El escritor y periodista Josep Maria Espinàs (Barcelona, 1927-2023), que murió el 5 de febrero de este año, decía a menudo que él era «un home de fer feines» [un trabajador todoterreno]. Era cierto. Por lo menos tenemos que respetar que se autodefiniese así. Era un hombre de talento cultural en un sentido amplio. Sobresalió como periodista, tanto en el articulismo como en la entrevista para televisión y en la crónica de viajes, también en la novela y en la narrativa, y además como letrista, editor de libros, guionista, adaptador de canciones, conferenciante, activista cultural en definitiva.

Será recordado también por su talla humana, entrañable, reflejada genuinamente cuando en el año 1986 publicó un libro de cartas dirigidas a su hija titulado El teu nom és Olga. Una obra que causó un fuerte y positivo impacto social, traducida a diversos idiomas; una aportación emotiva y a la vez razonada a la comprensión del síndrome de Down.

Espinàs era, por lo tanto, un todoterreno del trabajo intelectual, pero del trabajo bien hecho. La faceta de articulista diario es aquella en la que alcanzó un relieve profesional excepcional cualitativo y cuantitativo. Durante cuarenta y tres años publicó en lengua catalana cada día sin pausa una columna periodística llana pero esmerada, amable pero incisiva, amena y juiciosa, reflexiva y sugerente, inspirada en la observación aguda y a la vez afable de la realidad cercana, de la vida cotidiana, de los lugares que visitaba, del paisaje común de la ciudad.

Su artículo diario podía interesar más o menos a unos o a otros lectores, pero en lo que no cabe ninguna duda es en el dato objetivo de la extraordinaria longevidad de la rúbrica diaria titulada «A la vora de…» [«A la vera de…»] que Espinàs mantuvo en el diario Avui durante veintidós años y después en el diario El Periódico durante veintiún años más en el espacio titulado «Petit observatori».

Fue un campeón como corredor de fondo del articulismo diario. La duración de una sección periodística cotidiana ininterrumpida sumando las dos etapas sostenidas sin solución de continuidad superó con creces la del «Glosari» que Eugenio d’Ors con el seudónimo Xènius publicó en lengua catalana en el diario La Veu de Catalunya durante quince años y pico, y la del «Full de Dietari» de Carles Soldevila que en el diario La Publicitat apareció a lo largo de más de dieciséis años.

Desde el día de San Jorge de 1976, cuando el diario Avui recién inaugurado le abrió la primera pista en los terrenos del periodismo en catalán, Espinàs no dejó nunca de correr por la ruta a menudo accidentada de la prensa diaria. El 17 de enero de 1999 se despidió de sus lectores de mala gana. Confesó que lo hacía disgustado con la empresa que entonces editaba aquel diario. Esta franqueza comedida con que explicó el motivo de aquella retirada es una de las pocas licencias que se tomó Espinàs respecto a su proverbial humildad y bonachonería.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Si ponderamos en conjunto la obra de Josep Maria Espinàs, concluiremos que antes que escritor era periodista.

Con la entrada inmediata en El Periódico, el articulismo de Espinàs mantuvo los rasgos de su etapa en el Avui, aunque acentuó la observación sagaz sobre aspectos sociales de la actualidad ordinaria y no tanto sobre la convulsa carrera de acontecimientos en el ámbito político de estos últimos años. La obra periodística de Espinàs estaba impregnada, desde luego, de un compromiso firme con los valores de una catalanidad constructiva y del catalanismo cultural. En este orden de cosas, la ideología implícita que anidaba en sus escritos se podía vincular a la de aquel Joan Maragall articulista que en el año 1895 invitaba a sus lectores a que pensasen “que el día que Cataluña se sacuda del teatro y de la prensa de Madrid (y de la catalana que todavía se hace a la madrileña), nuestra independencia intelectual estará muy avanzada; y el día que nuestra independencia intelectual sea completa el resto será secundario, y Cataluña formará parte de Europa.»

 

Dotes de entrevistador

Más allá de su ejercicio de articulista, Espinàs cultivó otros campos del periodismo. Su contacto constante durante casi medio siglo con los lectores de diarios (confesaba que adicto a la lectura cotidiana de la prensa) le granjeó mucha popularidad, pero tal vez la consiguió de manera aún más intensa durante un periodo de los años 80 cuando desplegó sus dotes de entrevistador en la televisión catalana. En este medio fue un referente destacado y memorable, con un acento personal genuino en la entrevista entendida como género periodístico de autor, la entrevista dialogante en profundidad y con inteligencia, en la que también sobresalieron en aquella época Montserrat Roig, Joaquín Soler Serrano y José Luis Balbín, en las televisiones, y Rosa Montero el periodismo impreso.

