La Unión Europea es una entidad política pensada para un mundo con reglas, ordenado y previsible. Un mundo estable y sin sobresaltos regido por un poder blando que actúa pausadamente. Pero lo cierto es que este mundo ideal no existe y que la Unión Europea ha de convivir con otras entidades políticas basadas en poderes fuertes, con capacidad para generar tendencias globales y para reaccionar frente a acontecimientos imprevistos. Aunque también es muy cierto que, pese a esta desventaja genética, la Unión Europea ha sido capaz de sobrevivir y de crecer salvando situaciones imprevistas y adaptándose más bien que mal a circunstancias no deseadas. Como afirma Luuk van Middelaar, Europa avanza cuando improvisa frente a las crisis políticas sobrevenidas.

Así lo ha tenido que hacer en los últimos años con la crisis del euro, la anexión de Crimea por parte de Rusia, la avalancha migratoria, el Brexit, la elección de Donald Trump o la pandemia de la covid-19. A golpe de crisis, la Unión ha tenido que clarificar quién y cómo decide realmente ejercer su poder y marcar la diferencia entre sus intereses colectivos y los intereses nacionales de sus miembros. En algunos casos, el liderazgo europeo lo han ejercido las instituciones comunitarias, la Comisión Europea con la recuperación postcovid o el Banco Central Europeo con la crisis del euro. Pero, en general, la iniciativa ha correspondido a los países más relevantes a través del Consejo Europeo, poniendo de manifiesto el déficit de gobernanza que arrastran las instituciones de la Unión y que tiene como consecuencia su desorientación y parálisis estratégica.

Ahora debe afrontar la crisis de Ucrania en unas circunstancias ciertamente muy difíciles. En pleno debate sobre su autonomía estratégica, con percepciones e intereses discordantes entre los estados miembros. Con el vínculo transatlántico seriamente deteriorado tras la presidencia Trump y el Brexit, pero paradójicamente con su seguridad colectiva dependiendo de una OTAN que ha pasado de estar en la extremaunción a resucitar. Con la debilidad de su dependencia energética, agudizada en los países centroeuropeos por la dependencia directa del suministro del gas ruso. Y a todo ello hay que añadir, además, la deriva iliberal de los gobiernos del llamado Grupo de Visegrado, que debilita la coherencia democrática de la Unión, como expone Astrid Barrio en su artículo.

En este contexto de dependencia en los ámbitos militar y energético, y de preocupante cuestionamiento de los valores fundacionales de la Unión por parte de algunos de sus miembros, adquieren especial relevancia los procesos electorales que se han celebrado en Alemania y en Italia, y el que tendrá lugar en Francia durante el mes de abril.

Alemania acaba de salir de unas elecciones que han verificado la alternancia política tras los dieciséis años de la era Merkel, caracterizada por una estabilidad interna que se ha proyectado en un liderazgo implícito de la Unión y ha marcado la orientación pragmática de la política exterior comunitaria. Guillermo Íñiguez nos explica que no hay que esperar del nuevo gobierno tripartito alemán que encabeza el canciller Olaf Scholz un giro político brusco que comprometa esta estabilidad, como tampoco una inflexión hacia una política exterior más asertiva frente al desafío de Rusia.

Italia, con la prórroga de Sergio Mattarella como presidente de la República, ha resuelto con habilidad el callejón sin salida de encontrar un presidente de la República fiable sin poner en crisis el gobierno ampliamente transversal que preside Mario Draghi. Se ha evitado así una crisis política del todo inoportuna, pero que ha evidenciado la degradación de un sistema político que debe recurrir a personalidades excepcionales para mantenerse vivo y que presagia una mutación del sistema parlamentario hacia un sistema presidencialista y tecnocrático.

Francia afronta unas elecciones presidenciales agónicas en las que el actual presidente Emmanuel Macron pone en juego su proyecto centrista y europeísta en un marco político caracterizado por la fuerza de la extrema derecha y la aniquilación autoinfligida de la izquierda francesa. Queda por despejar la incógnita de si tendrá que enfrentarse en la segunda vuelta a un candidato de la extrema derecha o a la candidata de la derecha republicana. Sea como sea, lo más preocupante —nos indica Gérard Grunberg— es la fuerza de la extrema derecha, que condiciona el debate público y contamina seriamente el discurso de la derecha. Una situación que, sin embargo, no es privativa de Francia, sino que se ha generalizado en la mayoría de países europeos, como España sin ir más lejos.

En suma, las limitaciones institucionales de la Unión y los condicionantes nacionales de sus miembros hacen imposible ahora mismo una respuesta europea coherente a los acontecimientos que pueda provocar Putin en Ucrania. Lo recuerda Nicolás de Pedro en el artículo que publicamos: Rusia no quiere reconocer ningún valor político a la Unión y, en su política de diálogo, prefiere tratar directamente con algunas capitales y hurgar en las contradicciones internas, al tiempo que pretende erosionar el ya muy deteriorado vínculo transatlántico. Quizá va siendo hora de aprender la lección y cambiar la mirada ingenua sobre la Federación Rusa —y de paso sobre la República Popular de China— y la estrategia de aproximación contemporizadora, esperando una evolución democrática que no entra en las intenciones de Vladimir Putin. Sería un primer paso para hacer efectiva la aspiración a una autonomía estratégica.