Adaptar una obra literaria al cine no es cosa fácil. Desde los inicios, digamos que desde que a Georges Méliès se le ocurrió poner a Shakespeare en imágenes, las posturas se han mostrado siempre encontradas e incluso enconadas. Algunos se inclinan por la fidelidad al original, de manera que cuanto más se parezca la película a la novela, o a la obra teatral, también en mayor medida deberá gozar de nuestro aprecio. Otros prefieren la reescritura, la apropiación del texto literario con vistas a su reelaboración.

Los teóricos hablan de mixturas, bastardías y fusiones, mientras que ciertos espectadores optan casi siempre por el enfrentamiento, convencidos de que literatura y cine siguen siendo dos lenguajes distintos, a veces irreconciliables. Y ahí están también quienes aún creen en la superioridad de la literatura con respecto al cine, de la «alta cultura» por encima del simple «espectáculo». Purismos aparte, sin embargo, lo importante sigue siendo todo lo contrario: las impurezas que surgen cuando se dejan aparte todos los prejuicios, cuando se acepta que la palabra es parte integrante del cine del mismo modo que algunas técnicas fílmicas han pasado a formar parte de las estrategias narrativas de la novela, por lo menos desde ese Ulises que este año festejamos con tanto fervor literario, a veces olvidando que James Joyce también era un cinéfilo convencido, hasta el punto de participar activamente en la fundación del primer cine de Dublín.

Viene todo esto a cuento, en fin, por el estreno de Fantasías de un escritor, absurdo título español de Tromperie (2021), basada a su vez en una novelita de Philip Roth que en castellano se tradujo como Engaño. El director de esta película es el francés Arnaud Desplechin, y el resultado puede que no convenza ni a unos ni a otros, tal es su radicalidad y originalidad. Digamos, para empezar, que esta no es la primera adaptación literaria en la filmografía de Desplechin, ni mucho menos. De hecho, sus películas siempre han girado alrededor de la palabra, del teatro, de la literatura, ya sea partiendo de obras ajenas o elaborando un mundo propio que siempre ha confiado en la expresión verbal, en la abundancia de conversaciones y diálogos, incluso en la voz narrativa como hilo conductor de historias frondosas, a menudo construidas como relatos múltiples en los que se cruzan distintos puntos de vista y perspectivas.

Por si fuera poco, Desplechin es el responsable de un experimento singular, En jouant ‘Dans la compagnie des hommes’ (2003), en el que teatro y cine se entrelazan a propósito de la obra original del dramaturgo Edward Bond In the Company of Men, sometida aquí a una intensa disciplina consistente en partir de unos ensayos de la pieza que poco a poco nos van conduciendo a su esencia. Igualmente, la única película que Desplechin ha rodado en inglés, Jimmy P. (2013), toma el psicoanálisis como punto de partida para elaborar todo un discurso sobre la narración y el relato, vistos como liberación, desde una perspectiva psicoanalítica ya presente en el libro que le sirve de base, debido a Georges Devereux.

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Apología de la ficción

La parte más interesante de la obra de Desplechin, no obstante, es aquella que tiene que ver con la literatura sin necesidad de basarse en ninguna novela u obra de teatro, por lo menos de una manera directa. Paul Dédalus –nótese, precisamente, la analogía onomástica con Stephen Dedalus, el nombre escogido por Joyce para el protagonista de Retrato del artista adolescente y Ulises— es un personaje que aparece en tres de sus películas, mientras que otro llamado Ismaël Vuillard lo hace en dos. De la misma manera, su ciudad natal, Roubaix, se erige en escenario de varias de sus ficciones fílmicas, tal como sucede en muchos casos de escritores que sitúan sus obras siempre en los mismos territorios, sean míticos o reales, desde el Yoknapatawpha de William Faulkner al Santa María de Juan Carlos Onetti.

El film pone en escena a Philip (Denis Podalydès), trasunto del mismísimo Philip Roth, contemplado en las relaciones que mantiene con varias mujeres.

