Si se diera el caso de que hubiéramos entrado en una nueva guerra fría, convendría no repetir los errores cometidos durante la época de confrontación bipolar entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Cada vez son más los políticos y, sobre todo, los observadores, los académicos y los medios de comunicación, que creen que ya estamos muy cerca de una nueva etapa bipolar, competitiva y llena de peligros bélicos, esta vez entre los Estados Unidos y China, que se considera a sí misma la superpotencia llamada a liderar el orden mundial o, como mínimo, a compartirlo a partir de mediados del siglo XXI, de manera que su ascenso se convertirá en el escenario de esta segunda guerra fría de la que intentará salir victoriosa, del mismo modo que fueron los Estados Unidos los que salieron victoriosos de la primera contra la Unión Soviética.

Son tan sólidos los argumentos de quienes la declaran inevitable como los de quienes creen que, sobre todo, hay que evitarla. La invasión de Ucrania es la prueba más sólida de la entrada en la nueva etapa, en la cual la Rusia de Putin es solo la punta de lanza de China, el auténtico imperio sucesor de la Unión Soviética en la competencia por la hegemonía frente a los Estados Unidos. A los intentos de encapsular la crisis bélica en territorio ucraniano y encontrar una paz rápidamente pactada, a costa probablemente de concesiones territoriales importantes por parte de Kiev, los acompañan los deseos de evitar esta segunda guerra fría, o lo que se podría interpretar incluso como la continuación de la guerra fría original entre capitalismo y comunismo bajo otras formas y otros protagonistas tras una pausa o tregua de 30 años.

De nuevo nos encontramos en una carrera estratégica, planteada como una competencia a largo plazo, permanente y abierta, en la que China quiere, antes que nada, desplazar a los Estados Unidos de Asia, del mismo modo que la Unión Soviética quería imponerse en Europa. Como el Moscú bolchevique, Pequín piensa en un orden mundial sinocéntrico que domine la tripe masa continental euroasiática y africana, y ofrezca como alternativa al orden capitalista, democrático y liberal su proyecto autoritario e iliberal, de control tecno-ideológico y de economía estatista de mercado.

Hay también diferencias notables. No existe nada parecido al comunismo soviético por lo que se refiere a un proyecto de revolución mundial y de sustitución del sistema capitalista. La Rusia de Putin es solo una sombra de la Unión Soviética y un avatar disminuido del imperialismo ruso que consiguió su momento de máxima expansión con Stalin. China, en cambio, sin tener la fuerza mundial soviética, es el competidor económico que la URSS nunca pudo ser. Son nuevas las interdependencias tecnológicas y económicas entre las superpotencias, hasta el punto de constituir el elemento más favorable a una geometría acordada de la confrontación, lejos de la crudeza de la etapa entre 1945 y 1989.

Es el final de la guerra fría lo que más críticas provoca, sobre todo la falta de un nuevo sistema de integración de Rusia y China en el orden mundial.

Entre las prevenciones respecto a una nueva guerra fría existe el deseo ingenuo de volver al statu quo anterior a la guerra de Ucrania y de seguir con la globalización tal como había funcionado, no solo con China, sino también con la Rusia de Putin. Naturalmente, sin un cambio de régimen en Moscú las cosas no podrán volver a su sitio, aunque no se sabe qué lecciones extraerá Pequín de cara a construir un nuevo sistema de cooperación competitiva que permita mantener al menos una parte de las ventajas de la globalización ahora en crisis.

La guerra fría tuvo un final incompleto porque no consiguió la integración en el sistema de Rusia, primero, ni de China, después, según ha explicado magistralmente el profesor Hal Brands en su libro The Twilight Struggle: What the Cold War Teaches Us about Great-Power Rivalry Today. Los líderes rusos y chinos no ven a los Estados Unidos como una fuente de estabilidad, sino como una amenaza a su seguridad y a sus proyectos expansivos. Con la hegemonía de Washington en duda, los sucesivos presidentes han cometido, según Brands, tres errores decisivos: de distracción —dedicándose a Oriente Medio durante una década entera—, de desinversión —con recortes presupuestarios militares en momentos inoportunos— y de falta de compromiso, con las dudas sobre el liderazgo mundial que empiezan con Obama y se convierten en abierta retirada con Donald Trump.

Quizá la segunda guerra fría es inevitable, pero no lo son los errores de la primera. La lista es larga y empieza por la caza de brujas del maccarthismo, sigue con el apoyo a regímenes reaccionarios como el del general Franco, asesinatos como el del primer ministro del Congo Patrice Lumumba, golpes de Estado como los perpetraos en Irán, Guatemala, Chile o Argentina, y en general con la militarización de la política internacional y la interiorización de la polarización dentro de las sociedades democráticas. El general Dwight Eisenhower, que tanto contribuyó a ello en sus ocho años de presidencia, ya advirtió tanto del peligro de «destruir precisamente lo que se quería defender» como de la influencia excesiva del «complejo militar-industrial».

Los Estados Unidos se han adentrado durante la etapa unipolar en un camino estratégicamente equivocado de distracción, desinversión y falta de compromiso que ha dado ventaja a los adversarios.

Entre los elementos del éxito figura la claridad de la estrategia de contención de la ambición imperial soviética, diseñada por George Kennan en su Long telegram de febrero de 1946 —lleno de ideas tan válidas hoy frente a Putin como entonces frente a Stalin— y el buen funcionamiento de las alianzas con los países europeos y con Japón, de las cuales la Alianza Atlántica es la expresión institucional más determinante y el legado más valioso. «La influencia más importante de Estados Unidos sobre la evolución interna de Rusia seguirá siendo la de su ejemplo: la influencia de lo que es, y no solo de lo que es para los demás, sino de lo que es para sí mismo», escribió Kennan más tarde en Foreign Affairs, la misma revista en la que había publicado la versión pública de su famoso ensayo diplomático, bajo el título «Las fuentes de la conducta soviética».