Uno de los fenómenos más incomprensibles que se ha producido en las últimas décadas es la adhesión sin fisuras a lo que primero se llamaba lengua no sexista y ahora, lengua inclusiva. El supuesto implícito en estas propuestas es que modificando la lengua se logrará cambiar la situación de las mujeres y de otros colectivos. El hecho es que nadie ha podido aportar ninguna prueba de que esto sea así efectivamente, y el caso es que, aunque  sea tímidamente, van apareciendo rectificaciones. En el transporte público de Ámsterdam, Londres y Nueva York ya hace tiempo que se han suprimido los desdoblamientos, porque se dieron cuenta de que, por un lado, discriminaban a las mujeres y, por el otro, excluían al colectivo LGBTI+. El ministro de educación de Francia prohibió el uso de la lengua inclusiva en las escuelas y la ministra de las mujeres de Alemania se despidió pidiendo que se abandonara el uso de estas propuestas que solo conseguían crear frases ridículas.

En lo que se refiere a nuestro país, donde estas propuestas comienzan en los años 70, hemos ido viendo que la reacción frente a su ineficacia nos ha llevado, lejos de rectificar, a adoptar propuestas más estrafalarias sin que haya ningún gesto de replanteamiento. Ni siquiera el ridículo más evidente ha invitado nunca a la reflexión. Los desdoblamientos automatizados han provocado casos memorables, como el «jóvenes y jóvenas» de Carmen Romero, el «miembros y miembras» de Bibiana Aído y, recientemente, el «autoridades y autoridadas» de Yolanda Díaz.

Estos ejemplos ilustres se encuentran replicados en los ámbitos donde estas prácticas son más habituales: la política, la enseñanza y la administración. Algunos ayuntamientos creativos ya celebran Sant Jordi y Santa Jordina; otros proponer hacer cagar el tió y la tiona, y otros hacen venir a las tres Reinas de Oriente. En las escuelas encontramos la clase de los lobos y las lobas, de los osos pardos y las osas pardas y, naturalmente, de los golondrinos y las golondrinas. No es extraño, pues, que un tutor de bachillerato nos diga que sus alumnos ya son «hombrecitos y hombrecitas» y que los lleve a una exposición de «homínidos y homínidas». Claro que también nos proponen vacaciones para «perros y perras».

Los desdoblamientos crean, como mínimo, dos problemas: uno que es imperceptible quizá, pero destructivo, y otro que es evidente. El problema que tal vez no percibimos es que, al diferenciar entre hombres y mujeres, estamos acentuando la diferencia; o dicho de otro modo, al excluir el género marcado del no marcado estamos convirtiéndolos en categorías diferentes. Las categorías no marcadas son aquellas que, o bien incluyen a las marcadas, o bien no dicen nada de ellas. Esto, que pasa en todos los niveles de la lengua, parece que solo nos perturba en el caso del género. Si yo digo que la calle más estrecha de Barcelona tiene una anchura de 97 centímetros y que la más corta tiene una longitud de 4 metros nadie me dice que si es la más estrecha debería tener estrechez, o que si es corta no puede tener longitud. Y es que en las oposiciones ancho/estrecho y largo/corto, «ancho» y «largo» son los términos no marcados de la oposición, que o bien incluyen los términos marcados «estrecho» y «corto», o bien no dicen nada de ellos: la calle más ancha de Barcelona tiene una anchura de 50 metros y, con una longitud de 11 kilómetros, es también la más larga.

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Algunos ayuntamientos creativos ya celebran Sant Jordi y Santa Jordina; otros proponen hacer cagar el tió y la tiona

En el caso del número, el singular es el no marcado y el plural el marcado, de manera que cuando digo: «el perro es un animal doméstico» estoy diciendo lo mismo que cuando digo «los perros son animales domésticos». En el caso del género, lo que llamamos masculino es el no marcado y el femenino el marcado; así, cuando digo «los catalanes y las catalanas», estoy diciendo que las catalanas no son catalanes, y eso tiene consecuencias.

 

Vecinos no ilustres

El otro problema es el de las concordancias. Realmente, si ahora tuviera que explicar esta cuestión en la escuela, no sé cómo me las arreglaría. En general, creo, no tenemos dudas. Decimos «Los plátanos y las peras son buenísimos» o «Las peras y los plátanos son buenísimos». ¿Por qué, entonces, cuando decimos «los niños y las niñas» hemos de decir que son «espabilados y espabiladas»? En una campaña del Ayuntamiento de Barcelona, encontré estas posibilidades: «Ilustrísimos vecinos y vecinas», «Ilustrísimas vecinas y vecinos», «Ilustrísimos vecinas y vecinos», «Ilustrísimos vecina y vecino» y, finalmente, «Ilustrísimo vecino y vecina». Supongo que en todos los casos se dirigían a las mismas personas, pero, en el segundo caso, los vecinos no son ilustres y en el último no lo es la vecina. Naturalmente, pueden contar con la buena voluntad de los vecinos para entender el mensaje, pero a veces nos los complican mucho.

Cuando digo «los catalanes y las catalanas», estoy diciendo que las catalanas no son catalanes, y eso tiene consecuencias.

Como lo de los desdoblamientos es claramente insostenible en el discurso y, además, crea textos confusos, difíciles de entender y de seguir, una de las propuestas para reducir su uso fue sustituirlos por genéricos o colectivos. Aquí tenemos algunas perlas, como el tuit de Joan Mena que decía: «Es un orgullo que la única alcaldía del estado invitada a la #COP26 de Glasgow sea Ada Colau». Paradójicamente, en este caso, si lo que se quería transmitir era la singularidad de esta invitación, la forma más eficaz de hacerlo era decir que «el único alcalde del estado invitado» era Ada Colau, pero quizá para no utilizar el masculino se optó por la humillación de convertir a una mujer en un organismo.

Los genéricos son arriesgados cuando se trata de regular o, lo que es peor, legislar. Yo misma me encontré con que una norma que había establecido era, o bien impracticable, o bien una amenaza para mí, tras pasar por la corrección de mi universidad. La norma en el campus virtual debía decir «Las clases se hacen en catalán. Los trabajos se pueden hacer en cualquier lengua que entienda la profesora», y se había convertido en «Los trabajos se pueden hacer en cualquier lengua que entienda el profesorado». Así pues, si un alumno quiere hacer un trabajo en cualquiera de las muchísimas lenguas que no entiendo, pero que sí conoce algún colega mío, según la norma, yo debería aceptarlo.

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Personas pequeñas

El uso de los genéricos, aparte de crear textos confusos, acabó despersonalizando muchos de los enunciados y, para paliar este efecto, se propuso el uso del término «persona». Así, los trabajadores se convirtieron en personas trabajadoras, los autónomos en personas autónomas, los alumnos en personas alumnas y los niños en personas niñas o… personas pequeñas. El uso de «persona» se ha complicado todavía más cuando se ha usado para enfatizar las «personas», como por ejemplo en personas refugiadas, personas inmigrantes (y, a veces, personas «migradas»), porque, si no son «personas», ¿qué son? Vale la pena, cuando nos encontramos con estos usos, hacer una sencilla prueba de conmutación y cambiar «personas» por «humanos». A ver qué efecto nos produce.

La creencia de que la lengua configura la realidad y que, por tanto, si cambiamos la lengua cambiamos el mundo, llevó a otra de las soluciones creativas: emplear el femenino como género no marcado. Aparte de que, como todo está inventado, ya hay lenguas