Personajes y lugares forman así, en el caso de Desplechin, una cosmovisión que le permite crear universos interconectados, cuyas historias se entrecruzan y fructifican, de modo interminable, en una apología de la ficción que siempre encuentra nuevas ramificaciones por las que expandir relatos y peripecias. En algunos de sus últimos films, sobre todo en Tres recuerdos de mi juventud (2015) y Los fantasmas de Ismaël (2017), las historias se desbocan, se superponen, nacen unas de otras y conducen a una hiperficción que termina engullendo, en su condición proteica y excesiva, a personajes y espectadores, algo que culmina en Fantasías de un escritor de manera inesperada y paradójica: siendo uno de sus films más austeros y contenidos, es también el más elocuente en esa reflexión, que recorre todo el cine de su autor, acerca de los lazos entre cine y literatura.

Fantasías de un escritor pone en escena a Philip (Denis Podalydès), trasunto del mismísimo Philip Roth, contemplado en las relaciones que mantiene con varias mujeres. Al principio lo vemos junto a su amante inglesa (Léa Seydoux), con quien recorrerá la totalidad de la película, que se ve puntuada así por sus encuentros sexuales. Pero también aparece Rosalie (Emmanuelle Devos), una antigua amiga devorada ahora por el cáncer, con la que mantiene largas conversaciones telefónicas, o una muchacha checa (Madalina Constantin) a la que conoció años ha, o una estudiante (Rebecca Marder) con la que tuvo problemas legales, o su propia esposa (Anouk Grinberg), que acaba descubriendo sus infidelidades.

 

Retratos de pareja

Philip, de este modo, es a la vez Roth —tal como sucede en la novela, contada en primera persona— y un personaje autónomo cuya entrega a la ficción le provoca una severa pérdida del sentido de la realidad. En sus tête à tête con las mujeres que conoce, filmados siempre a modo de retratos de pareja, el escritor habla y habla, alimenta un universo que solo existe en su cabeza, se forma una idea de sí mismo que oscila entre la mistificación y la superchería. Y es así como la literatura, su oficio y su obsesión, acaba dominando su vida hasta convertirla en una mera ilusión.

Al filmar la palabra de una manera tan física, tan clara y transparente, Desplechin la hace táctil y tangible.

Entonces, ¿qué papel desempeña el cine en todo esto? Desplechin filma estos tableaux, verbosos y hieráticos, sin disimular la artificialidad de los decorados, que a veces cambian de forma y aspecto en el seno de una misma escena, a medida que la cámara los describe o recorre. La película niega así cualquier tipo de vocación realista y se entrega a una abstracción que incluye, también, un cierto tratamiento del color, cercano a la estética pop, y un desprecio por la verosimilitud que se manifiesta igualmente cuando comprobamos que todos los personajes, sea cual sea su nacionalidad o procedencia, hablan en francés.

 

Alcanzar el autoconocimiento

Para Desplechin, este elogio del «engaño» —tal como Roth tituló su novela— es el emblema de una ficción que no tiene que rendir cuentas a la realidad para desplegar sus encantos. Y aunque el escritor protagonista se vea engullido por sus propias fantasías, también encuentra en ellas una cierta salvación, su única razón de ser. Al filmar la palabra de una manera tan física, tan clara y transparente, como siempre ha hecho en sus films, Desplechin le otorga una belleza suplementaria a la que ya ostenta en la novela de Roth, la hace táctil y tangible: la única arma de que dispone el protagonista para enfrentarse a los rigores de la vida.

La obsesión por contar historias, además de una vocación, puede que sea también una condena, tanto para los escritores como para los cineastas, y que obligue a ver el mundo siempre desde una perspectiva que acaba anulando la realidad. Pero ese castigo lleva implícito en sí mismo, igualmente, su propia redención: como Drive My Car, la otra gran película «literaria» del año, Fantasías de un escritor es la crónica de un viaje que quisiera utilizar la palabra para alcanzar el autoconocimiento, por doloroso que sea.