Con esta pregunta iniciamos las sesiones de formación sociopolítica en la Escuela del Trabajo de CCOO. Las ideas que vienen a continuación son las que construimos colectivamente, aunque este artículo es de mi exclusiva responsabilidad.

En las últimas décadas, estamos asistiendo a una gran dislocación del cuerpo social. Una de las manifestaciones de dislocación es la crisis de las estructuras de mediación propias de las sociedades industrialistas y los estados nación.

Partidos políticos, organizaciones sociales y sindicatos están sufriendo una crisis importante en su función de mediación social. También los medios de comunicación, aunque en este caso se mezcla y confunde con la crisis del modelo de negocio de los medios.

En el origen de esta dislocación aparecen interrelacionadas causas tecnológicas, económicas y también ideológicas. Existe un amplio acuerdo en destacar la digitalización, aunque no siempre conseguimos entender ni coincidimos en qué consiste exactamente. La digitalización no es, ni única ni principalmente, robotización, como a veces se apunta.

En la esfera de los trabajos, la digitalización permite a las empresas trocear la producción —de bienes y servicios— manteniendo el control empresarial de todo el proceso. La digitalización permite a las empresas centrales, que controlan los productos y los mercados, aumentar sus beneficios y su poder mediante estrategias de externalización de costes y riesgos a terceros, tanto si son trabajadores como empresas periféricas o el medio ambiente y la comunidad.

Este taylorismo digital, a diferencia del taylorismo industrial del siglo XX, no solo fracciona los trabajos, también trocea la vida laboral de las personas. Las empresas de plataforma defienden su modelo de negocio con el cínico argumento de que otorga más libertad a las personas al posibilitar que trabajen en diferentes empleos a la vez.

El taylorismo digital, a diferencia del industrial, también trocea la vida laboral de las personas.

Las innovaciones tecnológicas han propiciado una aceleración de la globalización económica, aunque la covid-19 la ha puesto parcialmente en duda. El resultado de todas estas disrupciones tecnológicas y económicas es un gran desequilibrio de fuerzas entre capital y trabajo. También un debilitamiento de la capacidad de los sindicatos, nacidos en el marco de la sociedad industrialista y el estado nación, para ejercer el conflicto social frente a un capital global cada vez más concentrado.

 

Mercantilización de las vidas

Como siempre ocurre en los momentos de cambio de época, las innovaciones tecnológicas y económicas van acompañadas de factores ideológicos que impulsan y legitiman el «nuevo régimen». El ultraliberalismo —de hecho, es ultraintervencionismo de clase— conlleva la reducción del papel del Estado y la privatización de amplias esferas de la economía, con una reducción significativa del peso del sector público y un aumento de su dependencia de la financiación de los mercados. El conflicto entre deudores —públicos y privados— y acreedores se convierte en una de las expresiones de la lucha de clases del siglo XXI.

También ha impulsado la mercantilización de nuestras vidas a partir del momento en que se le ha reconocido al mercado la capacidad de ordenar y regular la sociedad. Las personas hemos pasado de ser consideradas ciudadanos a ser tratadas como usuarios o clientes. Los derechos de la ciudadanía, conquistados durante estos siglos, dejan de ser derechos a los que se accede a través de la sociedad, sus instituciones y leyes, para ser considerados bienes de consumo que se obtienen en el mercado. En esta sociedad mercantilizada se considera derecho todo aquello que se puede comprar, sea el sexo, un vientre de alquiler o incluso, en algunos países, un órgano humano para ser trasplantado.

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Las empresas de plataforma defienden su modelo con el cínico argumento de que otorga más libertad a las personas.

El avance de la hegemonía del mercado como articulador de la vida social nos ha llevado de una sociedad de ciudadanos y trabajadores a otra de consumidores, en la cual la condición de trabajo ha perdido la centralidad política que tenía durante el siglo XX. Solo hay que recordar la Constitución republicana de 1931. «España es una república democrática de trabajadores de todas clases

 

Desagregación de las causas

La digitalización no solo trocea los trabajos, los procesos productivos y la vida de las personas, sino también nuestras identidades. A diferencia del taylorismo industrial en el que la productividad se conseguía dividiendo al máximo los procesos productivos, pero manteniendo el control empresarial concentrando a las personas trabajadoras en grandes fábricas, el taylorismo digital consigue el control social desmenuzando también los espacios de trabajo y de vida personal. Uno de los efectos de estas dinámicas de segregación de espacios y condiciones de trabajo es un proceso de desagregación de intereses, de causas y, en último término, de las identidades.

Las personas hemos pasado de ser consideradas ciudadanos a ser tratadas como usuarios o clientes.

Esta es una de las explicaciones de que cada vez haya más causas diferenciadas a defender, desligadas —si no confrontadas— unas con otras. Incluso el feminismo, un movimiento portador de valores universales, está siendo víctima de esta desagregación de las causas.

 

Desaparece su hábitat

En este contexto, las organizaciones sociales, sindicales y políticas, que durante el siglo XX han sido portadoras y representantes de intereses generales, han entrado en una profunda crisis de transformación de su función social. Con el riesgo de simplificar, podríamos decir que a las estructuras de mediación social propias de la sociedad industrialista les sucede como a los osos panda cuando se deforestan los bosques de bambú o a los koalas los de eucaliptus. Se han quedado sin su hábitat natural.

