Adaptar una obra literaria al cine no es cosa fácil. Desde los inicios, digamos que desde que a Georges Méliès se le ocurrió poner a Shakespeare en imágenes, las posturas se han mostrado siempre encontradas e incluso enconadas. Algunos se inclinan por la fidelidad al original, de manera que cuanto más se parezca la película a la novela, o a la obra teatral, también en mayor medida deberá gozar de nuestro aprecio. Otros prefieren la reescritura, la apropiación del texto literario con vistas a su reelaboración.

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Los teóricos hablan de mixturas, bastardías y fusiones, mientras que ciertos espectadores optan casi siempre por el enfrentamiento, convencidos de que literatura y cine siguen siendo dos lenguajes distintos, a veces irreconciliables. Y ahí están también quienes aún creen en la superioridad de la literatura con respecto al cine, de la «alta cultura» por encima del simple «espectáculo». Purismos aparte, sin embargo, lo importante sigue siendo todo lo contrario: las impurezas que surgen cuando se dejan aparte todos los prejuicios, cuando se acepta que la palabra es parte integrante del cine del mismo modo que algunas técnicas fílmicas han pasado a formar parte de las estrategias narrativas de la novela, por lo menos desde ese Ulises que este año festejamos con tanto fervor literario, a veces olvidando que James Joyce también era un cinéfilo convencido, hasta el punto de participar activamente en la fundación del primer cine de Dublín.

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