Si ponderamos en conjunto la obra de Josep Maria Espinàs concluiremos que antes que escritor era periodista. Después de probar la profesión de abogado, una vez licenciado en la Facultad de Derecho en 1949, Espinàs entró en el oficio de periodista en la revista Destino, semanario en el que desde 1955 se reveló como un cronista andariego por tierras catalanas. En agosto de 1956 anduvo por el Pallars Sobirà, en los Pirineos catalanes, con el escritor gallego Camilo José Cela, once años mayor que él y con una obra ya reconocida en lengua castellana. Espinàs había publicado dos años antes, en 1954, la novela con la que ganó el Premio Joanot Martorell 1953: el libro Com ganivets o flames, evocación realista de la sordidez de aquellos tiempos del estraperlo residual, el contrabando miserable, el racionamiento forzado y las restricciones eléctricas, con el telón de fondo de un barrio popular de Barcelona y de unos valles pirenaicos todavía alejados del interés de los ciudadanos.

Su contacto constante durante casi medio siglo con los lectores de diarios (confesaba que era adicto a la lectura cotidiana de la prensa) le dio mucha popularidad.

Espinàs publicó en 1957 el libro Viatge al Pirineu de Lleida, la gran crónica de la travesía montañera que hizo acompañado de Cela, escritor ya veterano que publicó aquella experiencia excursionista nueve años más tarde. El Espinàs cronista sacó dos otros dos libros más en esta especialidad que combina narración, descripción e interpretación de gentes i paisajes derivada de unas observaciones afinadas: Viatge al Priorat (1962) y Viatge a la Sagarra (1972), obras reeditadas en el año 2000 por la editorial La Campana.

El éxito de esta fórmula periodística en formato de libro y su alma inquieta de hombre dispuesto a correr camino en todas partes le estimularon a mantener un largo ciclo de volúmenes con la divisa A peu per… que le motivaron a caminar por dentro y por fuera de Cataluña. Era una continuidad brillante de los reportajes de viajes con los que se había iniciado en Destino en el ejercicio de un periodismo dinámico y expansivo, inspirado en el propósito de acercar a los lectores realidades no atendidas por una práctica profesional dominante, rutinaria y sedentaria.

En agosto de 1956 anduvo por el Pallars Sobirà, en el Pirineo catalán, junto al escritor Camilo José Cela, once años mayor que él y con una obra ya reconocida en lengua castellana.

 

Una curiosidad universal

También confirma el reconocimiento de la condición de periodista que concurría en Josep Maria Espinàs su curiosidad universal, un rasgo consubstancial al oficio que en el su caso incluye unas incursiones en el mundo de la música joven con una dimensión poética propia de sus primeros tiempos de activista cultural. En este sentido, no puede olvidarse que en 1961 fue uno de los impulsores del movimiento catalán de la Nova Cançó y dentro de este marco uno de los fundadores del grupo Els Setze Jutges.

Abierta a las aportaciones forasteras a la canción de autor, Espinàs adaptó piezas de Georges Brassens que cantó y grabó en el año 1982. En otro orden de cosas, también es memorable su vinculación a un dato concreto dentro del universo del deporte de masas, con un componente social vigoroso en el imaginario colectivo catalán como es el fútbol. Josep Maria Espinàs escribió con Jaume Picas (otro escritor todoterreno) la letra del himno del Fútbol Club Barcelona, el Barça, a la cual puso música un compositor y crítico prestigioso, Manuel Valls Gorina.

En el inicio de este artículo he puesto el énfasis en la larga vida de la columna diaria que escribió Josep Maria Espinàs en dos diarios de referencia nacidos en los primeros años del postfranquismo. Las estadísticas no lo dicen todo, por supuesto, de un periodista del temperamento y la excelencia de Espinàs. No tendría ningún mérito mantener la columna diaria más longeva en la prensa de Cataluña si a la vez no ofreciera, como hizo él, un trabajo de calidad. Es obvio que era un escapado, a una distancia considerable, en la carrera de corredores de fondo del articulismo en la prensa diaria catalana. Pero también se escapó del influjo que Josep Pla, otro de los periodistas principales del siglo XX, ejerció sobre los escritores realistas de su generación y de las inmediatamente posteriores.

Escribió con Jaume Picas la letra del himno del Barça, a la cual puso música el compositor y crítico prestigioso Manuel Valls Gorina.

La prosa de Espinàs, como la de Pla, era directa, fluida y coloquial. Era una prosa «planera» (llana en catalán) pero no planiana. Los estudios de periodística de los géneros tampoco la pueden encorsetar en la categoría estricta del periodismo costumbrista. Como tampoco no cabe hacerlo, aún menos, con sus crónicas itinerantes de andariego constante y perseverante que son un producto periodístico final muy diferenciado de las legendarias «Visions de Catalunya» que de 1926 a 1928 publicó en el diario La Publicitat un Joan Santamaria de léxico opulento, barroco, y de un estilo impresionista ampuloso y arrebatado.

 

«Amigos lectores»

En su despedida a los lectores del diario Avui, publicada en enero de 1999, Espinàs condensó con una sencillez y una agudeza admirables su alma de articulista franco, ameno, modesto y cercano. Su adiós de aquel día terminaba con estas dos frases: «He sido feliz con ustedes, amigos lectores. Alguien dijo que el agradecimiento es la memoria del corazón.»

Seguro que el periodismo catalán que se recuperó en 1976 después de treinta y siete años de prohibiciones debe a Josep Maria Espinàs buena parte de la renovación del talante, el estilo y el lenguaje de una rica tradición profesional que la dictadura había cercenado.