La mediación social no ha desaparecido, pero está sufriendo una profunda transformación. Las nuevas formas de mediación ya no son exclusiva del espacio territorial del estado nación y cada vez aparecen más expresiones de esta intermediación a escala global. Lo mismo sucede con el factor tiempo y la disrupción que supone pasar de los tiempos analógicos a los digitales.

Pero donde se ha producido la disrupción más importante es en el tipo de vínculos entre las personas y las estructuras de mediación social. Se ha pasado del vínculo estable y permanente que las personas mantenían con las organizaciones propias de la sociedad industrialista a las relaciones esporádicas y volubles Se ha transitado de un vínculo de base asociativa que las personas establecían con sindicatos, partidos y organizaciones a otro marcado por la lógica del mercado, en el cual se imponen las relaciones de consumo.

 

Consumidores de la política

Esto es muy evidente en el terreno de la política, donde no hay ni afiliados ni todavía menos militantes, sino consumidores. También en el terreno de las organizaciones sociales, que en parte han sido sustituidas por movimientos que recogen una reivindicación puntual en un momento concreto, de forma no relacionada y a veces incluso enfrentada con otros movimientos.

Parece como si la movilización se hubiera convertido en un bien de consumo que incluso cuando alcanza sus objetivos, no los consolida. En los últimos años hemos visto cómo el sentimiento de indignación se ha convertido en motor de movilización, pero ahora ya sabemos que la indignación se consume —en el doble sentido de bien de consumo y de fenómeno esporádico— y por sí sola no transforma la realidad.

Esta relación de consumo no es exclusiva de la política. Durante los siglos XIX y XX, las personas trabajadoras generaron espacios comunitarios en torno a los deportes, el canto y otras manifestaciones culturales. Este es el origen de muchas entidades excursionistas, clubs deportivos y de los Coros de Clavé. Ahora muchas de estas actividades se contratan como un servicio, una dinámica muy visible en las actividades de montaña.

Las mutaciones en la mediación social están afectando también, obviamente, al sindicalismo. Las formas de organización sindical propias del taylorismo industrial tienen muchas dificultades para actuar en el mundo del taylorismo digital.

La crisis de transformación del sindicalismo tiene elementos comunes al conjunto de estructuras de mediación social, pero hay factores claramente diferenciales que quizá son los que explican que exista en ella una mayor resistencia y resiliencia frente a las grandes disrupciones que vivimos.

A diferencia de otras estructuras de mediación social, el sindicalismo confederal mantiene con las personas trabajadoras una relación de base asociativa y estable, pese a las contradicciones que genera un sistema dual de representación de los trabajadores, con una estructura basada en la delegación —delegados del personal y comités de empresa— y otra de base asociativa, los sindicatos.

Un segundo factor diferencial es la resistencia del sindicalismo a entrar en la lógica de las relaciones de consumo. Muchos trabajadores ven el sindicalismo como algo ajeno, como un mero proveedor de protección laboral y social o una asistencia de último recurso. A veces los sindicatos también se comportan así con las personas trabajadoras. Por eso, organizaciones como la CGIL o CCOO ponen mucho énfasis en destacar la condición de sindicatos de personas trabajadoras, y no sindicatos para personas trabajadoras. Aquí la preposición es determinante para distinguir la relación asociativa de la de consumo o clientelar.

Un tercer factor diferencial a destacar es la estructura organizativa confederal. Este modelo —que no es el de todos los sindicatos— permite hacer compatible la defensa de los intereses específicos de cada sector o profesión con los intereses generales del conjunto de personas trabajadoras y hace posible agregar causas diversas, lo cual es el gran reto de las organizaciones hoy en día. Aunque la fortaleza del sindicalismo confederal se convierte en un punto crítico en aquellos sectores propicios a la defensa corporativa de intereses de grupo, al margen del resto de personas trabajadoras.

 

Centralidad política de los trabajos

Estos factores diferenciales son los que quizá explican que, pese a las muchas dificultades, hoy en día el sindicalismo esté jugando en España un papel clave en las empresas y en la sociedad. Esto se ha visto últimamente en la organización de trabajadores de empresas de plataforma, como ocurrió con la huelga de los riders de Barcelona o en la negociación del primer convenio colectivo del sector. También en el acuerdo suscrito con el gobierno español para otorgar protección laboral a los riders, en una legislación pionera en Europa.

Esta recuperada y renovada centralidad social y política de los trabajos y de los sindicatos se ha confirmado en los últimos meses con la participación activa del sindicalismo confederal en el diseño de las políticas laborales y de seguridad social.

Parece evidente que, en el marco de la mutación de la mediación social, se ha iniciado la transición hacia nuevas formas de organización social de los trabajos.

De momento desconocemos hacia dónde nos lleva esta mutación, pero eso no debe preocuparnos porque así ha sido siempre. Como nos dejó escrito el maestro Josep Fontana, las personas hacemos la historia, pero mientras la hacemos no somos conscientes exactamente de lo que estamos construyendo.

Los mineros que hace dos siglos organizaron cajas de solidaridad para atender a las viudas y huérfanos de sus compañeros muertos en accidente, no eran conscientes de que estaban poniendo las bases de unas organizaciones, los sindicatos, que incluso acabarían teniendo relevancia constitucional.