¿Recuerdan cuando de niños en los escritorios había una bola del mundo en el lugar en el que hoy se encuentra un ordenador? ¿Cuando jugábamos a situarnos sobre aquella representación esférica y solo unos pocos países nos parecían cercanos, alcanzables? La diferencia entre posibilidad y sueño la marcaba la distancia.
Francia, Portugal, Andorra o Marruecos formaban parte de esa cercanía alcanzable, pero lo cercano y lo lejano se han reformulado en esta época de inmediatez y globalización, en la que once minutos bastan para dar una pequeña vuelta por el espacio, o hacer que una noticia se convierta en viral a través de las redes sociales, sin importar las diferencias lingüísticas. Se ha difuminado completamente el concepto de vecindad.
España y Francia, conscientes de este nuevo escenario, han dado un paso adelante en sus relaciones. El pasado 19 de enero en el Museu Nacional d’Art de Catalunya de Barcelona, los dos presidentes firmaban el primer Tratado de Amistad y Cooperación que une a ambos países. La elección de Barcelona para la firma del acuerdo es también simbólica por lo que representa de punto de encuentro de ambos países. La huella francesa en Barcelona es antigua y amplia desde la empresa, cultura, deporte, educación hasta el comercio como bien lo documenta la Société de Bienfaisance Française de Barcelona en su reciente obra Les Français de Barcelone. Ombres et lumières du XVe au XXe siècle.
El Tratado de Barcelona es solo el tercero de este tipo firmado por Francia en Europa: el primero se remonta a 1963 con Alemania –su última cumbre acaba de celebrarse en Paris con ocasión del 60 aniversario del Tratado del Elíseo– y el último, conocido como «el Quirinal», fue rubricado con Italia en 2021. Nuestro país sólo tenía un acuerdo similar con Portugal.
España pasa a formar parte junto con Alemania e Italia de un club selecto de alianzas prioritarias del país galo dentro de la Unión Europea, que gira en torno a las cuatro economías más potentes del mercado común y a los tres países más grandes de los fundadores de la UE.
El Tratado de Barcelona es solo el tercero de este tipo firmado por Francia en Europa: el primero, con Alemania, se remonta a 1963, y el último fue rubricado con Italia en 2021.
Un acuerdo del siglo XXI, porque el territorio hoy es mucho más que un espacio geográfico o en todo caso no es sólo una delimitación espacial. Los grandes desafíos de este siglo son globales y no conocen fronteras en un mundo interconectado. Ríos, montañas y mares eran las grandes barreras de aquellos globos terráqueos en los que jugábamos en nuestra niñez, pero hoy la realidad territorial de los países es mucho más difusa y caracterizada por su interdependencia. Es mucho más relevante la gestión de esa interdependencia entre países que la del mero territorio.
Más cohesión y solidaridad
Los cambios y retos que la UE afrontaba en el inicio del siglo XXI derivados de su fragmentación, de las dificultades para llegar a acuerdos, de la necesidad de morder más en el escenario global y la desconfianza ciudadana sobre el proyecto tras la crisis de 2008, dieron paso a la necesidad de mayor cohesión y solidaridad durante la pandemia del covid-19.
Hoy, tras la invasión de Ucrania por parte de Putin el 24 de febrero de 2022 la Unión Europea se enfrenta a la necesidad de convertirse en un actor geopolítico. La vuelta al mundo de ayer y el retorno de la guerra al territorio europeo nos hacen reaccionar. Mantener la paz pasa hoy por ser capaces de defenderse frente a agresiones, con mayores inversiones en seguridad y defensa. Seguridad y competitividad pasan por impulsar la unión de la energía, acelerando la descarbonización y abordando la transformación del modelo productivo. Ahora más que nunca hay que atajar dependencias excesivas.
Ambos países saben que la autonomía estratégica de la UE no será real si no hay cesión de soberanía, y en esa cesión será más clave que nunca el hecho de compartir alianzas. La Europa actual no es ya la de los padres fundadores, o la de los años 80 del ingreso de España y Portugal. El motor francoalemán sigue, sin duda, siendo una condición necesaria para el avance europeo. Pero como se ha demostrado en tiempos recientes, es hoy insuficiente. Una UE confrontada al desafío mayúsculo de existir como actor económico, pero también geopolítico, en un mundo cada vez más impulsando por relaciones de poder, necesita de motores adicionales que le ayuden a construir consensos europeos. Y es ahí donde España tiene que ejercer su liderazgo.
Es en este nuevo marco, en el que toma todo su sentido el papel de «país nodal» que debe jugar España. Así se recoge en la Estrategia española de Acción Exterior elaborada bajo mi mandato como ministra de Asuntos Exteriores en abril de 2021. Se trata de usar nuestra capacidad de influir de manera decisiva en la construcción de consensos europeos a través de alianzas a geometría variable. Aquí es donde se encuadra la alianza entre España y Francia, dos países que hoy se necesitan el uno al otro más que nunca para hacer avanzar una Europa más unida. Una Europa capaz de aportar repuestas eficaces a sus ciudadanos en un mundo en policrisis –crisis compuestas de varias capas que se superponen– cada vez más complejas de gestionar y que necesitan de una mirada larga.
La guerra de Ucrania ha acelerado movimientos que habían comenzado antes y que se han acelerado.
En primer lugar, una gran rivalidad entre China y Estados Unidos. La primera, más ideologizada que nunca, tiene el deseo de cambiar el orden mundial a su imagen y semejanza. La segunda más polarizada internamente y con mayores pulsiones proteccionistas como las que hemos visto con la adopción reciente del Inflation Reduction Act. Hemos de aplaudir un plan estadounidense que por fin se toma en serio la lucha contra el cambio climático impulsando la descarbonización de su economía. Pero también hemos de ser capaces de responder a aquellas medidas como el Buy American que, infringiendo las reglas del comercio internacional, suponen una competencia desleal hacia empresas europeas.
