2011.

Además, acusa al experiodista de ser excesivamente liberal en lo económico, tener poca «sensibilidad social» y, en definitiva, representar un paso atrás en la normalización y complejización de las ideas «patriotas» en Francia. A su vez, Éric Zemmour culpa a Marine Le Pen de ser innecesariamente timorata, de estar «acomplejada» ante los «consensos progres» y de querer resucitar de manera completamente intempestiva la memoria sentimental del Partido Comunista Francés de finales de la década de 1970. De algún modo, Zemmour reprocha a Le Pen no haber entendido lo que supuso la victoria de Donald Trump para la derecha radical a nivel global y tampoco haber extraído suficientes conclusiones de la derrota de su candidatura en las elecciones presidenciales de 2017.

Por eso no es una cuestión ideológica la que enfrenta a ambos candidatos; no es un asunto de fondo, ni siquiera un programa presidencial. En ese terreno se podrían poner perfectamente de acuerdo. Más bien se trata de una cuestión estratégica: de dilucidar hacia qué horizonte se dirige la derecha radical. Marine Le Pen apuesta por continuar «presidencializando» la agenda de la extrema derecha, construyendo un discurso claramente identitario en lo nacional, razonablemente social en lo económico y levemente moderno en lo moral. La líder del RN propone continuar la vía abierta por Florian Philippot —el llamado «patriotismo del siglo XXI»—, ya sin su antiguo número dos, ahora atrapado en una suerte de conspiranoia in allegro.

Está dispuesto a hacer descansar toda su estrategia en un conjunto muy reducido de temas y a situarse sin complejos en la derecha.

Paralelamente, Éric Zemmour parte de la premisa de que la derecha convencional se encuentra ideológicamente en transición desde tiempos de Nicolás Sarkozy y que esa situación permite imaginar una futura «unión de las derechas» con el centro de gravedad en la extrema derecha. Por este motivo, el equipo del polemista está dispuesto a hacer descansar toda su estrategia en un conjunto muy reducido de temas y a situarse sin complejos en la derecha; porque piensa que en un momento de extravío ideológico, el electorado más conservador, excitado por el fantasma de la «musulmanización de Francia», va a premiar la firmeza. Y que, a la postre, ese basculamiento del electorado hacia posiciones duras va a abrir una «ventana de oportunidad» para la reconfiguración de todo el campo de la derecha francesa.

 

Un crupier

Así que Éric Zemmour, más que un político, más que un polemista, más que un ideólogo, desempeña en estos momentos el papel de crupier. Su función no pasa por renovar en el plano de las ideas a la extrema derecha —proyecto que sí ambicionó Marine Le Pen durante la década pasada—, sino por repartir las cartas dentro del «campo de los nacionales». Su objetivo prioritario no es, entonces, alcanzar la presidencia de la República, sino provocar un seísmo dentro de la derecha radical que hunda el liderazgo de Marine Le Pen, desmoralice definitivamente a Los Republicanos, y fuerce una recomposición dentro del universo conservador. Reconquista es un proyecto político para forzar la siguiente constatación: o nos unimos, o nunca venceremos. O tomamos en cuenta que el futuro de la derecha está en Boris Johnson, Donald Trump y lo que representa ideológicamente el eje de Visegrado, o seremos siempre rebasados por proyectos de corte progresista.

 

Derecha en plena ebullición

La clave está por tanto ahí: en la batalla por la hegemonía que se libra dentro del mundo de las derechas. En conocer en qué tipo de posiciones se moverá la derecha cuando termine la década actual. En saber, en suma, hasta dónde llegará la metamorfosis. Pero cuidado, el hecho de que en Francia la presidencia de la República se vaya a disputar entre un candidato de centroderecha, uno de derecha y dos de extrema derecha no significa que la sociedad francesa se haya vuelto conservadora o haya aceptado mayoritariamente la agenda etnonacionalista. Significa más bien que la derecha política está en plena ebullición, altamente movilizada y en un período de marcado dinamismo; mientras la izquierda sociológica se encuentra extraviada y resignada; manteniendo aún una importante capacidad de movilización, pero sin desembocadura político-electoral clara. En este contexto, el desafío estriba en pensar si Francia está siguiendo políticamente el camino de Italia; si estamos ante una tendencia europea; y si se puede —y cómo— revertir este patrón.