Se trata de usar nuestra capacidad de influir de manera decisiva en la construcción de consensos europeos a través de alianzas a geometría variable.
En segundo lugar, el auge de países terceros como India, Turquía, Indonesia o Brasil. Si la primera pareciera impulsar una nueva bipolaridad con reminiscencias de la Guerra Fría, la segunda nos habla de una nueva multipolaridad, en la que un mayor número de países tiene autonomía para decidir sus posicionamientos internacionales. Y no desean tener que «elegir» entre China y Estados Unidos.
Lo cierto es que vivimos en una nueva multipolaridad pero con grandes problemas de gobernanza, con la necesidad de reformar el orden internacional, un nuevo orden que represente también los intereses y valores de estos nuevos actores.
¿Cuál es el papel de la Unión Europea en este mundo más multipolar? A esta pregunta también ha de contribuir a responder el nuevo Tratado de Barcelona. Así lo reconoce en su preámbulo cuando ambos países reafirman su deseo de «un orden mundial basado en el Derecho, el multilateralismo, el papel central de las Naciones Unidas y el dialogo entre naciones.»
Lo cierto es que la guerra en Ucrania ha unido de manera muy estrecha a la Unión Europea y a los Estados Unidos. El «Occidente» (the West) aparece a los ojos del mundo como un bloque que despega sanciones contra Rusia y apoya sin fisuras a Ucrania tanto económica como militarmente para poder defenderse de la agresión rusa.
La dependencia de Estados Unidos
Y si bien esto es lógico, dado que Europa y Estados Unidos compartimos lo más íntimo que dos países pueden compartir que es una alianza defensiva en la OTAN, no es menos cierto que Europa sigue necesitando invertir en sus propias capacidades. Así se recoge en el Tratado de Barcelona cuando ambos países expresan «el convencimiento que su estrecha amistad y cooperación adquieren su pleno significado en Europa, por y para ella, y de que contribuyen fundamentalmente a la construcción de una Europa democrática, unida, soberana y próspera».
Y es que la guerra nos pone ante el espejo de la dependencia de EEUU.
En primer lugar, en materia energética. El coste de la energía ha aumentado desde el comienzo de la guerra. La UE ha reducido su dependencia del gas ruso en aproximadamente un 80% en menos de un año, recurriendo al gas licuado proveniente sobre todo de EEUU y Noruega. El país americano tiene ventaja en este aspecto, ya que dispone de recursos energéticos a un coste menor que el nuestro. Este diferencial lastra la competitividad europea cuya brecha ha aumentado tras la guerra en Ucrania. Si a esto añadimos los efectos perversos de los incentivos en el Inflation Reduction Act para empresas con producción en energías limpias en Estados Unidos, corremos el riesgo de perder la carrera de las industrias verdes y de descapitalizar la industria europea. Por eso urge avanzar en el Unión de la Energía europea: más unión en la política energética europea y más ambición en la descarbonización son esenciales para construir resiliencia europea.
En segundo lugar, en materia de seguridad y defensa. A pesar de los progresos realizado en estos últimos años como la creación de la Agencia de defensa Europea o más recientemente con la transformación del fondo europeo para la paz en un instrumento para la compra conjunta de material de defensa para Ucrania, lo cierto es que aún queda mucho por hacer. Avanzar hacia una mayor autonomía pasa en el corto plazo por avanzar en dos frentes: en la integración de la industria de la defensa europea, y en la creación de capacidades de inteligencia a nivel europeo. Todo ello sin perjuicio del reforzamiento de la OTAN como pilar fundamental de la seguridad en Europa. Al fin y al cabo, una Europa más responsable en seguridad y defensa será un socio más fiable en la OTAN.
Impulsar el ‘Made in Europe’
En tercer lugar, en el plano comercial, que es donde la UE debe ser capaz de mantener un equilibrio entre la geopolítica y la geoeconomía. La economía europea representa el 20% del PIB del mundo y casi el 15% del comercio internacional. El poder económico de la Unión es la base de su riqueza. La UE tiene que seguir invirtiendo en ese poder económico, pero tiene que saber mezclarlo hoy con un poder más geopolítico. La seguridad entra de lleno en el comercio internacional. La UE deberá trabajar para mejorar su capacidad de respuesta ante amenazas o coerciones de países terceros, para reducir dependencias excesivas como las que tiene en acceso a materias primas esenciales para la transición verde o la digital, o para garantizar la seguridad nacional.
Se trata de invertir más en resiliencia, pero sin caer en el proteccionismo. De diversificar, más que de replegarse sobre uno mismo. De impulsar el Made in Europe, sin cerrar nuestros mercados a países terceros. No porque seamos ingenuos, sino porque tenemos claro que una parte importante de nuestro crecimiento y de nuestra riqueza proviene de nuestra apertura al mundo.
En este nuevo mundo multipolar Europa tiene una nueva oportunidad de contribuir a un nuevo orden internacional desde un espacio propio, construido sobre su alianza estratégica con Estados Unidos pero abierto también al resto del mundo, incluyendo China, actor indispensable para la gestión de la interdependencia. Y el Tratado de Barcelona –España y Francia trabajando juntos– pueden desempeñar un papel clave en esta dirección.
En suma, una buena noticia en tiempos de zozobra




























































